Artículos en prensa

La Voz de Galicia, 31/03/2005

La Asociación Española James Joyce celebra su encuentro en Compostela
31/03/2005   Santiago

| la voz | santiago
    El departamento de Filoloxía de la Universidade de Santiago ha organizado, desde ayer hasta el 2 de abril, los XVI Encuentros de la Asociación Española James Joyce, en los que se analizará la obra del escritor irlandés.
    Reconocidos por la USC con un crédito de libre configuración, en estos encuentros también se abordarán trabajos de investigación y estudios referidos a la literatura irlandesa en general. A través de 34 ponencias y dos conferencias plenarias, el programa comenzó con dos seminarios, uno sobre el impacto de la figura y la obra del autor de Ulises en la cultura y literatura irlandesas y otro sobre una introducción a la literatura irlandesa del siglo XX.

Numerosos especialistas analizan la obra de James Joyce

    Los encuentros de la Asociación Española James Joyce comenzaron ayer con la presentación del libro Identities in Irish Literature , en una jornada en la que la asociación celebró también su asamblea. A través de 34 relatorios, los investigadores que participan en este congreso analizarán diveros aspectos relacionados con la obra del escritor irlandés, con especial atención a sus principales influencias creativas y vitales, y a su obra más importante, el Ulises . Hoy se celebrará la última sesión, con la presencia de Francisco García Tortosa, presidente de la asociación española.

El Correo Gallego 5/4/05
J.M. Alonso Giráldez

La USC vivió cuatro días de pasión por James Joyce
    El congreso alrededor de la figura irlandesa de James Joyce, y, en especial, en torno al Ulises, es ya un clásico en el panorama español.
    Visto por muchos, es como una rareza maravillosa.  Analizar la magna obra del irlandés parece una tarea reservada sólo a auténticos fans.  O, como es más bien el caso, una tarea propia de un grupo de investigadores que viven prácticamente las 24 horas del día dedicados al universo proteico y sorprendente de Joyce.  Es, sí, un congreso para joyceanos convencidos, o para pre-joyceanos en proceso de conversión.
Para muchos, resulta una sorpresa que haya una organización tan activa detrás de la Asociación James Joyce de España.  Pero la hay.  Desde aquellos inicios hasta hoy, no se ha perdido ni un ápice de su filosofía ni de su identidad, a pesar de estar dedicada a analizar una de las obras más difíciles de la historia de la literatura, si no la más difícil.  Sucede, claro, que detrás de la Asociación James Joyce existe un auténtico grupo de estudiosos, algunos de ellos irlandesistas históricos.  No es extraño que su presidente, Francisco García Tortosa, sea uno de los escasos traductores del Ulises al español (sólo se ha traducido en tres ocasiones).
    Tortosa se considera un joyceano de toda la vida, o poco menos.  Pero naturalmente, no es el único.  Dentro de gran ambiente de camaradería y amistad en el que se desenvuelven estos encuentros anuales, tuvimos la oportunidad de reunir a la dirección y fotografiarla en la Fundación Torrente Ballester, que junto a la SC, colaboraron con entusiasmo en este acontecimiento.  Qué menos, siendo Torrente otro joyceano convencido de palabra y obra. Francisco García Tortosa, Carmelo Medina, Alberto Lázaro y Antonio Raúl de Toro son los que dirigen esta singular asociación, pero hay muchos que año tra año, acuden con sus nuevas investigaciones, muchas de ellas sorprendentes.
    Los XVI Encuentros sobre James Joyce contaron con un programa completísimo.  Sin duda, sus coordinadoras, Anne MacCarthy, Susana Domínguez y Margarita Estévez Saá trabajaron duro para ofrecer una reunión única, en la que los alumnos tuvieron ocasión, además, de asistir a sesiones preparatorias (seminarios introductorios) sobre la historia literaria de Irlanda.
    La Asociación, cuyos miembros publican regularmente sobre Joyce, tiene también su propia revista: Papers on Joyce, que alcanza ahora el número 8.  Y, a pesar de la pasión por Joyce, en sus congresos, como ocurre en este celebrado en la USC, se abordan otros aspectos de la literatura irlandesa: la poesía, la historia, las relaciones de Irlanda con España, etc.  Los próximos serán en Las Palmas de Gran Canaria.

La Voz de Galicia, 17/03/2005

Francisco García Tortosa: “Traducir el ‘Ulises’ ha sido la obra de mi vida”
Es locuaz, pero, a veces científicamente exacto. Otras prefiere dejar que la sintaxis le lleve de la mano. Es uno de los primeros joyceanos de España

FOTO:Cris Tobío
Tortosa dedica su vida a Joyce y a Irlanda. Haber traducido el ‘Ulises’ le convierte en un traductor poco común

 
 
José Miguel A. Giráldez
 
    Gentilmente, nos ceden un despacho en el piso superior de la Fundación Torrente Ballester. Cae la tarde tropical: un raro calor de primavera lo invade todo. Es sábado, y el congreso compostelano sobre James Joyce declina. Me alegra que estemos aquí, en el templo literario de Torrente: siendo él, joyceano confeso, de cuerpo y alma. El profesor Tortosa y yo nos conocemos hace tiempo. Es, no obstante, la primera vez que puedo entrevistarlo en esta absoluta soledad sonora de la ciudad vieja de Compostela. Una ciudad que no le es ajena. Fue profesor aquí, y abandonó Santiago en el año 76. En realidad no lo abandonó nunca. Aunque es catedrático de Filología Inglesa en la Universidad de Sevilla, el contacto de García Tortosa con la ciudad del apóstol y su universidad, así como con la Universidade da Coruña, es casi continuo.
    Abajo, la última ponente de la tarde desgrana las últimas palabras sobre James Joyce. Una presencia absoluta, compleja, que asciende por la escalera de la Fundación hasta este despacho en el que nos encontramos. Porque Tortosa es el autor de una de las tres únicas traducciones que existen en castellano del Ulises. Autor de la última, en concreto, publicada, tras complejos avatares, por Cátedra, en su colección Letras Universales. Y a pesar de que el Ulises no es de esas obras que puedan leerse fácilmente, la traducción del profesor Tortosa acaba de alcanzar ya la cuarta edición.
    “La traducción es de 2000, porque en 1999 fue retirada inmediatamente. Fue esa la peor época de mi vida. Lo pasé mal”, dice Tortosa que, a pesar de su indudable perfil de científico, es un hombre que habla con gran pasión. “La negativa del heredero, Stephen Joyce, sólo se levantó en el 2000, y ahí es cuando se puede decir que la obra sale a la calle de verdad. Ahora vamos ya en la cuarta edición y son ediciones de 5.000 ejemplares, es decir, que no está nada mal…”.
    Según García Tortosa, el Ulises, con ser la obra más celebrada del siglo XX en opinión de gran parte de la crítica, no constituyó para Joyce  lo que podría llamarse “la obra de su vida” . “No, eso fue Finnegans Wake. No olvidemos que la comenzó en 1922 y estuvo escribiéndola hasta 1939… El Ulises, a fin de cuentas, fue cosa de siete años. Ahora bien, para mí sí. Para mí la traducción del Ulises sí es la obra de mi vida”.
Una obra que vale toda una vida. Una traducción complejísima, que además ha sido muy celebrada. Porque traducir el Ulises es un reto formidable. Sólo Salas Subirat y Valverde lo hicieron antes en castellano; aunque, como es sobradamente conocido, Otero Pedrayo ya publicó algunos fragmentos en gallego en la revista Nós, en los años 20. “Yo he estudiado a Joyce aproximadamente durante 20 años’’, afirma Tortosa, “había hecho la traducción de Anna Livia Plurabelle, por ejemplo, porque la primera vez, por cierto, intenté la traducción de Finnegans Wake (FW). Pero en fin, yo siempre creí que la mejor forma de entender el Ulises era metiéndome en él, traduciéndolo. Como se dijo, “FW no es para ser entendida”, pero el Ulises sí lo es. Y yo comprendo que cuesta trabajo: ahora sé que con la traducción ese críptico Joyce se abrió totalmente. Mi grupo de investigación se puso a colaborar, y recuerdo que en 1992, cuando empezamos, éramos varios, pero a las tres semanas sólo quedó una persona, María Luisa Venegas, que no es una joyceana. Los dos hicimos la traducción. Los dos. Salvo el capítulo 14, que es enteramente mío. Eso sí: la técnica fue la siguiente. Tradujimos por separado, todo el texto, lo cual ayuda mucho porque, vaya, cuatro ojos ven más que dos. Es increíble cómo se detectan los errores con esta técnica… Pues bueno, te diré que tuve momentos de flaqueza, instantes en los que decayó mi interés… Estuve a punto de dejarlo, y María Luisa insistió en que siguiera: creo que llegar al final se lo debo a ella. Terminamos en el 99, siete años tardamos, los mismos que Joyce en escribirlo…”.
    Francisco García Tortosa, joyceano convencido, uno de los pioneros de estos estudios, cree que si te dedicas a Joyce la meta natural sería traducir el Ulises. “Es fantástico: es una mina. Más de cuarenta veces he leído el Ulises, pero sólo después de traducirlo puedo decir: he entrado en el Ulises de Joyce”. Me gustaría hacer lo mismo con Hamlet. Mira: cuando me siento mal, cuando dejo de creer en la gente, leo a Shakespeare. Leyéndolo, creo en el hombre. Ya ves, y eso no me pasa con Cervantes. Que alguien con 21 años sea capaz de decir “Rome is a wilderness of tigers…”: Shakespeare sabía lo que era el mal”.
Y aquí, en cierto modo, Tortosa mira hacia sí mismo: “Sí, lo admito, soy un descreído del ser humano. Yo me entrego mucho, siempre. Y por eso me duele. No comparto la compasión. La solidaridad la entiendo a medias. Pero la relación entre dos personas no es el amor: es la amistad”.
    Y en cuanto a Ulises, prefiere desmitificar: “Yo creo en mi trabajo, pero no, no me siento especial. Tampoco sé qué decir de las otras dos traducciones, y eso que, claro, las he leído las dos. Veo que hay cosas buenas y malas, pero la mía es distinta. Es otra. El Ulises se entiende mal, como la propia vida. Y es que la vida es su tema: el Ulises es la gran novela realista”.

 

 

Artículos BLOOMSDAY 2004 

 

 

Blanco Y Negro (ABC)
Revista del Domingo (Joly)

Leer

El cultural

El Mundo

Diario de Sevilla

El País

Babelia

Alfa y Omega (ABC)

Blanco y Negro Cultural, no. 645 (5 de junio de 2004), págs. 5-8.

Ulises, un paseo de cien años
Se cumple el centenario del más célebre paseo de la historia de la literaura: el que realizó Leopoldo Bloom por Dublín el 16 de junio de 1904, según describió James Joyce en Ulises. En torno a este aniversario del universalmente conocido como Bloomsday se inaugura una gran exposición en el Círculo de Bellas Artes de Madrid, en la que se profundiza, entre otros apectos de la obra y la figura de Joyce, en su relación con los principales escritores españoles del siglo XX.

Joyce en España (J. Goytisolo)
Joyce, por ejemplo (J. Ríos)

Fotografía de dama (E. Chamorro)

Joyce en España (págs. 4-5)

Juan Goytisolo

    Leí a Joyce por primera vez a los diecinueve años.  Un amigo barcelonés, inscrito como yo en la Facultad de Derecho y apasionado también de la literatura, me prestó un ejemplar del Retrato del artista adolescente, en traducción española de “Alfonso Donado”—Dámaso Alonso no había osado firmarla—y con un sugestivo prólogo de Antonio Marichalar, impreso en 1926 y prohibido desde el alzamiento militar por la censura franquista.  Inútil decir que su lectura me impresionó: educado, como Stephen Dedalus en un colegio religioso de las características del que Joyce nos pinta, disfruté de cada página con esa intensidad que sólo procuran las obras maestras, ya sean de Sterne, de Flaubert o de Proust. La minuciosa descripción de los Ejercicios Espirituales ignacianos reproducia párrafo a párrafo, casi en tiempo real a los que un lector como yo podía agregar el tono de voz, el gesto y la mimica-, el discurso destinado a aterrorizar a las mentes jóvenes e inexpertas a fm de sujetarlas de por vida a los preceptos de papel de la Iglesia de Roma y mantenerlas en un estado de enfermiza culpabilidad. Casi un siglo antes, Blanco Whíte había descrito también, con singular eficacia narrativa, las prédicas del padre Vega en La cueva sevillana, de idénticos recursos melodramáticos y escenificación terrifica, pero Joyce no conocía desde luego la obra de su remoto predecesor Con esa extraordinaria capacidad para captar los registros de voz -capacidad que luego extendería al murmullo polifónico de Bloom-, el retiro espiritual del padre Arneil, sobriamente descrito con su «pesado manteo, la cara pálida y consumida y una voz cascada de reumático», será el punto de partida de la rebeldía de Stephen y de su voluntad de alejarse para siempre aunque sin olvidarla nunca- de la sociedad opresora en la que se crió.
  Los retratos de Gente de Dublin–núcleo seminal de la posterior obra joyciana–me atrajeron igualmente con fuerza, pues respondían, al menos en parte, al canon literario que conocía y al que me esforzaba en seguir en mis pinitos de escritor Por esta razón, cuando me sumergí dos o tres años después en la lectura de Ulises, editado en Argentina con una muy meritoria traducción de Salas Subirat, mi primera impresión fue de desconcierto, como si el suelo de la novela fallara bajo mis pies. El mal llamado «monólogo interior» de Bloom me introducía en un territorio lfterario desconocido y, a cada paso, debía detenerme y volver atrás, para estar seguro de seguirle la pista y asimilar con provecho lo que leía. Joyce, como todo innovador auténtico, impone la relectura: en la superación de sus dificultades radicaba precisamente mi goce de lector

El lenguaje como protagonista
   En diversos pasajes de la obra quise adiestrar el oído a su escucha, pero el español bonaerense no me lo permitía: leía el texto, mas no escuchaba su música. Recurrí entonces a la traducción francesa de Valéry Larbaud y mi frustración fue la misma.
    No obstante la escrupulosa fidelidad del amigo y discípulo de Joyce, me sentía tan insatisfecho como en la lectura de su versión argentina: el genio de una lengua se adapta difícilmente al de las demás cuando el lenguaje asume el verdadero protagonismo de la narración.
   Mi certidumbre se confirmó el día en que me enfrenté por fin al original, en la edición de John Lane, impresa en 1952, un ejemplar que pertenecía a Monique Lange y del que nunca me separo. Dicha edición contiene una serie de apéndices ilustrativos de la lucha de Joyce contra el poder castrador de la censura a lo largo de una década: el escrito protesta de los mejores escritores de la época de la edición mutilada de la novela, publicada en Estados Unidos sin la autorización del autor, entre cuyos firmantes figuran Ramón Gómez de la Serna, Juan Ramón Jiménez, Antonio Machado, Gabriel Miró, Ortega y Gasset, Alfonso Reyes y Miguel de Unamuno, amén de Antonio Manchalar; la carta del propio Joyce al editor (y censor) estadounidense; las actas de la resolución del Tribunal de Nueva York sobre la presunta obscenidad del texto. Como los asiduos de la obra joyciana saben, Ulises fue impreso primero en 1922 y 1923, en ediciones numeradas de mil, dos mil y de quinientos ejemplares, hasta que la audaz propietaria de la librería parisiense Shakespeare amd Company, la ya inmortal Silvia Beach, se lanzó a la aventura de publicarlo en edición normal un año después.  La primera edición sin cortes no se imprimió en Norteamérica sino en 1934 y en Inglaterra, dos años más tarde.
  (El forcejeo de Joyce con la censura puritana había comenzado mucha antes. Como recuerda Richard Ellmann en su exigente y rigurosa biografía del autor, la impresión de Gente de Dublín fue adquirida íntegramente por un desconocido que a continuación la quemó. La eterna enemistad del poder con la literatura se cobró numerosas víctimas durante la primera mitad del pasado siglo, no sólo en la Alemania nazi, la Rusia de Stalin y la España de Franco, sino también en los países anglosajones).

Revolución del Ulises
  La revolución del Ulises sacudió la novela de su tiempo y como un movimiento sísmico, se extendió por el mundo literario de Europa y Estados Unidos. Sin ir más lejos, la obra de Faulkner, Svevo y Beckett no hubiera sido posible sin ella. En España, su recepción fue mucho más tardía y no se manifestó con provecho hasta Larva, la fascinante y compleja novela de Julián Ríos.
  Se ha hablado mucho en nuestros medios del «monólogo interior» joyciano. A mi entender, el término acuñado por la crítica al uso peca de una inexactitud y, consciente de su dudoso estatus, lo he empleado siempre con cierto desasosiego. Antonio Marichalar, nuestro primer estudioso del Ulises, acertó plenamente en su análisis, expuesto en el antecitado prólogo a la traducción del Retrato:
  «Si prestamos atención a un soliloquio de esta clase, pronto percibiremos, en un manso fluir de su curso, un nutrido y confuso clamoreo, causado por la pluralidad de voces que se alzan por dondequiera y que, aunque forman una sola, denuncian la existencia de un tupido trenzado de cruces y contactos en apresurada sucesión».
  Exacto: en la narración joyciana, como en Faulkner y otros escritores entre los que modestamente yo me incluyo, el supuesto monólogo pasa de una voz a otra sin salir del autor mismo: es el reino de la polifonia, a la escucha de las voces del mundo.
  La recepción de Ulises en España en el transcurso de las últimas décadas va ligada estrechamente a la labor crítica y novelesca de Julián Ríos.  La bellísima edición del Circulo de Lectores, con dibujos de Eduardo Arroyo, es un espléndido homenaje al humor e inventiva del autor irlandés, homenaje coronado con la publicación de Casa Ulises en
2003. El lector de Joyce tiene el singular privilegio de acompañar al autor de Monstruario y La vida sexual de las palabras en su solitario «viaje al fin de la noche» de Dublin, en el que, pieza por pieza y galería por pasadizo, rehace el laberinto verbal de la Odisea de nuestros tiempos, esa singular Enciclopedia de conocimientos que es la obra de Joyce. *

  La exposición Joyce y España, que se inaugura
el 10 de junio, cuenta con la colaboración de la
Fundación Winterthur

Joyce, por ejemplo (págs. 6-7)
Julián Ríos
Dan Zuber, de la Universidad de Nueva York, me informó hace pocos meses que había adoptado el título de un texto mío, «Joyceand Company» [recogido en La vida sexual de las palabras (1991, 2000)], para un libro en preparación sobrelas relaciones -supongo que no siempre amorosas- de escritores de diversas literaturas y épocas con el maestro irlandés.
  Me dijo además que desearía hacerme algunas preguntas a su pasopor París, a comienzos de 2004. Propuso que nos encontráramos el martes y 13 de enero en el Hotel Lutétia, donde pasó Joyce sus últimos -y agitados- meses en Paris, de octubre a fines de diciembre de 1939.
  En ese hotel del bulevar Raspail vi por última vez a Octavio Paz, un año antes de su muerte, y en aquel encuentro -que epiloga una edición ampliada de nuestro Solo a dos voces- Joyce no dejó de hacer su aparición.
  El profesor Zuber tiene la afabilidad y habilidad de un confesor jesuita y junto al cartel de un transatlántico nos embarcamos en una conversación joyceáníca de más de dos horas que a veces tomó rumbos autobiográficos.
  Resumo aquellas rememoraciones para contribuir a esta exposición sobre Joyce y España.

Cultura española
  O viceversa, seria más exacto, porque Joyce apenas se interesó por la cultura española y nunca puso los pies en nuestro país. Aunque su amigo el tenor irlandés John Sullivan estuvo a punto de convencerlo, hacia 1930, de ir a Barcelona para que le examinara los ojos el doctor Barraquer.
  Descubrí a Joyce a los 18 años cuando estudiaba derecho en Madrid, y desde entonces no se ha torcido mi admiración por su obra, acrecentada a cada relectura. Empecé por una traducción de Dubliners, titulada como la francesa Gente de Dublín, y casi sin transición me metí en el laberinto de Ulises, en la versión de J. Salas Subirat de la edición argentina de Santiago Rueda. Aquel verano de 1959, ante las ondas del mar de Vigo, veía el tono «verde moco», escrutaba las crestas del maremagno «escrotogalvanizador» -origen de bromas con un compañero de Facultad apellidado Galván. Y con gran atrevimiento cotejaba o cortejaba más bien algunas páginas con el original inglés en una antología, The Essential James Joyce, preparada por Harry Levin. También conseguí poco después una introduccion a Joyce del mismo Levin, en un librito o breviario del Fondo de Cultura Económica, de 1959, que aún conservo, profusamente acotado y anotado.
    Abro ese breviario mexicano y veo que donde Levin afirma que «ningun escritor ha manifestado menos interés que Joyce por la aceptación del público», el jovenzuelo puntilloso que era yo se permitió añadir con lápiz azul a pie de página: «En apariencia, solamente.  Al final de la página 160 y principios de la 161 el profesor Levin contradice la afirmación que hace aquí». En efecto, más adelante Levin decía que «Joyce reaccionaba con extraordinaría sensibilidad a la menor muestra de interés por su obra» y también que «ensombreció el último año de su vida la indiferencia con que fue acogido Finnegans Wake».
  Aún tardaría algunos años en llegar a ese canto de cisne o de sirenas, al que sólo son insensibles los sordos, y recuerdo muy bien el momento en que pude comprar el mamotreto de todas las tretas, en la librería Buchholz del Paseo de Recoletos (Calvo Sotelo entonces) de Madrid.  Era un tarde espléndida (quizá de mayo, y quizá de 1968) y cuando voy a alcanzar el tomo apetecido, me distrajo la visión de los muslos de una chica encaramada en una escalera que estaba ordenando o buscando libros en la estantería. Allá en las alturas el verbo se hizo carne una vez más. Sir Tristram, «violer de amores», no me dejará decir que la carne es triste, aunque haya leído y desleído todos los libros en la novela-río de sus correrías.
  Finnegan aún no ha despertado, o yo le sigo soñando, y el gigante sigue ahí, en mi biblioteca terca, lejos del Madrid de mi juventud.
  Desgraciadamente aquel ejemplar del Ulises de Rueda no le hace compañía al tomo y lomo de Faber & Faber, pues se me perdió en una de mis mudanzas madrileñas, y aún lo echo de menos. Estaba tan sobado que sus tapas, de un blanco amarillento, adquirieron una pelusa amelocotonada.
  Cuando vivía en Londres, a comienzos de los setenta, conseguí por un precio módico un Ulysses de Shakespeare and Company, de 1930, y hace algunos años, cerca de París, por unos cuantos francos, la bellísima primera edición del Ulysse de Gallimard, de 1942.

Mis primeras lecturas
  Pero ninguno de estos ejemplares podrá tener el aura de aquel primer Ulises de mis primeras lecturas. Ni tampoco otro Ulises (de Rueda) de repuesto. En 1988 vi en una librería de la calle Corrientes de Buenos Aires la misma edición de Rueda (la segunda, revisada) pero aquel Ulises no era el mío, le faltaba la pátina, la pelusa del uso.
  No hay traducción de Ulises perfecta, todas son de un modo u otro complementarias; pero la traducción de José Salas Subirat, notable por su fidelidad rítmica, es la pionera en español y ocupa un lugar aparte. Ha tenido además una importancia histórica en la formación de diversas generaciones de escritores de las dos orillas del Atlántico.
  El horror casticista a los términos y expresiones hispanoamericanos llega a veces en España a extremos cómicos.
  Cuando se publicó en 1976 la meritoria traducción de Ulises de José María Valverde fue saludada en El País con un artículo en el que se denostaban los argentinismos de la traducción anterior con una jerigonza cheli.
  El profesor y critico uruguayo Emir Rodríguez Monegal, de visita en Madrid, me comentó entonces que el Ulises de Salas Subirat -emprendido por cuenta y riesgo de su traductor en 1937- había sido revisado por Borges, antes de su publicación, en 1945.

Briznas pegadas
  El Ulises de Valverde está traducido al español, qué duda cabe, aunque a veces se le pegan briznas de otras traducciones que ha cotejado, por ejemplo del francés, cuando el señor Bloom pasa «flaneando» ante los escaparates de Brown Thomas.
  Salas Subirat no tenía demasiados antecedentes en que apoyarse y se ayuda sobre todo con el oído y el sentido del ritmo.
  A finales de los ochenta su traducción era casi inencontrable en las librerías españolas y me parecio un acto de justicia, poética ante todo, reeditaría, cuando tuve la idea de una edición ilustrada de Ulises y se la propuse a Eduardo Arroyo y al Círculo de Lectores. Fue una doble aventura, literaria y pictórica, y en más de un sentido una doble traducción.
  Al repasar mis propios bosquejos de ilustraciones, viñetas y capitulares, me doy cuenta ahora de cuánto me ayudaron a entrar en el bosque animado de imágenes y enigmas que se entrelazan inextricables en la obra de Joyce como en las pacientes lacerias del libro de Kells.
  Ulises ilustrado (1991) se abre y cierra con la invitación: Pasen y lean. Una doble invitación a leer texto e imágenes, que se ilustran mutuamente. Esa suntuosa edición numerada, reservada únicamente a los socios del Círculo de Lectores, no estaba al alcance de todos. Su texto mondo, que es la novela de una novela y un ensayo dialogado, llegó en 2003 a librerías con el titulo de Casa Ulises. Una casa con muchas ventanas, como la casa de la ficción de Henry James, para multiplicar los puntos de vista.
  Cada casa es un mundo y de modo muy particular la de Ulises, a la que siempre se acaba por volver.  Hace un año y pico recorrí de nuevo la novela por todas sus salas, para preparar un prólogo a una nueva edición de la traducción de Salas Subirat del Círculo de Lectores.
  He procurado siempre acercarme a la obra de Joyce con una actitud creativa, bien en libros de crítica-ficción o en novelas como Amores que atan y Monstruario.
  Joyce muestra a las claras y a las oscuras que el escritor escribe, dentro del idioma materno o de elección, en una lengua original que podemos llamar creativa, para diferenciarla de la estereotipada del mero fabricante.

Un camaleón del estilo
  Su ejemplo es exigente e incómodo, sobre todo en nuestra era de fabricación de novelas en serie, y además no ofrece pautas. No tiene estilo, un solo estilo, es un camaleón capaz de adoptarlos todos.
  Por otro lado, no inicia ni da fin a nada, con él todo se continúa, en una narración nueva contigua a la antigua, dentro de una larga tradición que entronca con Rabelais, Cervantes y Sterne.
  Su afición a los juegos de palabras, por ejemplo, es un rasgo familiar, que lo emparenta con otros escritores de una familia lejana a veces. Tenía conciencia de que no hay prosa sin espinas y deja que su majestad el lector escoja entre el clavel en clave y el nombre de la rosa que no es una rosa.
Eso, paradójicamente, no deja de irritar en el país de Góngora y Quevedo, donde el faulknerianísmo más pegadizo y retórico y se olvida la devoción de Faulkner por Joyce- o el San Bernhard de púlpito y sermonario hacían furor y mucho ruido.
  Estuve en Dublín en el Bloomsday de 1982, año del centenario del nacimiento de Joyce; pero no peregrinaré a Dublín en el centenario del día de Bloom. el 16 de junio de 2004.
  Un amigo irlandés me advierte que se servirán más de 10.000 desayunos con sus correspondientes riñones de cerdo más o menos chamuscados en O’Connell Street y esa calle, desde la fuente de Ana Livia hasta el Liffey, estará aromatizada por efluvios de orines de Erín. Supongo que los numerosos turistas y joycelebrantes de nuevo cuño completarán el olor local.
  El gran poeta brasileño Haroldo de Campos, muerto el pasado agosto, que fue el mes más cruel, me contó hace mucho que cuando celebraba el día de Bloom, en un pub de Dublin, vio de pronto junto al claroscuro de la puerta encristalada la silueta sutil e inconfundible de Joyce. ¿Otro figurante? No dejó de hacer, supongo que con mano temblorosa, una foto. Al revelar el carrete, su sorpresa fue que sólo el cliché del espectral Joyce estaba velado.
  Joyce sólo creía en el esprit de l’escalier, como es notorio, pero dejó una famosa definición del fantasma en Ulises: «¿Qué es un fantasma?, preguntó Stephen. Un hombre que se ha desvanecido hasta ser impalpable, por muerte, por ausencia, por cambio de costumbres».

Visión quevedesca
  El cambio de costumbres ?como bien sabían nuestros pícaros clásicos es lo más dificil.
  He tenido una visión o previsión quevedesca del Dublín del Bloomsday centenario, por el que va y viene un desconocido sesentón de bigote y chaqueta de tweed faulknerianos, que no cesa de repetir entre dientes.  «Me lo temía, me lo temía…», entre los enjambres de variopintos turistas y fans disfrazados de mollies, blooms, mulligans, boylans
  Al final del día, en un pub demasiado ruidoso, lo acaba reconociendo un viejo profesor de su misma nacionalidad, que explica a gritos a los circunstantes que se trata de un novelista que allá por 1971 había aprovechado la ocasión de escribir un prólogo, a una sesuda obra sobre el Ulises, para proclamar que se divorciaba de Joyce. El pobre no sabía que Joyce no se casa con nadie, a no ser con Nora, y eso bastante tarde.
  El viejo profesor también explicaba que el novelista aquél, tan cariacontecido, al que no conocían ni siquiera en efigie ninguno de los turistas allí presentes, de múltiples nacionalidades, se había permitido pronosticar en aquel prolijo prólogo, largo me lo fiáis, que el 16 de junio de 2004 James Joyce estaría definitivamente arrinconado.

  Julián Ríos es escritor. Entre sus
obras destaca Larva.

Fotografía de dama (pág. 8)
Eduardo Chamorro

AL cabo de un buen número de triangulaciones, paralajes, metempsicosis y pesquisas acerca del eterno retorno del espectro de Hamlet, y del hijo de Hamlet y del abuelo de Hamlet y de su nieto, como candidatos a la más precisa e improbable identidad del fantasma que clama desde su lecho traicionado y corrompido, Leopold Bloom y Stephen Dedalus dan, finalmente, el uno con el otro en el burdel de Bella Cohen -donde nadie es quien es y cualquiera puede ser quien
siempre quiso o no quiso ser, o lo que pretendía olvidar sin conseguirlo o lo que olvidó a pesar de las promesas de una memoria inconclusa , del que salen en condiciones perfectamente lamentables.
  Stephen Dedalus está borracho y maltrecho porque un soldado británico le ha dejado sin resuello con un golpe bien dado, y Leopold Bloom apenas acierta a ver otra cosa que el fantasma de su hijo muerto a través de unas alucinaciones que le han dejado hecho un trapo. Puestos al acopio de sus fuerzas en un refugio de cocheros abstemios donde el delirio se acoge a la cordura como extravagancia de sí misma y círculo vicioso de todo el frenesí al que puede conducir la templanza, Bloom da en la idea de que Dedalus abandone la errancia de su arrogante golfemia y se acoja al amparo del hogar que le ofrece a cambio de enseñar italiano a su esposa, cantante ocasional de formas opulentas «cuya presencia en el escenario era, francamente, un verdadero deleite». De ahí que le muestre una fotografía de la dama: Marion, Molly, Bloom, Santa Marion Calpensis en la letanía del capítulo XII, porque nació en Gibraltar, hija de Brian Cooper Tweedy, irlandés bigotudo, oficial instructor de los Royal Dublin Fusiliers, y de la judía española Lunita Laredo, el mismo año en que el Principe de Gales visitó Gibraltar y plantó un árbol, «podría haberme plantado a mí también si hubiera llegado un poco antes».
  «-Podría», le aclara Bloom a Dedalus, «reivindicar su nacionalidad española silo quisiera. [...] Tiene el tipo español.  Muy trigueña, una verdadera morena, de cabellera negra. Yo, por lo menos, creo que el clima explica el carácter. [...] Está en la sangre. Todos se bañan en la sangre del soL [...] Naturalezas que no hacen las cosas a medias, en ese Mediodía apasionado en el que toda decencia es arrojada al viento».
  Dedalus ve en la fotografía «una dama abundante, de encantos carnales ampliamente evidenciados, su madurez femenina en plena efervescencia y en un traje de noche ostentosamente escotado con el evidente objeto de ofrecer una liberal visión de los senos; sus carnosos labios entreabiertos y algunos dientes perfectos, de pie con estudiada pose cerca de un piano en el cual se veía la música de la balada In old Madrid. [...] Sus ojos (los de la dama) grandes y oscuros, miraban a Stephen, a punto de sonreír por algo digno de admirar».

Último capítulo
  Pero Leopoid Bloom miente. Aunque puede que no. Es un estupendo artífice de situaciones e inventor de verdades privadas que, a veces, le juegan malas pasadas. El caso es que esa foto no es de Molly, tal cual explica la dama en cuanto Joyce le concede todo el último capítulo de la novela para que se explaye.
  «Yo me parezco un poco a esa puta española de la fotografia que él tiene». Lo que no quiere decir que deje de estar orguliosa de su boca, de sus dientes, de sus ojos y de su silueta, «la de mi madre». También lo está de su amante, organizador de giras para cantar por provincias. «Que vean si pueden elegir a cualquiera como Boylan para que lo haga 405 veces en un abrazo». Molly se refiere a cuantas mujeres entiende como rivales, que son prácticamente todas, empezando por «la cochina de Mary Riordan» -detrás de cuyo trasero pilló un día a Leopold, que justificó su pasión eventual por la criada mencionando que acababa de darse un atracón de ostras- y terminando por la también cantante «Kathleen Kearney y su hato de chillonas Señorita Esto Señorita Aquello una sarta de gorriones pedorros pajaroneando por ahí hablando de política saben tanto de eso como mi culo harían cualquier cosa por parecer interesantes de algún modo bellezas made in Irlanda. [...] No tienen pasión que Dios las ayude pobres cabezas de chorlito yo sabia más de los hombres y de la vida cuando tenía 15 años de lo que todas ellas van a saber a los 50».
  Molly no tiene pelos en la lengua. Al fin y al cabo, está sola, a punto de menstruar en la cama de la que no se ha movido en todo el santo día, y sólo piensa en ella aunque parezca pensar en otra cosa, porque Molly sujeta todo a ella. Es la Penélope que aguarda a Ulises, y es Gea, la Tierra, de cuya gravitación dependen todas las cosas por mucho que se muevan y hagan aspavientos y parezcan ir cada una por su lado. Molly siente todo lo que pasa a su alrededor Y si algo no pasa, lo imagina para hacerlo objeto de su desdén o su deseo. El mundo gira en su cabeza y bulle en su entrepierna. «Mi agujero me pica siempre que pienso en él siento que quiero siento una especie de viento por dentro». Tiene treinta y dos años -según ella , un hijo muerto, una hija adolescente que estudia fotografía y un marido que siempre la sorprende, la fascina, la hastía o la encanta con «esa tremenda cosa roja grandota que tiene. [...] Como hierro o alguna especie de barra de hierro gruesa que se mantiene tiesa todo el rato ha de haber comido ostras». Le gustaría «probar con un negro», hacérselo con «un carbonero sí con un obispo sí», con un jovencito al que «confundiría si estuviera un poco a solas con él».
    Da por supuesto que todo hombre que pasa a su lado querría hacérselo con ella, y cuenta con un elocuente catálogo de pruebas en ese sentido. Los hombres «están locos por entrar allí de donde han salido», «una llegaría a creer que nunca alcanzan a meterse lo suficientemente dentro», sí bien «son todo botones todos puestos para estorbar». Perdió la virginidad a los quince años, en Gibraltar y todos cuantos precedieron a su marido han muerto en el mar o en las guerras del Imperio o han desaparecido. «Lo menos que pueden hacer es estrechar una o dos veces a una mujer mientras puedan antes de ir a ahogarse o a reventar en algún sitio».

El mundo es transparente
  El mundo es transparente para Molly Bloom, que lo modifica y ordena tan a su antojo como para pensar que esa misma fotografía hubiera quedado mejor de «habérmela hecho vistiendo una túnica que nunca pasa de moda sin embargo parezco joven me extraña que no se la haya regalado junto conmigo también».
  Molly habría llenado su casa de «flores de todas las formas y perfumes y colores» para ese invitado de su marido, Leopold Bloom (Flor), del que imagina, supone y espía todos los pasos, incluidos los que al final de ese jueves, 16 de junio de 1904-le llevan sigilosos hacía la cama «tintineante» que guarda la huella de quien la ocupó en su ausencia. Un rastro del que Bloom será perfectamente consciente al adherirse a «su abundante carne camacalentada». La carne de su esposa que lo acogerá en ese fmal de la novela y de la noche, al igual que aquel primer día en que «lo rodeé con mis brazos sí y lo atraje hacia mí para que pudiera sentir mis senos todo perfume si y su corazón golpeaba como loco y sí yo dije quiero sí».

  Eduardo Chamorro es escritor Ha traducido una de las ediciones del Ulises de Joyce.

Revista del domingo, 6/VI/04, págs. 12-13

Bloomsday cumple cien años
Juan José Téllez

Todo el día será Bloomsday. A lo largo de la jornada del 16dejunio de 1904 transcurre la acción del Ulises, de James Joyce, una de las obras maestras de la literatura del siglo XX, en la que abundan alusiones frecuentes a Andalucía y a Gibraltar. Un siglo después ya lo largo de la presente semana se inician unas jornadas conmemorativas del centenario de dicha acción ficticia, y que tendrán como sede a La Casa de la Provincia, en Sevilla, de la mano de Juan Antonio Maesso, un escritor que lleva cinco años intentando que los andaluces se sumen a la veneración mundial que suscita el escritor irlandés y algunos de sus personajes: “Se me ocurrió celebrar el Bloomsday en Andalucía porque me gusta lo imposible”, afirma Maesso, autor de una reciente novela titulada El lenguaje del agua, al tiempo que a estas alturas de su vida puede jurar que ha leído el Ulises al 95 por ciento. “Hay una comparación muy clara entre Sevilla y Dublin. Ambas fornican con dos ríos”.
 Antonio Rivero, director de la Casa del Libro, pretende que Sevilla se convierta en la quinta provincia de Irlanda durante esta prolongada conmemoración del Bloomsday, que comienza mañana lunes promovida por la Diputación, con un panel de colaboradores que incluye desde la Caja San Fernando al pub Flaherty, entre muchas otras entidades públicas o privadas. Maesso lleva cinco años organizando encuentros en torno al Ulises en la capital de Andalucía, una región que Joyce no conoció jamás, a pesar de reflejarla en sus escritos: “Su visión de Andalucía me parece espléndida. A lo mejor si la hubiera conocido no hubiera dado ninguna opinión o nos hubiera puesto tan verdes como a Irlanda, a la que definía como la metáfora de la parálisis. Tampoco Kafka fue a América y escribió América. Yo creo que Gibraltar y Andalucía fueron, simplemente, circunstancias que Joyce aprovechó para darle una madre sefardí a Molly Bloom”.
 ”Molly Bloom es una representación de lo terrenal, del amor, de lo positivo”, distingue el pintor y escritor Rafael García Valdivia, desde Algeciras. “Leopold, su marido, es un elucubrador, que está con la cabeza en las nubes, inventando negocios, elucubrando sobre cuestiones filosóficas o morales y ella es carnal, próxima a la realidad cotidiana.
 A través del personaje de Molly Bloom hay referencias a Gibraltar y a su Campo. “Las principales alusiones a la zona-apunta García Valdivia- figuran fundamentalmente en el monólogo final, de Moily, en su cama, donde de madrugada va recordando su infancia juventud, sus primeros amores con militares gibraltareños, y rememora vecinos del Peñón de apellidos que, efectivamente, he comprobado que existen en Gibraltar. Joyce se documentó muybien sobre el tema”. Hay, en efecto, algunos guiños gibraltareños a lo largo de toda la novela -por ejemplo, la villa Gibraltar, relativamente cerca de la casa Bloomfield, en Crunlikn, heronía de Upercross-, pero el nudo que relaciona al Ulises con Gibraltar radica en el monólogo final de este largo texto, protagonizado por Molly Bloom, cuando los truenos le hacían creer “que el cielo se venía abajo para castigarnos cuando me santigúé y dije un avemaría como esas espantosas descargas eléctricas en Gibraltar”.
 ”…La primera vez que vila caballería española en La Roque era hermoso después mirar a través de la bahía desde Algeciras todas las luces del peñón como luciérnagas”. La Roque es, en realidad, San Roque, el municipio que fue fundado a partir de la conquista inglesa de Gibraltar, en 1704, este verano hará trescientos años. La historia está continuamente presente en el parlamento de Molly Bloom, quien recuerda que la Union Jack ondeaba sobre todos los carabineros españoles porque cuatro marinos ingleses borrachos les quitaron el peñón. Molly también apunta que S.A.R. el príncipe de Gales estaba en Gibraltar “el año en que yo nací”. “…Después de mi primer sueño pensé que iba a ponerse como en Gibraltar mi Dios el calor que hacía allí antes de que viniera el viento de levante negro como la noche y la silueta del peñón alzándose como un gigante en comparación con la Montaña de las Tres Rocas…”.
 La Montaña de las Tres Rocas radica al sur de Dublín y, según apunta Eduardo Arroyo, autor de una excelente versión del Ulises, para Planeta, su cumbre resulta “ligeramente más alta que el Peñón, aunque menos impresionante”. Pero el monólogo de Molly Bloom también constituye un monumento a la nostalgia. “Daríamos cualquier cosa por estar de nuevo en Gib y oírte cantar En el Viejo Madrid…”. Por las páginas del Ulises desfilan señoritas que sirven el té, sacerdotes de la Catedral, las cuevas de San Miguel, Tánger al fondo, la Caleta -también llamada la Bahía de los Catalanes, aunque sus marineros fueran genoveses-, el barco de Algeciras o el ambiente de la Alameda.
 Joyce cuidó el rigor histórico para retratar aquella tierra que no visitó nunca. Por ejemplo, es absolutamente cierto que el 79th Queen’s Own Cameron Higlanders estuvo de guarnición en Gibraltar entre junio de 1879 y agosto de 1882, cuando sus tropas fueron relevadas por el lst East Surreys. En sus páginas, aparecen industriales existentes en esa época, como los panaderos Mordekai y Samuel Benadi. También se habla de los Escorpiones, pero no se refiere despectivamente a los gibraltareños, como ocurriese posteriormente, sino que alude, en ese caso, a los españoles nacidos en Gibraltar y a los que la jerga militar motejaba de esa forma. “Leopold aún guarda un libro que debe devolver a la Garrison Library, la biblioteca pública del Peñón, que aún sigue en servicio”, recuerda Dominique Searle, director de The Gibraltar Chronicle, el centenario rotativo que también aparece en las páginas de Ulises. Hoy es un diario pero, en aquella época, era un semanario que aparecía los sábados. Con motivo del bicentenario del periódico, el periodista y escultor John Serle erigió una escultura que representa a Molly Blooom en los jardines de la Alameda de Gibraltar, otro de los topónimos locales que aparecen en el libro. Con ese mismo pretexto, un grupo inglés, Firbreaga, voló hasta la Roca para representar el célebre monólogo que cierra las kilométricas páginas de la novela.
  “Aquella representación fue mágica -rememora el escritor gibraltareño Trino Cruz-. Pero no se ha vuelto a repetir. Aquel acontecimiento pasó, fue histórico, pero ya está. No existe una inquietud popular a la hora de reivindicar el Ulises para Gibraltar. Aquí, sólo un puñado de gente conoce esta obra. Ni se valora ni se tiene en consideración. Claro que, también en el Peñón y como en otros lugares, los artistas e intelectuales le tienen veneración al Ulises. Los Searle, por ejemplo, Dominique y John. O John Dalmedo, una persona que cada vez que sale el tema, se le ve apasionado por los textos del Ulises que se refieren a Gibraltar. Aparte de eso, nadie se expresa públicamente al respecto ni hay un reconocimiento cultural. Jamás ha habido una exposición conmemorativa que yo recuerde, ni el Gobierno ha hecho hincapié en esa referencia. No pasa desapercibido del todo, pero concierne a muy poca gente. No tiene mayor interés para el común del vecindario, a pesar de que Gibraltar podría entrar plenamente en el circuito internacional del Ulises“.
  A Trino Cruz siempre le sorprendió que Joyce no hubiera pisado nunca los alrededores de esa controvertida Roca caliza: “Sobre todo, me sorprende después de leer sus textos. Siento cierta desconfianza respecto a la versión oficial que insiste en que Joyce nunca vivió en directo la realidad gibraltareña que describió a la perfección”.
  A este lado de la Verja, otro escritor, el gaditano José Manuel Benítez Ariza, se ha aproximado en alguna ocasión a las páginas del Ulises. Años atrás, exploraba en un articulo precisamente las referencias gibraltareñas que aparecen en dicha obra: “Y lo cierto es que son muy exactas. Lo asombroso es que no hubiera estado en Gibraltar cuando escribió eso, sino que lo hizo documentándose. Uno confronta todo lo que pone ahí con el lugar y es todo exacto. Es una idea un tanto inglesa de lo que es el mediterráneo, el sur de España, con algún tópico, pero la estampa es bastante flel a la realidad”.
 A su juicio, el monólogo final de Molly Bloom vendría a ser “una novela dentro de esa otra novela que es el Ulises“. “Esa excursión fascinante por la fantasía de una mujer da una impresión completa de lo que es su vida, desde su juventud y adolescencia en Gibraltar, hasta las relaciones que tiene con su marido, con su amante”.
 Pero no sólo Sevilla se sumará, en Andalucía, al Centenario del Bloomsday. A mediados de abril, en Almería, tuvo lugar la decimoquinta edición de los Encuentros de la Asociación Española James Joyce, cuyo presidente es Francisco García Tortosa, catedrático de Filología Inglesa en la Universidad de Sevilla: “Hay muchísimas alusiones a Gibraltar, pero es verdad que los gibraltareños no han hecho prácticamente nada con respecto a este tema. En el 94 presentaron a los asistentes al congreso que hicimos en Sevilla y que nos trasladamos hasta allá un vídeo que recogía los lugares por los que, según la novela, anduvo. No me gustó nada el video, con técnicas futuristas pero que, en realidad, decía muy poco. Es lo único que he conocido que han hecho los gibraltareños respecto a Joyce, además de dedicar una estatua a Molly Bloom”.
 El próximo día 10, en el Círculo de Bellas Artes de Madrid, abrirá una exposición sobre material inédito en torno a Joyce: “Por ejemplo, hay varias cartas de Joyce a Marichalar, al tío abuelo del Duque de Lugo, Jaime de Marichalar. Cosa curiosa es que le escribía en francés. Algunas las tengo yo fotocopiadas. Digo que es curioso porque Marichalar era de los pocos que hablaban muy bien inglés en su época y fue de los primeros que habló de Joyce en España”.
 Con motivo de esa muestra, aparecerá un libro con diferentes colaboraciones respecto a este asunto, que reúne firmas como las de Juan Goytisolo y el propio García Tortosa, quien explora las relaciones de Joyce con España: “Entre las fuentes que utilizó Joyce estaba el directorio de Gibraltar, que no era una simple lista telefónica, sino que aparecían los nombres de los habitantes, su profesión, el nombre de las calles y una especie de guía turística o callejero. En ese directorio se hablaba de la Alameda, de la Bahía de los Catalanes, de Punta Europa yíos monos. También utilizó un libro de viajes de un norteamericano, Henry Field. Luego, esto no se había dicho, es que también leyó, y tengo pruebas, a Richard Ford, su célebre guía de viajeros y de lectores en casa. Y también estoy convencido que leyó La Biblia en España, de Borrow. En el capítulo 16 del Ulises, Bloom está hablando con Stephen y le dice algo así como que mi mujer nació en Gibraltar prácticamente es española y si quisiera podía tomar la nacionalidad española, eso lo toma de Richard Ford, que dice que los gibraltareños pueden asumir la nacionalidad y que el rey de España lo menciona entre sus títulos. También decía que los alcaldes de San Roque, mencionan a Gibraltar entre sus títulos”.
  “Phillip P. Herring, que escribió un libro sobre el tema, dedicó tiempo y estuvo en Gibraltar, terminó convencido que la madre de Molly Bloom, Lunita Laredo, era judía gibraltareña. Mi opinión es que no era judía y que era española. Me baso también en Richard Ford, que dice que para los de la Bahía de Algeciras entraran en Gibraltar necesitaban un salvoconducto de la policía y de la persona que les empleara y no podían estar más de dos semanas continuadas. Había una excepción y es que los oficiales británicos podían invitar a alguien para permanecer varios meses en Gibraltar. Normalmente empleaban ese recurso con señoritas españolas. Mi opinión es que Lunita era una de estas señoritas españolas que invitó el padre de MollyBloom. Luego, como ocurría a veces, esa mujer se quedó embarazada, tuvo una niña y el bulto se lo dejó al padre. Si hubiera sido judía, que podía perfectamente haberlo sido, la comunidad sefardí tampoco habría dejado de su mano y de su protección a una hija nacida de judía. Por la ley hebraica, los hijos de madre judía son judíos. Los del padre, vaya usted a saber. El nombre de Laredo, en la comunidad judía sefardí de Tánger, era relativamente frecuente, pero mi argumento estriba en que tampoco es infrecuente entre cristianos peninsulares. En Sevilla, hay varios. Yo me dediqué un día a llamar por teléfono a todos los Laredo. Ninguno de ellos, de los que yo pude hablar, reconoce una ascendencia judía”.
 García Tortosa dirige desde 1988 el grupo de investigación HUM 201, que se denomina James Joyce. Evolución narrativa y sus repercusiones, al tiempo que funda, en 1995, la publicación internacional Papers on Joyce. Javier Quintana, otro de los especialistas en la obra de Joyce, no olvida señalar las lagunas que reinan sobre la obra de Joyce, como ocurre por ejemplo a los errores y anacronismos sobre el mundo taurino en los que incurre al describir una corrida de toros en La Línea de la Concepción.
 Censurados algunos de sus poemas por el franquismo, García Tortosa asegura que no existe evidencia alguna de que Joyce visitara Madrid, tal y como pretenden algunos. Y, por supuesto, ningún otro lugar de España. Ni Gibraltar, tampoco.
 ”Aunque el diario Arriba aseguró tras su muerte en 1941, en un ejemplar del mes de enero, que James Joyce habría vivido en Madrid hacia 1917, lo cierto es que no fue así. Se lo inventaron. Porque incluso llegaron a decir donde vivió, en la calle Mayor, pero no consta en ningún lugar que el autor del Ulises haya estado en nuestro país. Sí se sabe que mantuvo  correspondencia con Dámaso Alonso, que coincidió en Paris con Torrente Ballester, o que la famosa caricatura de la interrogación representando a Joyce fue obra del caricaturista y pintor santanderino César Jenaro Abin”, concluye García Tortosa.

Dublín ya no es lo que era
La capital dublinesa ya no es aquella ciudad querida y sucia que describiera Joyce, con su río Liffey poblado de gaviotas. Ni hay ya tranvías, ni ataúdes flotantes llevando hasta América a los fugitivos del hambre de la patata. Desde donde estuvo la redacción del Daily Telegraph, en Middle Abbey Street, a Kildare Street, frente a la Biblioteca Nacional, si seguimos el curso del Ulises, Dublín discurre desde la calle O’Connell al bullicioso O’Connell, al otro lado del río, entre bocadillos de gorgonzola en el pub de Davy Byrne, en Duke Street, a las pintas de cerveza en el Hotel Ormond, donde Bloom fue tentado en el capitulo de las sirenas. La singladura de este nuevo Odiseo transcurría entre placas conmemorativas, estatuas realistas y una amplia oferta de actividades, que, por aquello del centenario, esta vez incluye exposiciones, representaciones teatrales y actuaciones musicales. Pero ya ha lugares irrecuperables. Como la ficticia casade Leopold Bloom, aquel hijo de unjudío húngaro y de una católica irlandesa, un melómano de 38 años de edad, que disfruta leyendo y fantaseando sobre inventos y cuestiones más o menos científicas. Se supone que el ficticio inmueble radicó en el número 7 de Eccíes Street, que ya no existe, o el barrio chino de luces rojas (Nighttown), que también pasó a mejor vida en la geografia urbana dublinesa.
 La conmemoración del Bloomsday data desde 1954 y, hoy por hoy, se celebra desde Brasil a San Francisco, desde Sydney a Buffalo, desde Trieste a París. En estas últimas   ciudades,  transcurrió parte del exilio de Joyce. Roma y Zurich fueron otros de sus confines de destierro. El Festival Internacional sobre el Bloomsday su denomnación oficial es el Rejoyce Dublín 2004 Bloomsday se inició el pasado 1 de abril y proseguirá hasta el 31 de agosto, pero Dublín no será el único escenario escogido por los seguidores de Joyce para conmemora esta novela, que tendrá eco desde Lauderdale a las antípodas, en Melbourne, pasando por España, en donde ya han tenido lugar, este año, las primeras celebraciones, que pasarán por Gerona, La Coruña, País Vasco o en la Costa del Sol.

El esquema de Ulises según Leopold Bloom
Leer (Junio 2004): 68-70
Centenario del Bloomsday.

Eduardo Chamorro
    Ulises  es una novela de argumento tan diluido y poroso como el paso del tiempo o como el inasible argumento de ese paso. Fue escrita en una época en la que, con el espacio al alcance de la mano del hombre, y más o menos cerrado en la concepción de su dimensión y en las perspectivas para pensarlo, se entró a considerar el tiempo como si fuera el escenario en el que tienen lugar los espacios y se cuentan las cosas que en ellos se suceden, se tocan, mezclan y alteran para separarse transformadas o como si no hubiera pasado cosa alguna, salvo ese tiempo diluido, poroso e inasible que son las cosas mientras son y duran.
    Joyce planteó su novela como una encrucijada en la que todo se mueve, nada quiere ser la misma y única cosa y nadie es quien es sino todos los que antes fueron, todos los que son y cuantos serán sea donde sea y como sea que sean. Ulises es, entre toda la galería de sus posibilidades, el ferviente chisporroteo de la volatina con la que el trapecista salta del Yo soy el que soy de las Sagradas Escrituras al Yo soy cualquiera que diga o haya dicho Yo de la escritura profana que viene a ser toda la Literatura buena o mala, publicada, inédita o, simplemente, soñada.
    No es un pensamiento nuevo ni una imaginación original. Está presente en buena parte del pensamiento neoplatónico y de la inteligencia pública, privada y clandestina del Renacimiento, así como en la llamada filosofía oculta de los isabelinos, en el planteamiento y las interpretaciones de los misticismos de Oriente y Occidente, y en todo el suntuoso despliegue de la teosofía. Joyce decidió sujetar tan poliédrico panorama de especulaciones a un relato o discurso o parloteo que comienza a las ocho de la mañana con la palabra Imponente y termina a una hora indeterminada de la noche con la palabra .
    Imponente es el rollizo Buck Mulligan que se afeita en ese principio como si oficiara en lo alto de la torre Martelo que comparte con Stephen Dedalus. Introibo ad altare Dei es el primer parlamento de esta novela. A esa misma hora, Leopold Bloom prepara su desayuno, el de su esposa, Molly, y, de paso, el de la gata. Luego se aliviará el vientre leyendo el periódico e imaginando relatos antes de emprender un día de trabajo sumamente dudoso, porque lo que en realidad hace Leopold Bloom es zascandilear, haraganear, fisgonear y mecerse en el vaivén de las corrientes que arrastran su conciencia.
    Buck Mulligan es un personaje secundario, como también lo es Stephen Dedalus e incluso el propio Leopold Bloom, el Ulises errante en el Dublín y la Irlanda a la que llegaron los antiguos Pueblos del Mar convertidos en celtas, es decir, en pura leyenda, en ese material del que the dreams are made of. Molly Bloom es el único personaje que no es secundario en este universo de eternos comparsas. Ella es Penélope y Gea. Ella no se mueve de la cama. Ella es ardiente, perspicaz y tenuemente puta-como lo somos todos, más o menos. Es judía y nació en Gibraltar, hija de la española Lunita Laredo (lo que demuestra que Joyce sabía escoger los nombres, las palabras y los sonidos, también en aquellas lenguas que no dominaba.
    Así comienza a quel 16 de junio de 1904 cuya peripecia transcurre “acogida y rechazada” no por el mismo cielo al que se refería Shakespeare, sino por cuantos dublineses irlandeses, creyentes y no creyentes, mártires y golfos, santos y canallas, analfabetos y lectores asisten al drama o lo atraviesan conscientemente y casi siempre de una manera casual, pues esta novela es, también, una enciclopedia de casualidades.
    Del Ulises de Joyce se ha dicho que es un relato costumbrista, y no hay dónde ni por qué negarlo. También se ha dicho que es una epopeya contemporánea en la que se presenta el arquetipo del antihéroe-del siglo XX, un personaje merodeador de anonimatos, con todos los atributos del camaleón y las propiedades del caleidoscopio imprescindible para el instinto de supervivencia adecuado a las circunstancias de su época,: con el espíritu tan atribulado como es usual en cualquier tiempo y lugar, y la moral tan dispuesta al sarcasmo y al disfraz como convenga a su salud psicológica, más bien mermada.
    El antihéroe no es la contrafigura del héroe porque le falta valor, coraje, iniciativa y astucias (cualidades que habitualmente le sobran), sino porque está enfermo, circunstancia que le obliga a colocar todos sus vicios y virtudes en las dosis más idóneas a las condiciones de presión y temperatura en que se desenvuelve su vida.  El héroe es siempre un ejemplo de salud, de una salud cuya pérdida se hizo evidente en cuanto el romanticismo decidió pasear la melancolía de su disimulo por la penumbra de las ruinas y los camposantos. El fantasma es un muerto saludable. El vampiro es una insalubridad erótica y con alas, prendida a la metamorfosis de su cuerpo y a la metempsicosis de su alma.
    El vampiro es uno de los personajes más sigilosos del Ulises. Es una flecha que atraviesa el tiempo y el espacio, que espía, se introduce y chupa, que cambia de forma y mantiene su sustancia en la rueda infinita y eterna de las transmigraciones, tan adherido a la sombra como enemigo de la luz. Es la imagen de una religión pagana y salvaje que no formula salvación alguna porque es la consagración de una condena: la de la Vida-en-la-Muer-te y la de la Muerte-en-la-Vida. Su imaginación se nutre de una línea seminal biológicamente eterna inscrita en lo que hay en el último ser vivo del semen del primer varón que procreó. Es lo que hay de vida en una eterna acumulación de muerte a lo largo del Tiempo, de ese tiempo que es lo que pasa cuando lo que pasa es la vida.
    Joyce es un arquetipo de ese vampiro entendido como formulación del novelista que absorbe la vida de los demás para poner por escrito la propia o la de quien le venga en gana. No es un ser poseído sino posesor. Una afirmación tan tajante como para desconcertar a Leopold Bloom al oírsela a Stephen Dedalus. Ambos acaban de salir del burdel en el que la Circe homérica de Dublín ha lanzado sobre ellos toda la malla de sus alucinaciones. Dedalus está borracho y bajo los efectos del mamporro que le acaba de arrear un soldado británico, y Bloom padece aún las sacudidas de una tensión sexual angustiosa y maltrecha. Para Bloom, marginado e insultado como judío por un energúmeno del que tuvo que huir a bordo de un carruaje, Dedalus representa el esfuerzo intelectual entregado a la causa de una Irlanda renovada y plena. Pero Dedalus no lo ve así.
“-Yo sospecho -le interrumpió Stephen- que Irlanda debe de ser importante porque me pertenece.
-¿Qué es lo que le pertenece? -inquirió el señor Bloom inclinándose, imaginando que quizá había entendido mal. Discúlpeme. Desgraciadamente, no he oído la última parte. ¿Qué ha sido lo que usted…?
    Evidentemente molesto, Stephen empujó a un lado su taza de café o de lo que se quiera y agregó con escasa cortesía:
-No podemos cambiar de país. Cambiemos de tema.
    En esta novela se cambia de tema constantemente, como no podía ser menos en un relato que busca ser la crónica de una errancia entre un desarraigo y otro, entre las múltiples encrucijadas cotidianas del desamparo y del fracaso. Bloom es el hijo de un judío húngaro establecido en Inglaterra, donde se suicidó, y el padre de un hijo muerto. Dedalus es el afilado y educadísimo discípulo de los jesuítas que fue incapaz de rezar ante el lecho de muerte de su madre, que se lo imploraba.
    Dedalus es un Telémaco renuente, astuto, orgulloso y rebosante de arrogancia. No quiere regresar a Itaca. Lo que quiere es recibirla en sus brazos como artífice de la “increada conciencia de mi raza”.  Bloom acaricia el proyecto de ofrecerle cobijo a cambio de que enseñe italiano a su esposa, a esa Penélope que teje amoríos sin moverse del lecho. Dedalus declina la oferta y Bloom se queda sólo en su casa, donde pasa revista al Universo mientras rememora los acontecimientos del día, la peripecia de esta novela llamada Ulises.
    Joyce ofreció un primer esquema argumental a Cario Linati en 1920, y envió otro, un año después, a Jacques Benoist-Méchin, que fue el publicado por Stuart Gilbert en 1931. Pero hay un tercero que, en realidad, es el primero o más inmediato, pues es el que se hace de sí mismo Bloom a una hora incierta de la madrugada del viernes, 17 de junio de 1904:
    “La preparación del desayuno (ofrenda quemada), congestión intestinal y premeditada defecación (sanctasanctórum); el baño (rito de San Juan); el entierro (rito de Samuel); el anuncio de Alexander Keyes (Urin yThummin); el almuerzo insustancial (rito de Melquisedec); la visita al museo y a la biblioteca nacional (lugar santo); la cacería del libro a lo largo de Bedford Row, Merchants Aren, Wellington Quay (Simclath Torah); la música en el Ormond Hotel (Shira Shirim); el altercado con el truculento troglodita en el local de Bernard Kiernan (holocausto); un período de tiempo en blanco incluyendo un paseo en coche, una visita a una casa de duelo, una despedida (desierto); el erotismo producido por un exhibicionismo femenino (rito de Onán); el parto laborioso de la señora Mina Purefoy (elevación de la ofrenda); la visita a la casa de vicio de la señora Bella Cohén, 82 Tyrone Street, Lower, y el subsiguiente alboroto y reyerta en defensa propia en Bea-ver Street (Armageddon); la deambulación nocturna hacia y desde el refugio de los cocheros, Butt Bridge (expiación)”.
    Todo eso es lo que le ocurre a Bloom a lo largo del día según el modo que tiene de entenderlo antes de regresar a la Itaca del lecho matrimonial en el que sus miembros, al extenderse, encuentran: “Blanca ropa limpia recién cambiada, olores adicionales; la presencia de una forma humana, femenina, la de ella; la huella de una forma humana, masculina, no la de él.”
    Semejante resumen, planteado como una procesión de rituales, como el esquema de una liturgia, es lógico en una novela que, acusada de pornográfica y blasfema, censurada y perseguida, es, sin embargo, el cabal testimonio de un hombre tan juguetón y travieso con las creencias religiosas como atrapado en el misterio religioso, sea éste, el misterio religioso, descrito por Shakespeare, por el narrador de las Sagradas Escrituras o por el no menos elusivo de Las Mil Noches y Una Noche.
    Leopold Bloom es la carne, la sangre y los huesos del más auténtico y desconcertado despiste. Su alma, reencarnada o no; su espíritu, en transmigración o donde quiera que se encuentre, son la materia o el viento de un peregrinaje tan encadenado a la carne como a las pesquisas en torno a cuestiones implanteables.
Pregunta: “¿Qué autoevidente enigma meditado con inconexa constancia durante 30 años, al producirse la oscuridad natural por la extinción de la luz artificial, percibió Bloom silenciosamente?”.
Respuesta: “¿Dónde estaba Moisés cuando se apagó la vela?”
    Y, más adelante:
Pregunta: “¿Con quién ha viajado Bloom?”
Respuesta:. “Simbab el Sarino y Mimbad el Marino yTimbad el Tarino y Jimbad el Jarino y Whimbad el Wharino y Nimbad el Narino y Fimbad el Panno y Bimbad el Barino y Pimbad el Parino y Rimbad el Rarino… Oscuridad el Luciferino”
    Es la melopea previa a la de Molly Bloom en su lecho inmóvil. Y es, también, la más propia de un tránsfuga de las definiciones del alma, de sus premios o castigos y de la moneda en que se reciban los unos y se paguen las otras.
Bloom es el hijo de un judío convertido al protestantismo, que se hizo católico al casarse con Molly Bloom. Es un saco andante de culpas sin redención alguna, como la mota de polvo atraída y rechazada por el universo del que procede y cuyo cobijo anhelará eternamente. Su único consuelo es medir en inauditas vinculaciones y metáforas, así como en eones hindúes, en parasangas persas o en los insondables centímetros con que se miden las constelaciones, los instantes que van del desayuno servido a su esposa en la mañana, al lecho de su esposa por la noche, que le dirá que sí quiero íí. Porque ella es la única Tierra que tiene el peregrino para sus pasos y para medir sus huellas, imaginarlas o soñarlas, tal vez. Sólo o en compañía de otros.

James Joyce y España
    Con motivo del centenario del Bloomsday, el día en el que Leopold Bloom y Stephen Dedalus viven su peripecia por las calles de Dublín, el Círculo de Bellas Artes de Madrid ha organizado la exposición James Joyce y España. La muestra hace hincapié en la relación del autor del Ulises con nuestro país a través de artículos, libros, correspondencia, fotografías y material au-audiovisual; y abarca también otras facetas del escritor, como las primeras noticias de Joyce en España, las polémicas alrededor de la interpretación de su obra, la muerte del escritor y la reivindicación de su figura por parte de los especialistas españoles. James Joyce y España puede visitarse, desde el 10 de junio y hasta el 31 de julio, en la Sala Juana Mordó del Círculo de Bellas Artes.

El Ulysses de Joyce, ¿arte o artesanía?
El cultural (10-16/VI/2004), pág. 3
por Germán Gullón

Virginia Woolf, André Gide, Robert Musil y James Joyce son marcas de calidad literaria del siglo XX. Presumir de persona culta sin haber leído, por ejemplo, las desconcertantes seiscientas páginas del Ulysses (1922), de James Joyce (1882-1941), parece una impostura. Otra cuestión es si resulta obligatorio que guste y se entienda un texto tan difícil. Quizás sólo la gente leída y pasada por las aulas universitarias, según pensaba Pierre Bourdieu, puede disfrutar de los libros complicados. ¿Conviene, por otra parte, leerlo en la lengua original, ya que es una de las piezas maestras de la literatura inglesa, o basta con una versión castellana? ¿Y qué traducción leer, una clásica, la original de Dámaso Alonso, o una moderna de José María Valverde?
    Pongamos que leemos a Joyce en español, con lo que apreciaremos menos los aspectos lingüísticos, cuya excelencia señala la crítica reiteradamente, y nos interesaremos más por el argumento y por los personajes. Y aquí surge un problema, que ni Stephen Dedalus ni Leopold Bloom, o su mujer Molly, los protagonistas, son nada extraordinario. Dedalus aparece como un vacuo aspirante a caballero inglés y Bloom ofrece una imagen tópica del judío. Por tanto, estas lecturas nos dejan insatisfechos, porque la obra permanece medio muda. Entendemos que se trata de la búsqueda por parte de Bloom de un hijo, y de Stephen de un padre, y que cada incidente de la novela resulta paralelo a uno de la Odisea homérica, y, a su vez, va relacionado con una hora del día, un color, una parte del cuerpo. Todo hecho en un intento de recrear la vida completa de una persona.
    La superación de la dificultad ofrece dos salidas para el lector aficionado, persistir en la lectura, la relectura, o dejar el libro de lado. Los lectores profesionales deben opinar sin embargo, y en muchas ocasiones lo han hecho redactando críticas impertinentes, bien porque no saben cómo leer la obra o porque aun sabiéndolo prefieren modalidades narrativas anteriores, que les resultan más familiares. Al Ulysses le han dedicado numerosas críticas adversas, porque quizás atraviesa el purgatorio que el Quijote pasó en su época, un período de prueba antes de que llegue el aprecio universal. Dedalus y Bloom parecen un poquito clichés, por el amaneramiento del uno y el judaísmo de guardarropía del otro, les pasa lo que a don Quijote y Sancho, que tras la publicación de la obra cervantina la gente se fijaba en un aspecto del personaje, que el caballero era un loco, que confundía las rameras con damas y a un cuco ventero con un caballero. El tiempo, no obstante, ha hecho de la novela del hidalgo manchego, sea el idioma en que se lea, un repositorio de una gran verdad encarnada en el personaje: el poder de la imaginación para moldear la realidad a la medida del hombre.
    Un indudable atractivo del Ulysses reside en que recrea los sucesos de un solo día en Dublín, el 16 de junio, de 1904. Paradójicamente, lo que pensamos como lo mejor de la obra, el novedoso tratamiento del tiempo, la subordinación de cronología de los hechos a la libre cronología del fluir de los pensamientos, es lo que le trajo las mayores críticas, siendo las hechas por Wyndham Lewis en su magna obra, El tiempo y el hombre occidental (1927), las mejor argumentadas, y que pusieron en la balanza de la fama la cuestión de si el irlandés era un artista o un artesano.
Su hostil análisis resulta difícil de contradecir. Sitúa al autor junto a Gertrude Stein, para definirlo como un escritor de altura técnica, pero carente de fuerza trágica, a lo Dostoievski o lo Flaubert, y exento, por supuesto, del metropolitanismo de su compatriota Oscar Wilde. Su mundo era el de la pequeña burguesía, y lo que es aún peor, que Stephen y Leopold estaban manufacturados con retazos de clichés, y por la tanto discontinuos. Que fueron creados por suma de rasgos, sin que les observemos una personalidad propia. Aquí, afirma Lewis, se nota la veta artesanal de Joyce, que sagazmente oculta la debilidad argumental, la carencia de un sistema de valores que ordene ese mundo y dé coherencia a los personajes. El hábil uso de una técnica narrativa, la corriente de conciencia, que permite saltar de una percepción a otra sin enlaces causales, oculta la falta de un diseño orgánico.
    Lewis sin querer estaba describiendo el paradigma literario moderno, conformado por la excelencia en el manejo de la técnica narrativa, concretamente el uso del fluir interior de la conciencia, y la virtuosidad verbal. Criticó ambas características por ser demasiado abstractas, insuficientes para justificar la riqueza de una obra. Pero Lewis acabó perdiendo la batalla, porque lo interpretado por él como negativo en el Ulysses ha sido considerado el pilar de la profunda renovación de la narrativa moderna. La obra de Marcel Proust, de Franz Kafka y de James Joyce tradujo en términos humanos su presente: su originalidad reside en la creación de un espacio narrativo donde el individuo ordena su realidad, y no como en los escritores realistas, donde el ser humano era definido por su realidad social.

Germán Gullón es catedrático de literatura comparada

100 años de la aventura del Ulises de James Joyce
El 16 de junio se celebra el centenario del paseo de Leopold Bloom por Dublín
ibidem págs 8-9.
El próximo jueves se celebra en todo el mundo el Bloomsday, el centenario del descenso a los infiernos de Leopold Bloom, Stephen Dedalus y Molly Bloom, protagonistas del Ulises de Joyce. El 10 de junio se inaugura en el Círculo de Bellas Artes de Madrid la exposición Joyce y España. También Sevilla celebra el Día de Blooom, por quinto año. Y Barcelona. Y París. Y Dublín. Al tiempo, un célebre escritor irlandés, Roddy Doyle, ganador del premio Booker, asegura que se trata de una novela “sobrevalorada, demasiado larga y nada conmovedora. La gente siempre coloca al Ulises entre los 10 mejores libros, pero dudo que alguna de esas personas se sintiera conmovida por esta obra”. El Cultural intenta olvidar los tópicos y descubrir cuánto hay de vanguardia en el libro, las dificultades de su lectura y de su traducción. Y sí, Quim Monzó confiesa que la primera vez que intentó leerla abandonó a las treinta primeras páginas. Fernando Aramburu, en cambio, dice que se puede vivir sin leerla “como se puede vivir sin una mano”.
Doyle va más allá y critica duramente “la industria Joyce”, que hace que desde principios de año el Ayuntamiento de Dublín celebre el centenario con el patrocinio de salchichones Dennys y cervezas Guinness, cuyos productos fueron mencionados por Joyce en la novela.
    Más allá de la anécdota, lo cierto es que el Ulises es, en palabras del crítico, traductor y poeta Carlos Pujol, un libro fundacional y Joyce, “el escritor que inauguró la modernidad. Es, sigue siendo, el más moderno del siglo XX, lo cual no es necesariamente un elogio, y el Ulises es la culminación de toda su obra, con cierto paroxismo y locura además. Es la obra de un extraordinario ingeniero, espléndidamente escrita a pesar de su complejidad, y de su absoluta superioridad”. Quizá por eso resulta “muy duro de leer, aunque no tanto como Finnegans Wake, que es una forma de enloquecer como otra cualquiera”.
Un libro sobrehumano
“El Ulises insiste Pujol es un libro sobrehumano, tan bien concebido y escrito que sobrepasa la capacidad normal del lector, que se pierde irremediablemente porque es un libro escrito sin pensar en nada ajeno a sí mismo”. Recuerda Pujol que en castellano existen dos traducciones de referencia, la del argentino Salas Subirats y la de Valverde, aunque Eduardo Chamorro actualizó hace cinco años la primera y añadió un corpus de notas que aclaran muchas referencias del libro. Las dos, aclara Pujol, tienen errores, especialmente la de Valverde, “que no está a la altura ni de sí mismo ni del libro”, acaso porque “es intraducible. Si toda la literatura lo es en realidad, el Ulises es tan solipsista, tan encerrado en sí mismo, trabaja de tal manera la pasta misma del inglés que en otro idioma se estropea. Es un libro enigmático, repleto de referencias personales, culturales, alusiones a Irlanda, a la Odisea, de guiños y chistes privados cuyo sentido último apenas intuimos. Por eso dudo que pueda encontrar un traductor a su medida, o que algún editor encargue una de nueva planta. Sería un intento de suicidio”.
    En realidad, lo que Chamorro hizo fue también asombroso: revisó la traducción argentina y le sumó un corpus de notas que explican las referencias del libro, a partir del monumental trabajo de Don Gifford y Robert J. Seidman, que llevan treinta años acumulando y actualizando notas sobre el universo joyceano. Para Chamorro, el Ulises es, “probablemente, la última de una inaudita estela de novelas que persiguen abarcarlo todo, como el Quijote o Tristan Shandy, y te proponen una percepción global del mundo. Eso es siempre entretenido, aunque puede resultar irritante, absurdo y arduo para gente poco entrenada. En ese panorama de novela global, que busca un dominio de lo centrífugo y de lo centrípeto y desde un punto de vista más ambiciosamente modesto Proust consiguió unos resultados más comunicables. Desde un punto de vista más modestamente ambicioso, Faulkner alcanzó soluciones más fascinantes y misteriosas”.
Adictos a Joyce
    Es, destaca, “un libro que debería leerse en inglés y en voz alta, lo que deja muy poco margen para una traducción cuyo nivel de calidad quedará siempre muy por debajo de la eficacia de su versión original. Por otro lado, es una novela tan ceñida a la historia de Irlanda y británica, a sus luchas, polémicas y debates a lo largo de sus puntos y horas y a la erudición joyceana, que su comprensión se hace realmente difícil sin un aparato de notas cuya acumulación, a estas alturas, convierte en imprescindiblemente erudita cualquier traducción del Ulises medianamente decente.” Chamorro limpió también de erratas el texto, “perseguido siempre por ellas”, y corrigió algunos deslices de la versión de Valverde, que “resulta sumamente relamida, católica y con un conocimiento del inglés estrictamente académico”.
    De la misma opinión es Mariano Antolín Rato, que admite que es una novela “fascinante” pero “casi intraducible. García Tortosa reconocía que todas tienen errores, incluida la suya, y que en realidad si un escritor espera respeto de sus colegas, un traductor sólo puede aspirar a que no le insulten, especialmente si se atreve con el Ulises. Ya dijo el propio Joyce que dejaba trabajo a los especialistas para los próximos trescientos años. Y tenía razón, llevamos cien y aquí seguimos”. Por eso, cuando se hacen encuestas sobre los mejores libros del siglo XX, apunta Antolín Rato, “siempre sale el Ulises, que ya era complicado en su momento y que sigue siendolo ahora, que vivimos en una cultura de la facilidad. El secreto de su poder fascinador quizá resida en que responde a un intento de dar cuenta de un proceso mental a través del monólogo interior”.
    “Por eso hay quien, sin haberlo leído, escribe influido por él. Y quien lo lee no lo entiende del todo, porque carece de todas las referencias mentales, culturales, vitales del escritor. Seguro que sólo el propio Joyce llegó a entenderlo del todo, y seguro también que con los años fue perdiendo referencias y dejando de comprenderlo”. Él propio Antolín Rato es un buen ejemplo, al punto de asegurar que “mi vida de puede convertir en el relato de la adición a Joyce. Era un ingenuo chaval de 17 ó 18 años cuando lo devoré por vez primera y quedé cautivado para siempre”.
Un placer arduo y extenso
    Por su parte, Nuria Amat echa en falta “una traducción del Ulises que esté a la altura del gran escritor inventor del lenguaje Joyce”. Para la escritora y editora, es fundamental “por ser una novela fundacional. Abrió las puertas a la contranovela. Siempre ha habido un antes y un después de Joyce”. Eso sí, señala que “Joyce, como tantos maestros fundadores (Rulfo o Borges) no admite repeticiones. Como algo positivo,especialmente para motivar la tarea del escritor o escritoras marginados, es el monólogo de Molly. Es casi lo más revolucionario del libro.” A pesar de lo cual reconoce que “nunca he podido leerlo de un tirón. Y suelo echar las culpas a las traducciones. ¿Existirá un Joyce o una Joyce en español? ¿Alguien que se atreva a reescribir el Ulises a cuatro manos, con el irlandés?”
    Fernando Aramburu no duda: “Se puede vivir sin leer el Ulises como se puede vivir sin una mano o sin las dos piernas. Ahora bien, quien profese pasión por el arte literario por fuerza leerá o habrá leído el Ulises, siquiera fragmentado y repartido en la obra de otros. No es descartable que muchos estén familiarizados con la obra de Joyce (como con las de Shakespeare o Cervantes) sin saberlo. El Ulises es un placer arduo y extenso. Su lectura reclama dedicación, tiempo, paciencia (bienes tristemente escasos en la actualidad), así como un propósito firme de superar las no pocas dificultades textuales que el libro presenta. Las grandes cimas, según me han dicho, no suelen ser accesibles a la pereza. De ahí que más de uno espere a que bajen los escaladores para enterarse. A mí me agrada pensar que la capacidad de influjo que aún conserva el Ulises de Joyce proviene de la eficacia con que prueba que el género novelesco es, en su fundamento, un arte de la lengua. He leído el Ulises en dos ocasiones. La primera vez yo era joven. Me fascinaron en particular los pasajes oscuros, puesto que me inducían a intuir la existencia de un más allá de la escritura”.
Audacia y trivialidad
    “Supuse ?destaca? que al leer la novela por segunda vez me sería dado encontrar la puerta de entrada al otro lado. Con esa confianza volví al libro años más tarde, en una época en que ya tenía superado el sarampión del vanguardismo. Entonces me deslumbraron aquellas partes que se dejan entender sin dificultad. Admiré el más acá, la audacia de revestir con estilo la trivialidad del mundo humano”.
    Quim Monzó, en cambio, asegura que “nunca ‘hay que leer’ nada por obligación, porque toque”. Para el escritor, “sin ningún tipo de dudas, Ulises es lo que se llama un tocho. El tocho por excelencia. Eso no debe ser considerado peyorativo. Hay tochos interesantes y tochos sin interés. Éste es un tocho interesantísimo, porque lleva al límite ciertas vías narrativas. Por eso se le cita, porque es un hito de la literatura del siglo XX, quizá el hito más importante de la vertiente literaria de aquello que conocíamos (y conocemos) como ‘arte moderno’. Pero, claro, leérselo es otra cosa, y hay que tener tiempo y ganas. En general, las secuelas de tochos interesantes pero pesados de leer son igual de pesadas de leer pero ya no son ni siquiera interesantes”. Y eso que confiesa que “la primera vez que intenté leerlo fue en la traducción de la editorial argentina Losada. No pasé de la página 30, creo recordar. Años después lo volví a intentar cuando Leteradura publicó la excelente traducción de J. Mallafrè. Y esa vez sí llegué al final, pero en muchos tramos practiqué la lectura en diagonal”.
    También José Ovejero admite que, aunque es un libro que explica buena parte de la literatura contemporánea, “hice varios intentos de leerlo completo, a los veintipocos años, pero tenía la sensación de que lo que me interesaba se iba agotando con la lectura, y que sin acabarlo se podían comprender sus aportaciones. Ha influido incluso en quienes no lo han leído”. Manuel de Lope defiende que “cualquiera que le guste la literatura tarde o temprano lee el Ulises. Lo leí con 19 ó 20 años, en una edición argentina. Hace poco he leído la correspondencia de Joyce. Siempre me ha intrigado un contacto que tuvieron Proust y Joyce en París, la única vez que se vieron. Proust habló de sus problemas de insomnio y Joyce de su digestión. Los grandes talentos no comunican fácilmente”.
    El crítico y poeta Juan Antonio Masoliver Ródenas recomienda leer el Ulises hoy “por las mismas razones que cuando se publicó en 1922: humor, audacia expresiva, libertad narrativa, emoción erótica, personajes verdaderos, visión crítica del nacionalismo y mil etcéteras”.
El prejuicio de su dificultad
    A su juicio, existe aún “el prejuicio de su dificultad, por eso se lee poco. Hay la certeza de su modernidad, por eso se cita mucho. Existen varias traducciones al castellano, por no hablar de la catalana de Mallafré: algo indicará. Por otro lado, en este país todo lo que es enterior a 1975 resulta anticuado. Ni críticos ni académicos, los primeros ignorantes, ayudan a que se lea”. Masoliver recuerda ahora que lo leyó por vez primera “a los dieciséis años, a escondidas de mi padre, devoto lector del libro. A los veintiuno, en italiano, durante mi estancia en Génova. El mes pasado, en El Masnou. El único escritor inteligente que lo criticó fue mi admirado Benet, por su pasión por las arbitrariedades y su desprecio por quienes alaban libros sin haberlos leído”.
    Francisco Casavella está convencido de que “es uno de esos libros en los que cuesta algo entrar, pero una vez dentro, y si llegas a sentir simpatía por el texto y por los personajes, ya no sales. Tiene mucha vida, poesía, verdad, tensión, diversión y, sobre todo, ingenio. Hace años, me emocionaba Stephen Dedalus, ahora me emociona Leopold Bloom. El que se brinde a cierta exégesis en una época muy dada a las interpretaciones más o menos escolásticas en la que muchos académicos tienen que labrarse una reputación sobre bizantinismos, lo convirtieron en una especie de Biblia laica. Esas interpretaciones son las que han levantado la fama de un libro abstruso. Y algo de eso tiene, pero también mucha cerveza negra, tragicomedia y vitalidad. Joyce no tiene ninguna culpa de la turba que se recrea en retruécanos sin gracia”. Afortunadamente, también cuenta con adictos como los reunidos en el catálogo Joyce y España (Juan Goytisolo, C. A. Molina, Julián Ríos…). O como Zoé Valdés, para quien “es un libro difícil y de una hermosura única, al que debemos dejar que nos penetre la sensibilidad y penetrarlo con inteligencia. Lo leí con 21 años, y aún recuerdo la emoción que me produjo el monólogo de Molly y cuando las lámparas y los objetos se ponen a conversar. Por favor, ¡es uno de los más grandes autores!”

Nuria AZAN

Bloom el bueno, por Julián Ríos
    Ulises es una de las grandes celebraciones de la condición humana, del amor y del arte, razón más que suficiente para leerlo hoy y quizá mañana. Además del gusto de conocer a sus personajes, especialmente a Bloom el Bueno, y de ir descubriendo en su compañía el humor y profundidad de una obra maestra en más de un aspecto, que nos enseña a recorrerla creativamente y a relativizar todos los puntos de vista, incluido el nuestro, otra buena razón para leer Ulises hoy, en pleno boom del sucedáneo y del similar, es que nos permite separar inmediatamente la página de la paja, la verdadera escritura de la fabricación en serie. Como todos los grandes libros ­por ejemplo máximo, el Quijote­ Ulises es más citado y recetado que recitado, muchos lo conocen sólo de nombre y con el mero título presumen de la propiedad que únicamente da la lectura. Aún así, Ulises es una de las novelas que cuenta con mejores lectores, y no sólo entre escritores y universitarios. He visto ejemplares de Ulises en donde menos se podía esperar. En las manos de menesterosos, de los menos…, y de los happy few. Todos estos lectores tan diversos conviertieron Ulises en un auténtico long-seller, que no ha cesado de venderse desde su primera edición, en 1922, de mil ejemplares. No hay obra mínimamente significativa de la literatura contemporánea que de un modo u otro no lleve la impronta de Ulises. Incluso aquellas novelas que quieren volver al canon o canonjía decimonónicos, acaban siendo afectados, a veces sin saberlo, por la revolución y revelación de Ulises: sin forma no hay fondo. Empecé a leer Ulises demasiado pronto, a los 18 años. No sabía entonces que aún me quedaba mucho tiempo por delante y que hay libros ­los que de verdad valen la pena, o la alegría­ que nunca se acaban de leer. Ulises hay que releerlo, y nunca se lee dos veces el mismo libro. La última vez que leí Ulises de cabo a rabo, para preparar el prólogo a una nueva edición, hace casi un par de veranos, dejé en una pila de espera algunas novelas de autores contemporáneos de diferentes literaturas, entusiásticamente celebradas por la crítica. Al acabar la lectura de Ulises, todas aquellas novelas se me cayeron literalmente de las manos. En cuanto a su prestigio literario… ¿No está la palabra prestigio ya definitivamente desprestigiada en España, despues de tantas mareas negras? El prestigio literario de Ulises suele prestarse a equívocos…

    La fascinación que ejerció Ulises cuando lo descubrí, sigue siendo la misma ahora, por las mismas razones: creatividad constante de la escritura, rigor en la construcción de cada capítulo, arte en cada página.


Exposición Joyce en España
El día grande de Mr. Joyce

Ulises, literatura de gourmet
España se vincula con Joyce en los 100
años del ‘Bloomsday’

El Mundo (11/VI/04, pág. 62)

Una exposición rinde homenaje al crítico literario Antonio Marichalar, uno de los
valedores del escritor irlandés
PILAR ORTEGA BARGUEÑO
MADRID-El próximo miércoles se conmemora el primer centenario del Bloomsday, el día en el que Leopold, Molly Bloom y Stephen Dedalus -los protagonistas del Ulises de Joyce- viven su particular aventura por las calles de Dublín.
    Con este motivo, el Círculo de Bellas Artes se suma a las celebraciones que con tal efemérides  se convocan en todo el mundo e inaugura la exposiciión James Joyce y España, que estará abierta al público hasta el próximo 31 de julio.
    Fotografías, cartas manuscritas, títulos de Joyce en diferentes ediciones y distintos idiomas, artículos, grabados contemporáneos en torno a su obra, material audiovisual, la exposiición recoge todos los aspectos de la relación de Joyce con nuestro país y presenta por primera vez la correspondencia mantenida por Antonio Marichalar, autor del primer gran artículo sobre Joyce en España, con Sylvia  Beach, la editora en París de Ulises, y el propio Joyce.
    A través de los documentos reunidos en la exposición del Círculo de Bellas Artes es posible ilustrar la paulatina implantación en España de una de las grandes revoluciones literarias del siglo XX, al tiiempo que se destacan los aspectos españoles de Joyce. «No olvidemos, por ejemplo, que Molly Bloom, cuyo famoso monólogo culmina Ulises, nació en Gibraltar y su madre era española», afirma el comisario de la muestra, Carlos García Santa Cecilia, quien asegura que fue Antonio Marichalar, marqués de Montesa, quien tomó a su cargo trasladar a Joyce a los lectores españoles.
Lecturas nacionalistas
La exposición documenta desde la relación de James Joyce con los principales escritores españoles del siglo XX hasta las lecturas nacionalistas de catalanes y gallegos; desde las condenas de la posguerra a un escritor tenido por obsceno y pecaminoso, al triunfo definitivo de su obra en los años 70; desde la llegada subrepticia de la primera traducción argentina de Ulises hasta la famosa caricatura de Joyce en forma de interrogación, obra del español César Abín.
Al parecer, la confirmación oficial de Joyce llegó de manos de Ortega y Gasset, quien cita a Proust, Gómez de la Serna y Joyce, en La deshumanización del arte, como ejemplos de superación del realismo. Paralelamente, desde Buenos Aires, Borges se declara en 1925 «el primer aventurero hispánico que ha arribado al libro de Joyce». Mientras tanto, el poderoso grupo de Revista de Occidente había animado a un joven Dámaso Alonso a acometer la traducción de Retrato del artista adolescente. El caso es que Joyce gozó en España de una buena acogida, de una valoración temprana, de una de las primeras traducciones, pero no superó el filtro estético imperante, según el comisario de la muestra.
    Fue   Ramón Pérez de Ayala el único de los escritores españoles consagrados que leyó a Joyce tempranamente y redobló su atención a partir de la opinión de Marichalar. Tanto los catalanes como los gallegos se acercaron a la obra de Joyce por su simpatía con la causa irlandesa. Josep Pla, en febrero de 1927, publica un artículo reivindicativo y Juan Ramón Masoliver se ocupa de Joyce y mantiene con él una interesante relación personal. Hasta bien entrados los años 60, con Luis Martín-Santos, no se produce una integración clara de Joyce en las letras españolas. Y entonces se produce tal avalancha que se mezclan los comentarios elogiosos con los destructivos -en la exposición se puede leer el famoso artículo “Contra James Joyce”, de Juan Benet, en Informaciones de las Artes y las Letras-. Según Carlos García Santa Cecilia, la obra de Joyce puede considerarse normalizada a partir de 1976, con la traducción por vez primera  en España de Ulises a cargo de José María Valverde.
    César Antonio Molina, director del Instituto Cervantes e impulsor de la exposición, también reivindicó la relación de Joyce con España y rindió homenaje al crítico Antonio Marichalar. Junto a él, se encontraba su descendiente Jaime de Marichalar, duque de Lugo, como presidente de la Fundación Winterthur, patrocinadora de la muestra

LAS AFUERAS / JUAN BONILLA
El día grande de Mr. Joyce
El Mundo (14/VI/04, pág. 50)
Cuando Eliot leyó el último capítulo de Ulises, dijo: «Qué va a hacer ahora Mr. Joyce, cómo va a escribir algo después de una cosa tan prodigiosa». Virginia Woolf, que lo escuchaba, sentenció que el interés de aquello tan prodigioso no pasaba de ser local. Sea como fuere, el propio Joyce ya sabía que había dejado el idioma exhausto, y que lo que viniera tendría que ser ya un paso en el abismo, estaba obligado a inventar un nuevo idioma. Ese paso se llamó Finnegan’s Wake.
    Su defensor mayor entre nosotros, Julián Ríos, escribía hace una semana que era un canto de sirenas al que sólo podían ser insensibles los sordos, pero no decía que algunos de esos sordos habían tenido en su momento un oído finísimo para apreciar la grandeza de Joyce cuando éste era un desconocido al que le resultaba muy difícil publicar nada (la historia de sus ediciones está llena de interrupciones, dificultades, aportaciones apasionadas).
    Algunos de esos sordos se llamaban Ezra Pound, Wyndham Lewis, Vladimir Nabokov o T. S. Eliot, que aunque acabaría siendo el editor de Finnegan’s Wake en el 39, nunca llegó a apreciar  ese paso en el abismo con que Joyce continuó su singladura.
    En efecto, el último capítulo de Ulises es quizá la cumbre más alta alcanzada por la prosa narrativa del siglo pasado: la técnica del monólogo interior -que Joyce prefería denominar monólogo silencioso- obtenía sus más alucinantes  y poéticos resultados después de que un oscuro novelista francés, Dujardin -al que Joyce ayudó a apreciar, para que se viera que no tenía nada que ocultar- lo utilizase en sus textos. Culminaba con ese monólogo una obra a veces abrupta y otras de una comicidad genuina, de prosa cansada aquí y vertiginosa allá. Lo más emocionante de la aventura de Joyce, como prueba la biografía inevitable de Richard Ellman, es su soledad.
    Sí, fue uno de los últimos escritores que lograron salir adelante gracias a un mecenas. Sí, lo rodearon admiradores en los momentos más duros -que, por cierto, se extendieron a lo largo de toda su vida: Eliot y Wyndham Lewis le llevaron desde Londres un paquete enviado por Ezra Pound que contenía un par de zapatos marrones-; durante una época de su vida, fue perseguido por acreedores; vestía de frac, no por un prurito de elegancia extrema, sino porque la cola de la chaqueta le permitía ocultar el agujero en el trasero de sus únicos pantalones. Pero tenía las cosas tan claras que no temblaba cuando uno de sus hinchas lo abandonaba: agradecía los servicios prestados, y seguía adelante.
    Su propia familia cargaba con sus textos, a veces con rudo humor, como en las cartas de su hermano Stanislaus -preciosa es la que le dedica a la aparición de los primeros fragmentos de Finnegan’s Wake: expresa en ellos las dudas del lector común ante el abismo del lenguaje inventado-, a veces con altanera indiferencia -como en el caso de su esposa Nora, que tardó cinco años en echar un vistazo a Música de cámara, y que no condescendió a asomarse al Ulises: le preguntaba a su marido: «¿Por qué no escribes cosas como la gente normal, para la gente normal?».
    ¿Para quién escribía Joyce? Un lector tan atento como Martin Amis se hace eco del lugar común según el cual Joyce es un escritor para escritores, pero lo corrige diciendo: «escritor para un solo escritor, un solo escritor que se llamaba James Joyce, el único capacitado para leer a James Joyce». Por su parte, Joyce, con su soberbio humor, supo desde bien temprano que su público más fiel serían los profesores universitarios, a quienes había pretendido entretener para los próximos 300 años.
    A pesar de ello, no hay que ponerse tan estupendos: no hace falta haber acabado ninguna carrera para sumergirse en las aguas del Ulises y divertirse, emocionarse, aburrirse y disfrutar. Su ambición ilimitada nos resultará hoy anacrónica, pero eso no es culpa de la novela, sino del tipo de novela que se lleva hoy, tan conformista, tan debida a los intereses del público, que es el que manda. El Ulises es de esos libros que tuvo que crear a su público: lo hizo, sin duda, no sólo por la fuerza del texto, sino también por la ayuda de unos cuantos militantes insobornables que iban ganando adeptos con su misión evangelizadora.
    Entre nosotros tuvo dos muy tempranos: Jorge Luis Borges, que ya en su primer libro le dedicó un comentario, y Antonio Marichalar, crítico atento y elegante que comenzó su texto sobre Joyce con un Rolls que se paraba ante la Shakespeare and Company y del que bajaba una mujer rica que entraba en la tienda de Sylvia Beach para adquirir uno de los 1.000 ejemplares de la primera edición del libro mítico.
    El miércoles se cumplen 100 años del día en que ocurre el Ulises -el día en que Joyce y Nora dieron su primer paseo juntos-, al fin y al cabo el Ulises es un intenso poema de amor. Nuestro tiempo, que necesita fabricar  espectáculos, ha ideado para esa fecha una conmemoración que convertirá Dublín, como cada 16 de junio, en una juerga de desayunos con ríñones y muchas  pintas y disfraces.
    Ojalá las alharacas sirvan para que alguien se atreva a adentrarse en la selva del lenguaje y la imaginación radiante del Ulises. Ojalá sirvan para que alguien alcance el último capítulo, tan poético, tan desmesurado, y vuelva a producirse el milagro de que un libro cree a su lector, un libro lea a quien lo está leyendo.

CIEN AÑOS DEL BLOOMSDAY
‘Ulises’, literatura de ‘gourmet’
El mundo (15/IV/04)

La polémica no ha abandonado nunca a la obra de James Joyce, ni la rendida admiración de quienes la consideran un hito de la literatura
ELMUNDOLIBRO
MADRID.- James Joyce se jactó de que con ‘Ulises’ había dejado trabajo a los especialistas para los próximos 300 años. Hoy se cumplen 100 de la odisea dublinesa de Leopold Bloom, su antihéroe cornudo, un 16 de junio de 1904 y, al tiempo que las autoridades irlandesas han convertido el Bloomsday en una suerte de parque temático, hay quien pretende destruir el mito tachándola de obra sobrevalorada e incomprensible.
    Para Julián Ríos, sin embargo, uno de sus’ fanáticos’ confesos, la polémica en torno a ‘Ulises’ no es sino una muestra más de su extraordinaria vitalidad. “Estamos instalados en la cultura de la facilidad, del ‘fast food’, y ‘Ulises’ no es literatura rápida sino literatura de ‘gourmet’. Hay que releerlo, saboreándolo. No es un libro para leer en una viaje en metro”, explica el escritor vigués.
    Hasta ahora se había considerado al ‘Ulises’, publicado en 1922, el libro que inauguró la modernidad en la novela y a Joyce, el consagrador del monólogo interior. Pero también es una obra de difícil lectura, lleno de referencias cultas y frases en latín, griego, alemán, francés, hebreo, junto con chistes privados del autor, alusiones locales incomprensibles fuera de Irlanda y Gran Bretaña e incluso erratas… que han hecho las delicias de miles de exégetas y se han convertido, al mismo tiempo, en la pesadilla de un número mayor aún de lectores.
    “El ‘Ulises’ se ha mitificado tanto que los lectores se acercan a él con demasiado respeto”, destaca Ríos, “les inspira temor. El problema es que no llegan a él de la forma correcta: no se puede leer como una novela de entretenimiento puro, no es una historia policiaca, sino que debe irse leyendo poco a poco, no se puede consumir de un tirón”.
    La lectura de las 18 horas de Bloom debe acometerse, en cambio, con espíritu de “aventura”, dice el escritor. “Ulises es el lector, es él quien debe estar atento par ir descubriendo cosas”, subraya el autor de ‘Casa Ulises’, de la misma forma que Leopold Bloom se convierte a lo largo de la novela en “el detective de su propia cornudez”.
    En España el máximo detractor de la obra de Joyce fue Juan Benet. A su juicio, ‘Ulises’ no dejaba de ser “un cuadro costumbres hipertrofiado por la palabrería”. Además, el autor de ‘Volverás a Región’ no veía nada “original en limitar el curso de la novela a un solo día”.
Personajes y riqueza lingüística
    Pero ‘Ulises’ es mucho más que una enorme colección de juegos de palabras y acertijos o trampas para el lector entrenado. “Como el ‘Quijote’ o ‘Madame Bovary’, ‘Ulises’ incorpora personajes complejos e inmortales”, asegura Julián Ríos. El famoso monólogo de Molly Bloom, la esposa infiel de origen español, pasa por ser una de las cumbres de la literatura del siglo XX y, en su momento, constituyó una auténtica revolución y un escándalo. “Difícilmente se puede conocer a alguien de una manera tan profunda”, señala.
    En España una dificultad -y polémica- añadida es la traducción de una obra ya de por sí intraducible. La primera, firmada por el argentino José Salas Subirats y publicada en 1945, fue criticada en estos pagos por sus argentinismos y la de José María Valverde (1976), por sus errores. Existe una tercera, del catedrático Francisco García Tortosa (1999). “Las tres son complementarias, porque no hay ninguna libre de equivocaciones”, precisa Julián Ríos. Similares problemas han sufrido también las traducciones al francés.
    Para el escritor, lo único negativo en torno a la obra de Joyce es la “disneyización” del Bloomsday, con sus 10.000 desayunos en Dublín y su transformación en reclamo turístico. Irónico final para una obra que fue censurada por obscena y no vio la luz en el Reino Unido hasta 14 años después de su publicación (1.000 ejemplares) en París.

EL NIETO DE JOYCE SE OPONE A LA FIESTA
Europa celebra el centenario del Bloomsday
AGENCIAS
DUBLÍN/MADRID.- Joyce situó en un solo día, el 16 de junio de 1904, toda la acción de ‘Ulises’, su obra más voluminosa, que le consagró como uno de los grandes escritores de todos los tiempos. Ahora se cumplen 100 años de aquel Bloomsday y los ‘joyceanos’ de todo el mundo lo celebran con numerosos y muy dispares actos conmemorativos.
Querido Marichalar…
    En España, el Círculo de Bellas Artes de Madrid celebra el centenario con una exposición titulada ‘James Joyce y España’, que busca precisamente sacar a la luz los aspectos más relevantes de la relación del autor irlandés con España (a Molly Bloom la hizo nacer en Gibraltar, de madre española) y con sus escritores, y la correspondencia que el crítico Antonio Marichalar, autor del primer gran artículo sobre Joyce en España, mantuvo con él y con su editora en París, Sylvia Beach. La exposición ha contado con el patrocinio de la Fundación Winterthur, cuyo presidente, Jaime de Marichalar, duque de Lugo, acudió a la presentación.
    El ex director del Círculo de Bellas Artes, César Antonio Molina, actualmente responsable del Instituto Cervantes, destacó que esta exposición, que se une a las demás celebraciones programadas en diferentes partes del mundo, reivindica “la labor de Antonio Marichalar y la relación e uno de los más grandes escritores de siempre con España, no sólo a través de Galicia, sino también de la lengua española”. Casi todo el material que se exhibe en la exposición, añadió Molina, se muestra por primera vez, y buena parte de él ha sido prestado por la Academia de la Historia, a la que fue cedido por Marichalar.
Las quejas del nieto de Joyce
    Por su parte, los irlandeses celebran el centenario Bloomsday gracias a que el Ministerio de Turismo y Deportes se ha volcado para organizar un festival conmemorativo que comenzó en abril y finalizará en agosto, con casi 100 eventos para homenajear al escritor más famoso de Irlanda. Pues desde hace unos pocos años está “prohibido” en Irlanda despotricar ?uno se arriesga a que lo acusen de herejía- contra uno de los grandes símbolos nacionales y, junto a la cerveza Guinness, el más rentable para el turismo de la isla.
    Sin embargo, a punto ha estado de aguar la fiesta el nieto de Joyce, Stephen, amenazando con llevar ante los tribunales a quienes osasen leer pasajes de ‘Ulises’ durante el Bloomsday sin pagar elevadas cantidades de dinero por los derechos de autor. Pero al rescate acudieron el Gobierno irlandés y el Parlamento nacional en pleno, que reformaron urgentemente a principios de este mes la legislación de la Unión Europea en materia de propiedad intelectual de 1995, según explicó Laura Weldon, la coordinadora de los festejos el centenario.
    Los seguidores del escritor no olvidarán, sin embargo, que sus primeras celebraciones eran casi clandestinas hace unos 50 años, cuando el rebelde Joyce estaba aún visto con cierto recelo por los grupos más poderosos del país, los fundadores de la patria y la Iglesia católica.

UN NIÑO SOLITARIO QUE LLEGÓ A HABLAR 17 IDIOMAS
Joyce, la vida detrás de la obra
ESTHER L.CALDERÓN
El ‘Ulises’ de James Joyce es uno de los libros clave en la revolución de la novela en el siglo XX. Inspirada en la ‘Ilíada’ de Homero, propone una combinación de las tradiciones literarias del realismo, el naturalismo y el simbolismo plasmándolos en un estilo y una técnica novedosos. Fue la inauguración por todo lo alto de otro modo de narrar. Acompañado de críticas y elogios, hoy se cumplen 100 años de uno de los paseos más emblemáticos de la literatura universal.
    El propio Joyce explicaría el propósito de su libro: “Es la epopeya de dos razas (Israel – Irlanda) y al mismo tiempo el ciclo del cuerpo humano y también el de una pequeña historia de una jornada. La figura de Ulises me ha fascinado siempre desde niño. Comencé a escribir un relato para Dublineses hace 15 años pero lo dejé (…) También es una especie de enciclopedia. Mi intención es la de no sólo presentar el mito ‘sub specie temporis nostri’, sino también que cada aventura (es decir, cada hora, cada órgano, cada arte conectados y fundidos en el esquema somático del conjunto) condicione o, mejor dicho, cree su propia técnica”.
    Ésa era la idea mental del creador, pero habrá que esperar a 1922 para que por fin ‘Ulises’ vea la luz. El mundo de las letras frunce el entrecejo con extrañeza, se encoge de hombros o agranda los ojos de asombro y cierta envidia. La técnica novedosa en la que está escrito, llamada monólogo interior, es la culpable de tanto revuelo y tanta relectura de párrafo.
Monólogo interior y censura
    Leopold Bloom, protagonista de la novela, es una mente que se ‘derrama’ en los sucesivos capítulos. Ese 16 de junio de 1904 o Bloomsday, (se llama así en alusión a Leopold Bloom, y al Doomsday, o día del Juicio Final) Leopold deambula junto a Stephen Dedalus por las calles de un Dublín de bruma y gentes. El héroe griego de Homero ha mutado en un hombre errante, rodeado por las multitudes pero siempre solo. La ciudad le atrae y le repele. Todo es amenazante.
    Los estados de ánimo, las asociaciones de ideas, las impresiones, los temores… todo eso que se pasa por la mente y que pocas veces se dice en alto es el vanguardista modo de narrar al que Joyce invita en su particular ‘Ulises’. Invita pero no lo pone fácil. Leer tanta conciencia a borbotones requiere paciencia y esmero. Como trasfondo del libro, caos en la mente es directamente proporcional a caos en la sociedad moderna.
    Pero llegar publicarlo no fue un camino fácil. A finales de 1917, Joyce creía tener el libro casi terminado y se propuso publicarlo por entregas, con el doble objetivo de ganar algo de dinero y de imponerse un ritmo de trabajo para terminar la obra de acuerdo con unos plazos impuestos. Entró en escena Harriet Shaw Weaver, editora de la revista londinense ‘The Egoist’, que desde 1914 fue publicando ‘Retrato de un joven artista’. Pero el puritanismo de Gran Bretaña y EEUU no podían aceptar las vulgaridades y bajas pasiones de los personajes de ‘Ulises’ y la obra fue censurada y quemada. Sólo se publicaron algunos capítulos, y con cortes. Hubo que esperar hasta 1936 para adquirirlo en Reino Unido.
Obra, complejidad en aumento
    Hijo de un recaudador de impuestos (y se dice que con la mejor voz de tenor de la Irlanda de la época), Joyce nació en Dublín el 2 de febrero de 1882. Fue un niño muy observador y ausente entre nueve hermanos. Educado en los jesuitas, rompió con la Iglesia católica en la universidad, donde ya escribía asiduamente. En 1904 abandonó Dublín con Nora Barnacle, una camarera semianalfabeta y dos años menor que él, con la que acabó casándose y teniendo dos hijos, llamados Giorgio y Lucía Ana.
    Viajó por toda Europa y vivió en Trieste, París y Zürich, siempre con escasos recursos por su trabajo como profesor de inglés. Joyce conocía bien el italiano y 17 idiomas más, entre antiguos y modernos, incluso el griego, el sánscrito y el árabe. Un tiempo después, sufre su primer ataque de iritis, grave enfermedad de los ojos que casi le llevó a la ceguera.
Su primer éxito literario, apenas con 18 años, le vino de la mano de un artículo titulado ‘El nuevo drama de Ibsen’, publicado en una revista londinense. Sin embargo, su primer libro (que contiene 36 poemas de amor) no llegará hasta 1907, con el titulo ‘Música de cámara’. En su segunda obra, un libro de 15 cuentos titulado ‘Dublineses’, narra episodios críticos de la infancia y adolescencia en una familia media de Dublín. Su primera novela, ‘Retrato del artista adolescente’ tenía un talante muy autobiográfico. En ella aparece ya el conocido personaje Stephen Dedalus, a partir del cual recrea su juventud y vida familiar. También de esta época data su obra de teatro ‘Exiliados’.
    Se dice que no se enteró en Zürich de que estallaba la guerra y de que era considerado un enemigo, porque estaba inmerso, precisamente, en la escritura del ‘Ulises’. Sin embargo, la complejidad de sus escritos fue aún en aumento. En ‘Finnegans wake’, su última y más laberíntica obra, llevó la experimentación lingüística al límite, escribiendo en un lenguaje que combina el inglés con palabras procedentes de otros idiomas.

Pinta de culto
Beber para contarlo. Cien referencias a la cerveza en el ‘Ulises’ de James Joyce, tantos como los años que la ficción cumple el miércoles (16 de junio 1904 y el siglo de la Cruzcampo, Guinness local

 

Diario de Sevilla (12/VI/04, págs 54-55)
SEVI LLA.
Francisco Correal
Desde BM en el primer capítulo hasta MB en el último. Cien referencias explícitas -las implícitas serían incontables- a la cerveza en el Ulises de James Joyce, tantas como los años que el miércoles se cumplen de aquel 16 de junio de 1904 en el que transcurre la acción; tantas como los años pasados desde que se fundó en Sevilla la Cruzcampo. Una especie de sucursal dublinesa, ya que un siglo después ejerce la distribución para España de la marca Guinness, la marca más nombrada a lo largo del libro, la cervecera en cuya destilería trabajó John Stanislaus Joyce y quiso colocar como oficinista a su hijo, el novelista, que declinó la invitación. El padre de Joyce fue adversario político de Arthur E. Guinness, un industrial cervecero que encabezaba las listas del partido conservador en los comicios irlandeses.
    La profesión del héroe de la ficción, Leopold Bloom, es la de agente publicitario, la misma que desempeñó en la realidad el padre del novelista. Por las páginas del Mises corre a espuertas la cerveza: desde la invitación iniciática de Buck Mulligan, el orondo Mulligan, a cogerse una gloriosa borrachera que asombre a los druídicos druidas hasta el compromiso de Molly Bloom en su insuperable monólogo para reducir su adicción: “… la barriga la tengo un poco gorda tendré que dejar la cerveza negra en las cenas…”.
    Cerveza bebida, cantada, invocada, pagada, cobrada, meada, transportada, sonada, vomitada, aludida, eludida. Cerveza y más, cerveza, incluso cerveza cotizada, “…por cierto, las acciones preferentes de Guinness están a dieciséis y tres cuartos”. Cerveza con la que los parroquianos brindan “por los caídos”, “por la destrucción de sus adversarios”, incluso por algún personaje histórico: “… estaba justamente bebiendo lo que me quedaba de la pinta cuando me veo al paisano levantarse e ir naneando para la puerta, boqueando y resoplando con hidropesía y maldiciendo las entrañas de Cromwell”.
    Aparecen esporádicos elogios al hombre abstemio, condición esencial para ser un buen tenor -Bloom sale de una de las muchas tabernas cantando Don Giovanni mientras ayuda a cruzar  la calle a un ciego-, o un abstemio evocado con retintín. “Yo soy abstemio. No tomo nada entre bebidas”. Lo reivindica Molly Bloom cuando sueña con un mundo “gobernado por las mujeres”, frente al varón adicto a la pinta, la birra y sus variantes: “Qué encontrarán para estar de cháchara toda la noche tirando el dinero y emborrachándose más y más ya podían beber agua”. Stephen Dedalus, el otro protagonista de la novela, es hidrófobo pero no por cervecero: la acción transcurre a mediados de junio y no se baña desde octubre. Beben hasta altas horas: “Vaya hora intempestiva, supongo que ahora se acaban de levantar en China”.
    Un siglo después del Bloom’s Day, la llamada sociedad de la información, amiga de igualar continentes a costa de rebajar contenidos contenidos, ha conseguido hacer de las artes una variante de la vulgaridad.  Joyce con su libro se propuso -y si no, al menos lo consiguió- hacer de la vulgaridad una de las bellas artes. En ese proyecto, la presencia casi omnipresente de la cerveza es un paradigma de ese acercamiento entre lo clásico y lo popular. El tirador de cerveza es el mueble que más aparece por las páginas del libro: la tiran sin tirarla y se puede beber oyendo las músicas favoritas de Leopold Bloom: Los hugonotes, de Mercadante; Las siete últimas palabras en la cruz, de Meyerbeer; Duodécima misa, de Mozart; el Stabat Mater, de Rossini. Cervezas en la taberna de Davy Byrne, en Connery, en el bar del hotel Ormond, en el pub de Burke o en O’Rourke. Cien citas cerveceras en novecientas páginas, con guiños como ese trueque bíblico del Génesis por el Guinness. Los personajes de la novela, los amigos que vienen de enterrar al pobre Paddy Dignam cuya viuda es adicta al jerez, tam-bién beben otras cosas: ginebra de endrina, gaseosa, oporto, limonada. “Que sea media, Terry, dice John Wise, y un arribalasmanos”.
    Se dice que si un terremoto destruyera Dublín, la ciudad se podría reconstruir a través del Ulises. Y fuentes esenciales de ese rescate literario serian esos santuarios de la pinta a la que renuncia la niña (Molly Bloom). “Buen lío sería cómo cruzar Dublín sin pasar por una taberna”. Cerveza a la que « acompañan cecina con col, asado con puré, solomillo de vaca, los riñones que forman la dieta de Leopold Bloom o las ñoras picantes que parece un guiño vegetal del traductor, Francisco García Tortosa, a La Ñora, pueblo de la huerta murciana en el que vino al mundo.
    Una antología de la cerveza. L: tratado sobre la publicidad. Un catálogo de inventos para el día después -ataúd con teléfono, tranvías funerarios en Dublín como los de Milán-. Un estudio sobre las cebollas. Una guía para ganar las apuestas en las carreras de caballos. Todo eso y mucho más es el Ulises. También una antología de la cerveza y un alegato a favor de la españolidad del peñón de Gibraltar. El nuevo ministro de Asuntos Exteriores debería llevar a Downing Street esa novela como prueba fehaciente de Derecho, más rigurosa que el Tratado de Utrecht que certifica la propiedad de los ingleses, texto que según Juan de Mata Carriazo tenía un defecto de forma.
    Cerveza por los caídos, por los vivos de Parnell, por los muertos de Cronwell. Hasta en el capítulo más complejo, Los bueyes del Sol, homenaje críptico a Cervantes de quien se considera deudor de Shakespeare, hay una mención nominal cuando en un castillo que alguien tomó por venta presenta junto al Falso Hidalgo a otros caballeros: el señor Ponerreparos, el señor Devezenvez, el señor Empinacerveza. De la gastronomía quijotesca, Joyce menciona el pisto “madrileño” -querría decir manchego- y las gachas, aunque éstas aparecen en un contexto irrepetible fuera  de las páginas del Ulises. Sordo Pat, pon la penúltima.


¡Ay, lo pasaremos muy divertido, bebiendo güisqui, cerveza y vino! ¡El día de la coronación!
 CAPÍTULO PRIMERO
-Qué piensas de Hamlet?… No podrías explicarlo con menos de tres cervezas.
CAPÍTULO PRIMERO
Por la rejilla del sótano subía el flojo borbotón de cerveza negra
 CAPITULO PRIMERO
-¿Cuánto se amasaría con los posos de la cerveza negra al mes? Digamos cien barriles de mercancía
CAPÍTULO CUARTO
Dos peniques por pinta, cuatro peniques por cuarto, ocho peniques por galón de cerveza. Sí, exactamente, quince millones de barriles de cerveza negra
CAPÍTULO QUINTO
Carreteros de botas enormes sacaban rodando barriles retumbantes de los almacenes Prince y los colocaban con un chocazo en el carro de la cervecera CAPÍTULO SÉPTIMO
Nuestros ancianos antepasados, como podemos leer en el primer capítulo del Guinness, tenían debilidad por las correnteras
CAPÍTULO SÉPTIMO
Un bejín de humo empenachó el parapeto. Gabarra de la cervecera
 CAPÍTULO OCTAVO
Sería interesante algún día conseguir un pase a través de Hancock para ver la cervecera. Un mundo en miniatura
 CAPITULO OCTAVO
(Las ratas) beben hasta que se les hincha la barriga tanto como un collie flotando. Borrachas como cubas con la cerveza negra
CAPÍTULO OCTAVO
¿Qué tomo ahora ? Sacó el reloj. Vamos a ver. ¿Cerveza con gaseosa?
CAPÍTULO OCTAVO
Muchas atractivísimas y entusiastas mujeres también se suicidan apuñalándose, ahogándose, bebiendo ácido prúsico, acónito, arsénico, abriéndose las venas, rehusando comer, arrojándose bajo una apisonadora, desde lo alto de la columna de Nelson, a la gran cuba de la cervecera Guinnes
CAPÍTULO DECIMOQUINTO
Me sentaré en la otomana de tu lomo por las mañanas después de desayunarme a lo grande con unas lonchas gruesas de jamón de Matterson y una botella de cerveza negra de Guinness (eructa). Y me fumaré un buen puro de jugador de Bolsa
CAPÍTULO DECIMOQUINTO
Murió de una cogorza espantosa, remató Buck Mulligan. Dos pintas de cerveza son un plato de reyes
CAPÍTULO NOVENO
Lenehan seguía bebiendo y sonreía bobaliconamente a
Su cerveza empinada y a los labios de Miss Douce que medio tarareaban, entreabiertos, la canción del océano…
 CAPITULO UNDÉCIMO
Bebieron cerveza negra fresca. ¿Sabía ella adonde iba el virrey? Y oyeron acerocascos cascosonantes. No, no sabría decir. Pero vendría en el periódico CAPITULO UNDÉCIMO
Quebró por la friolera diez mil libras. Ahora está en el asilo Iveagh… La cerveza Bass tuvo la culpa
 CAPÍTULO UNDÉCIMO
Lo cierto es que Terry trajo las tres pintas que Joe pagaba
CAPÍTULO DUODÉCIMO
Con una mona morrocotuda ahí en una tabernucha de Bride Street después de la hora de derrefornicando con dos pingos y un matón al acecho, bebiendo cerveza negra en tazas de té
 CAPÍTULO DUODÉCIMO
Terence O’Ryan le oyó y al momento le trajo una copa de cristal llena  de espumosa cerveza color ébano que los nobles gemelos Tavernariveaghy Tabernerardilaun elaboran sin cesar en sus divinas cubas… Ellos acumulan las suculentas flores del lúpulo y las amasan y criban y molduran y cuecen y mezclan todo eso con jugos amargos y llevan el mosto al fuego sagrado… CAPITULO DUODÉCIMO
Estaba que me moría por esa pinta. Le juro que era capaz de oírla cuando me caía en el estómago haciendo clac.
CAPÍTULO DUODÉCIMO
Elevó sus toscas grandes musculosas y forzudas manos el cubilete de fuerte cerveza oscura espumosa y, profiriendo la llamada tribal, bebió por la destrucción de sus adversarios.
CAPÍTULO DUODÉCIMO
Tuvimos relaciones comerciales con España y con los franceses y con los flamencos antes de que esos chuchos (los ingleses) nacieran, cerveza española en Galway.
CAPÍTULO DUODÉCIMO
Y va y se escabulle con sus cinco soberanos sin invitar a una pinta siquiera como un hombre
CAPÍTULO DUODÉCIMO
Bloomsday

Diario de Sevilla (15/VI/04)

Eduardo Jordá
El 16 de junio de 1904 fue un jueves soleado en Dublín. Soplaba una brisa suave y—cosa rara—no cayó una gota de lluvia en todo el día. Contra  todo pronóstico, un caballo llamado Throwaway ganó la carrera más importante del hipódromo. Y un joven de 22 años se citó por primera vez con una camarara que trabajaba en un hotel de Nassau Street.  Los dos, que se habían conocido muy poco tiempo antes, anduvieron un rato por la ciudad y después, al atardecer, fueron a dar un paseo cerca del mar. Y allí, en un promontorio de Sandymount, los dos hicieron por primera vez el amor (aunque hay quien dice que no llegaron a tanto). El joven era pobre y orgulloso, tenía una buena voz de tenor y se llamaba James Joyce. La chica—que era guapa, tenía mucho sentido del humor y odiaba la literatura—se llamaba Nora Barnacle.
    En recuerdo de ese jueves venturoso, James Joyce situó la acción de su novela más famosa, Ulises, ese mismo 16 de junio de 1904 (mañana se cumple un siglo). Los protagonistas no son una pareja que se cita por primera vez, sino un judío melancólico y cornudo llamado Leopold Bloom, que desayuna riñones de cerdo y se regodea observando el trasero de las criadas bonitas,  un joven que sueña con ser escritor, de nombre Stephen Daedalus, que malvive dando clases en un colegio de jesuitas. Y en el trasfondo aparece la casquivana mujer de Bloom, que quiere reanudar su carrera de cantante y se ve a escondidas con un engreído empresario musical que lleva guantes de piel de cabritilla. A lo largo de la novela, Bloom y Daedalus deambulan por las calles de Dublín, van aun cementerio, se meten en tabernas y burdeles, conversan, beben cerveza y vino, escuchan, miran las calles y se aburren. Y ya de madrugada, terminan tomando una taza de cacao en casa de Bloom. A eso de las tres de la noche, éste se mete en su cama y se queda dormido al lado de Molly. Y Molly se entrega a un duermevela que ha quedado recogido en el monólogo más famoso de la literatura del siglo XX.
    Muy pocos dublineses han leído el Ulises, que sería la más grande novela del siglo XX si tuviera doscientas páginas menos, pero los personajes de Molly Bloom y Daedalus poseen tanta verdad humana que se han convertido en arquetipo de su ciudad.  De alguna manera, Dublín ya no es más que un escenario de esa novela, un pretexto, un mero decorado para unos seres que jamás la llegaron a pisar. Por uno de esos milagros que ocurren de tarde en tarde, unos personajes de ficción han usurpado el territorio de la realidad y se lo han apropiado por completo. Muy poca gente entra en el pub de Davy Byrne sin saber que allí se tomó Bloom un sándwich de gorgonzola, acompañado por un vaso de borgoña, que le produjo cierto desarreglo gástrico. Y muy poca gente, aunque no sepan nada del Ulises, puede caminar frente a la torre Martello sin enterarse de que allí se inicia la novela, a las ocho de la mañana, cuando el gordo Buck Mulligan sube a la plataforma superior de la torre para afeitarse. No conozco otro caso de la creación novelesca que haya logrado suplantar a la ciudad real que la inspiró. Al fin y al cabo, el Ulises no es más que una frágil creación verbal. Pero Bloom y Molly y Daedalus son mucho más reales que cualquiera de nosotros.

Molly Bloom, entre sueños
El País (15/VI/04) “Andalucía, pág. 2.

IAN GIBSON
16 de junio de 2004. O sea, mañana. Centenario de la primera cita amorosa de Joyce con quien iba a ser la mujer de su vida. ¡Ay, Norah Barnacle, que le perdiste luego cuando tenía 58 años, tú que fuiste para él amante, madre, confidente, inspiración, calor, risa, consuelo, alma gemela, quitapenas, ironía, estrella en su noche oscura (“tranqui, Jim, que no pasa nada, que saldremos del apuro, volveremos a Irlanda unos días y compraremos ropa barata en Moore Stret para toda la familia y terminarás el libro y serás el escritor más famoso del mundo…”)!
    La acción de Ulises —o sea el periplo de un día y una noche de Leopoldo Bloom por un Dublin sucio, charlatán, bebedor, corrosivo y cachondo mental— se inicia, como se sabe, en la mañana de dicho 16 de junio —¡vaya homenaje a Norah!— y termina con el famoso “Sí” complaciente, escrito con mayúscula y seguido de punto final (el único del episodio), pronunciado por Molly mientras se mueve entre sueños en la cama.
    Si Joyce sólo hubiera escrito aquel monólogo interior habría bastado, seguramente, para que nuca dejáramos de agradecer su aportación a la literatura, es decir a la vida. Cuando la novela se publicó en París en 1922 fue precisamente tal  secuencia onírica lo que más escandalizó a los miserables puritanos de siempre, y hubo intervenciones policiales tanto en los puertos británicos como en los de Estados Unidos para proteger a los buenos burgueses de tanta procacidad y porquería. Francia había sido la reponsable, una vez más, de permitir la publicación de un texto obsceno y vil, y fue objeto, en consecuencia, de la renovada  vituperación de los fariseos de ultra-Mancha, los mismos que poco tiempo atrás habían machacado con trabajos forzosos a otro irlandés genial y subversivo, Oscar Wilde.
    Cuando, allá por los años cincuenta, servidor empezó sus estudios de español en el Trinity College de Dublín, Ulises, tres décadas después de su publicación, estaba todavía prohibido en Irlanda —no ya en Gran Bretaña— y sólo se podía conseguir bajo cuerda. Todavía me produce vergüenza ajena el recuerdo de aquella afrenta.
    La Irlanda de hoy es bien diferente, y Joyce toda una gloria nacional. La celebración de Bloomsday va a ser mañana por todo lo alto, y además coincide con el final de la eficaz presidencia irlandesa de la Unión Europea. En España, entre los actos programados, hay que destacar la reposición en Madrid, por Magüi Mira, de su magnífica interpretación del monólogo de Molly, tanto más convincente por cuanto ésta vuelve una y otra vez, mientras sueña, al Gibraltar y a la Andalucía de su infancia y adolescencia, entreverándose entre sus rememoraciones subliminales  numerosas frases e imágenes españolas que han sido investigadas, en Sevilla, por el gran experto en Joyce Francisco García Tortosa. Para los que protestan que Ulises supera sus más fornidos esfuerzos, nada más recomendable que empezar con dicho monólogo en la magnífica traducción de la novela debida al mismo estudioso (editada por Cátedra). Hacerlo seria la mejor manera posible de honrar al genio dublinés en esta fecha tan señalada.

El destino en español del ‘Ulises’
El País “Babelia” (12/VI/04, pág. 12)

El 16 de junio de 1904, James Joyce dio con Nora su primer paseo nocturno por Dublín, que le inspiró el recorrido de Leopoldo Bloom para Ulises (1922), jornada conocida como Bloomsday. Un libro que renovó la literatura moderna y se convirtió en un reto para los traductores. Ésta es la historia de su primera versión en español. Por Juan José Saer
Una tarde de 1967, el autor de este artículo asistió a la escena siguiente: Borges, que había viajado a Santa Fe a hablar sobre Joyce, estaba charlando animadamente en un café antes de la conferencia con un grupito de jóvenes escritores que habían venido a hacerle un reportaje, cuando de pronto se acordó de que en los años cuarenta lo habían invitado a integrar una comisión que se proponía traducir colectivamente Ulises. Borges dijo que la comisión se reunía una vez por semana para discutir los preliminares de la gigantesca tarea que los mejores anglicistas de Buenos Aires se habían propuesto realizar, pero que un día, cuando ya había pasado casi un año de discusiones semanales, uno de los miembros de la comisión llegó blandiendo un enorme libro y gritando: “¡Acaba de aparecer una traducción de Ulises!“. Borges, riéndose de buena gana de la historia, y aunque nunca la había leído (como probablemente tampoco el original), concluyó diciendo: “Y la traducción era muy mala”. A lo cual uno de los jóvenes que lo estaba escuchando replicó: “Puede ser, pero si es así, entonces el señor Salas Subirat es el más grande escritor de lengua española”.
    La respuesta sugiere el lugar que ocupaba esa traducción en la cultura literaria de los jóvenes escritores argentinos durante los años cincuenta y sesenta. El libro de 815 páginas fue publicado en 1945 por la editorial Santiago Rueda de Buenos Aires, que publicó también el Retrato del artista adolescente en la traducción de Alfonso Donado (léase Dámaso Alonso). En el catálogo de esa editorial figuraban muchos otros nombres excepcionales, como Faulkner, Dos Passos, Svevo, Proust, Nietzsche, para no hablar de las obras comple-tas de Freud en 18 volúmenes, presentadas por Ortega y Gasset. A finales de los años cincuenta, esos libros circulaban copiosamente entre todos aquellos a quienes les interesaban los problemas literarios, filosóficos y culturales del siglo XX. Formaban parte de los libros realmente indispensables en cualquier buena biblioteca.
    El Ulises de J. Salas Subirat (la inicial imprecisa le daba al nombre una connotación misteriosa) aparecía todo el tiempo en las conversaciones, y sus inagotables hallazgos verbales se intercalaban en ellas sin necesidad de ser aclaradas: toda persona con veleidades de narrador que andaba entre los 18 y los 30 años, en Santa Fe, Paraná, Rosario y Buenos Aires, los conocía de memoria y los citaba. Muchos escritores de la generación de los cincuenta o de los sesenta aprendieron varios de sus recursos y de sus técnicas narrativas en esa traducción. La razón es muy simple: el río turbulento de la prosa joyceana, al ser traducido al castellano por un hombre de Buenos Aires, arrastraba consigo la materia viviente del habla que ningún otro autor —aparte quizá de Roberto Arlt— había sido capaz de utilizar con tanta inventiva, exactitud y libertad. La lección de ese trabajo es clarísima: la lengua de todos los días era la fuente de energía que fecundaba la más universal de las literaturas.
    Aunque el hecho de haber sido el primero en algo no debe darle a la hazaña realizada más mérito del que posee intrínsecamente, es cierto que quien la lleva a cabo se expone a dos peligros que a menudo son las caras de la misma moneda: la crítica prejuiciosa y el saqueo. Tal ha sido el destino —que algunos, hay que reconocerlo, se empeñan desde hace algún tiempo en corregir— del extraordinario trabajo de Salas Subirat. Sería inadmisible que quien se abocase a una segunda traducción de Ulises al castellano pretendiese ignorar que existe ya la primera y tal parece haber sido la actitud del profesor Valverde, quien en las 46 páginas de su prólogo, rinde un elogio (justificado) a la versión del Retrato por Dámaso Alonso, pero no dice una palabra de la traducción de Salas Subirat, aunque cuando se comparan las dos versiones se entiende a menudo que las opciones de Valverde tienen como único justificativo la obsesión de no parecerse a la traducción anterior. Ningún traductor serio de Ulises puede ya ignorar que existen la primera y la segunda traducción (tal es el honesto principio adoptado por los autores de la tercera, Francisco García Tortosa y María Luisa Venegas, y semejante conocimiento implica que esas traducciones funcionarán siempre como referencias inevitables. Cuando apareció la de Valverde, en cambio, un clima de desdén justiciero daba a entender que la segunda traducción llegaba por fin para reparar la inepcia incalificable de la primera.
    En Internet, que es la patria natural del dislate, entre varias aberracio-nes relativas a la primera versión de Ulises, se menciona también el colmo en la materia, producto de una vulgar operación comercial: la masacre que un tal Chamorro cometió en 1996, corrigiendo “hasta un 50%” de la versión de Salas Subirat, a la  que acusa de caer, entre otras cosas,” ‘en localismos propios del habla porteña”, como si un inglés de Londres pretendiese traducir los localismos populares de Dublín que figuran a granel en el original de Joyce al habla de Oxford. De ese acto de piratería, 51  años después de la aparición del libro en Buenos Aires, hasta quien lo  comenta favorablemente no puede dejar de observar que “es en cierto modo una reedición de la traducción de Salas”.
    Un trabajo del escritor Eduardo Lago compara las tres verdaderas traducciones  (el acto de vandalismo de Chamorro es juiciosamente descartado), sin otorgarle a ninguna de las tres la etiqueta de perfecta y definitiva, título por otra parte que sería temerario atribuirle a alguna traducción, por excelente que parezca. Con imparcialidad y minucia, comparando diferentes pasajes del texto, Lago verifica en los tres trabajos lo que ya podía observarse en los dos primeros, o sea que sus autores resolvieron con menor o mayor acierto las dificultades que se presentaban. El objetivo de una traducción no es exhibir la erudición de su autor, ni su conocimiento del idioma de origen, que son por cierto condiciones necesarias pero no suficientes para emprender el trabajo, sino incorporar un texto viviente a la lengua de llegada. Que cada época, así como cada área lingüística, requiera nuevas traducciones de textos clásicos, es evidente, pero el hecho no exige que sea obligatorio denigrar las anteriores.
    José Salas Subirat no era ni catalán ni chileno como la vaguedad usual de cierto periodismo literario pretendió revelar más de una vez; nació en Buenos Aires el 23 de noviembre de 1900 y murió en Florida, una localidad bonaerense, el 29 de mayo de 1975. Está enterrado en el cementerio de Olivos. Fue autodidacta y trabajó, entre otras cosas, como agente de seguros, oficio sobre el que escribió un manual: El seguro de vida, teoría y práctica. Análisis de la venta, que publicó en 1944, es decir, un año antes de que saliera la traducción de Ulises. En los años cincuenta publicó libros de autoayuda, como La lucha por el éxito y El secreto de la concentración, y una Carta abierta sobre el existencialismo, que Santiago Rueda incluyó en su catálogo. Pero había I escrito novelas sociales y artículos en la prensa anarquista y socialista de los años treinta, y un libro de poemas, Señalero.
    De su obra literaria, probablemente la traducción de Ulises sea la más perdurable realización. Pero sus libros de autoayuda y su tratado sobre la venta de seguros no resultan ni risibles ni indiferentes para quien ha leído a Joyce: Leopold Bloom hubiese podido escribirlos. El primer traductor de Ulises debe haber sentido lo que siente cada lector de verdadera literatura: que el libro que está leyendo habla sobre todo de él, del lector, y no de un mundo extranjero y lejano. Esa intensa revelación ha de haber sido el motor de su trabajo, que le permitió expresar su propia vida a través de un texto ajeno. Porque algo es seguro: dejando de lado las discusiones teóricas y técnicas sobre la traducción, es imposible no reconocer que el mundo de Ulises se parece más al de J. Salas Subirat que al de sus sucesores académicos.

Tras los pasos de Míster Bloom
MÁS DE 10.000 visitantes de todo el mundo recorrerán este miércoles 16 de junio, y vestidos de época, las calles de Dublín en homenaje a la jornada que viven los dos personajes de James Joyce, Leopoldo Bloom y Stephen Dedalus, en su mítica novela Ulises, inspirada en la epopeya homérica. Con más entusiasmo que en años anteriores, irán por calles, museos, pubes y restaurantes, y recordarán al Míster Bloom que degustó en Madrid también se ha unido al Bloomsday. El Círculo de Bellas Artes ha programado actos desde el pasado 2 de junio, día en el que Sanchís Sinisterra dirigió el último capítulo de Ulises, Molly Bloom. Hasta el 31 de julio expone la Sala Juana Mordó una muestra dedicada a la relación de James Joyce con España, con artículos, libros, correspon-dencia, fotografías y material audiovisual. El ciclo de cine Irlanda, Irlanda, que concluye mañana, proyecta a las 17.30, 19.45 y 22.00 Dublineses, de John Huston, e Innisfree, de José Guerín. El lunes 14 de junio se celebrarán las lecturas dramatizadas, Bloom a Day, dirigidas por Denis Rafter en las que actores españoles e irlandeses leerán fragmentos de Ulises. c. B .

Un siglo de modernidad (literaria)
El País “Babelia” (12/VI/04, pág. 13)

Considerada como uno de los pilares de la novela del siglo XX, por su renovación literaria en fondo y forma, Ulises se ha convertido en un mito para escritores y lectores. Inspirada en la epopeya homérica, cada primer acercamiento a esta obra se convierte en una experiencia memorable. Por Marta Pesarrodona
Hay obras que se parecen más a la historia de una literatura de un periodo determinado que, simplemente, a una obra singular, ya sea una novela, ya un ensayo, ya un libro de poemas. He leído en alguna parte y hace mucho tiempo que, allá por los años veinte, alguien de Revista de Occidente mandó un telegrama a otro de sus componentes, anunciándole: “Ya he leído La decadencia de Occidente”. Naturalmente, se refería a la hoy totalmente obsoleta, laus Deo, obra de Osvald Spengler, que causó furor y supuso un peligro en su momento. Este excurso en este año que vamos a celebrar cual irlandeses los cien años del 16 de junio en el que transcurre el gran monumento de la modernidad narrativa que es, sin duda, Ulises de James Joyce, o el día de Leopold Bloom, Bloomsday, el semiprotagonista de la novela, no me parece arriesgado creer que todos y cada uno recordamos cuándo y cómo leímos la obra (por no decir cómo le perdimos el miedo). Creo que Esther Tusquets (y no lo he cotejado con ella) la leyó un verano en la suiza alemana, a pequeñas dosis e, imagino, en la versión latinoamericana que no corría (era difícil encontrarla, como era difícil encontrar obras punteras) por España. En mi caso, Ulises está indefectiblemente unida a la figura de quien es su traductor español. Naturalmente, me refiero a José María Valverde y sitúo perfectamente el año: 1965. Fácil si-tuación si recordamos que fue el año en que expulsaron de la universidad española a Tierno Galván, García Calvo y, en especial, para Valverde, a Aranguren. Por solidaridad con Aranguren, su maestro, Valverde dimitió y sus alumnos (yo era oyente) de estética nos quedamos sin profesor de un curso que se titulaba La estética de Antonio Machado. ¿Qué relación puede tener Machado con Joyce? Muy fácil: como Valverde era un buen profesor no se limitaba al tema del enunciado y así, de repente, podíamos invertir una clase en una discusión acalorada sobre Ortega y Gasset o sobre cuál era el libro que más nos gustaba. Entre los diez alumnos oficiales y oyentes que asistíamos al susodicho seminario, ya no recuerdo por dónde iban los tiros. Sí recuerdo, en cambio, que a todos y cada uno de nosotros, al avanzar la obra de nuestra predilección, Valverde invariablemente nos preguntaba cuántas veces la habíamos leído. También, invariablemente, contestamos que una sola vez. Valverde nos descalificó individualmente: sólo se puede opinar con propiedad a partir de dos o más lecturas, consejo o mandato que aún hoy me aplico. Entre aquel reducido alumnado, nadie había leído Ulises, pero apareció la obra. El profesor, siguió siendo rotundo: para llegar a ciertas últimas consecuencias, había que conocer muy bien, naturalmente, la lengua inglesa (yo la desconocía, si exceptuaba algunos vocablos de las canciones de los Beatles), algo de gaélico irlandés, latín, griego y ya no recuerdo qué más. Por otra parte, era necesario tener una gran familiaridad con la Odisea homérica y con la historia de la literatura (Borges dixit) que es la Biblia. Esta historia de la literatura que los ibéricos por católicos siempre tardamos en familiarizarnos, por cierto. Llegados aquí, se podría creer que las enseñanzas valverdianas eran un seguro de vida para no leer Ulises. Pues, no. Como en un resquicio se le había escapado al profesor que, para los pobres ignorantes de la lengua inglesa, siempre teníamos la posibilidad de refugiarnos en la versión francesa, supervisada por el propio Joyce, cual Esther Tusquets pero en la Cataluña catalana, en vez de la suiza alemana, aquel verano emprendí la lectura capítulo a capítulo de la versión castellana publicada por Rueda y la francesa de Gallimard. A partir de los años setenta, ya emprendí su lectura en el original a medida que iba metafóricamente aprobando la asignatura inglesa que, para mí, ha sido totalmente autodidacta. Su lectura, la del Ulises joyciano, aún hoy, me parece uno de los esfuerzos más gratificantes, en el terreno literario, de mi vida. También, la obra del gran escultor que es el tiempo, me deparó ver cómo el profesor se doblaba de traductor y aparecía, precisamente, una versión española a cargo de Valverde (1976), versión muy criticada porque si algo hacemos en este país es criticar, en la editorial Lumen, entonces, de Esther Tusquets. El cartero, incluso el literario, siempre llama dos veces y por fortuna el propio Valverde pudo revisar su versión a la luz del texto corregido por Hans Walter Gabler (1986). Al mismo tiempo, aparecía una espléndida versión catalana de Joaquim Mallafré (1980), quien, creo, también ha revisado su versión en sucesivas ediciones. Cuando, por fin, aterricé de nuevo en Ulises, después de Dublineses (atención: Guillermo Cabrera Infante), Retrato del artista (atención: Dámaso Alonso), etcétera, y sin olvidar Exiliados ni los poemas —¿podría Joyce haber escrito su prosa sin ser un poeta que pesa palabra a palabra?—, las cartas ni los ensayos joycianos (incidentalmente: Joyce no ha tenido suerte con sus biógrafos, ni siquiera con Richard Ellmann, o éste es mi punto de vista). Hoy por hoy, me confieso aún en el camino de perfección, que diría un jesuíta, del Finnegans Wake. Pero, en realidad, estamos en junio, y alguien, como Gabriel Ferrater, puede decidir casarse en el Gibraltar aún no español el día 16. Lo ideal, naturalmente, sería aterrizar en Dublín, una ciudad de la que Joyce estaba harto y más harto y la consideraba una ciudad que personificaba el fracaso, el rencor y de la que uno (él) debía huir, como fue el caso. En Dublín —ciudad que adoro, por cierto—, un recorrido posible —tengamos en cuenta que el día dura más de seiscientas páginas, lo que da para muchos recorridos—, después de un desayuno visceral, preferentemente ríñones de cordero a la parrilla, que dan al paladar “un sutil sabor de orina leve-mente olorosa” (capítulo 4), a partir del obelisco Nelson hay que atravesar el río Liffey por el puente O’Connell, pasar junto a una de las universidades medievales del área anglosajona (las otras son Cambridge, Oxford, en Inglaterra, y St. Andrews, en Escocia), es decir, Trinity College, seguir por The Castle, que hoy alberga el Gran Libro de Irlanda, con un papel extraído de uno de los árboles de la casa en Sligo de W. B. Yeats, para llegar al medio día, tomar una copa de borgoña en el pub Davy Byrne de Duke Street. Por la tarde, una pinta de cerveza en el hotel Ormond, donde la camareras tentaron a Leopold Bloom en el capítulo de las sirenas, así como un paso por el Museo nacional, donde, si no recuerdo mal hay abundante obra del padre y hermano, Jack, de Yeats, y la Biblioteca Nacional, donde Stephen Dédalus departe con Shakespeare  y, en especial, con Hamlet, lo que dio, en su momento, una gran vía de inspiración teórica a otro Bloom, Harold Bloom, para su Canon Occidental. En su defecto, siempre cabe la posibilidad de descolgarse por Zúrich otra ciudad que adoro— y desayunar las visceras bloomianas en el James Joyce Pub de Pelikanstrasse trasladado madera a madera desde Dublín). Para rematarlo, no estaría mal a media tarde —siempre en Zúrich— pasarse por el cementerio le Fluntern, donde un Joyce algo burlón, pétreo, sentado y con un cigarrillo en la mano, siempre tengo impresión que dialoga con su vecino: Elias Canetti. Pero, en el mejor de los casos, y sin los engorros esperas interminables en los aeropuertos o congestiones letales en as autopistas, siempre podemos quedarnos en el Moratalaz madrileño o en la Barceloneta de Barcelona, con un ejemplar de Ulises, y agradecer a Joyce la radical libertad expresiva que nos legó con su obra. Así que han pasado cien años de aquel 16 de junio de 1904.

Pobre Joyce
ABC. “Alfa y Omega”. “Televisión” 30/IX/04, p. 30.

Javier Alonso Sandoica

La 2,  de TVE  tiene por costumbre ofrecernos semanalmente unos trabajos monográficos bajo el título de La noche temática.  Hace poco pudimos ver un reportaje sobre el escritor irlandés James Joyce.  Confieso que siento una extrema debilidad por Joyce,  al tiempo que una pena primitiva e indefinida. Cuando llega el 16 de Junio de cada año, los irlandeses salen a la calle,  ataviados con trajes de época, para festejar el Bloomsday, el día del protagonista de Ulises,  su obra más reconocida .  Este año celebramos el centenario de aquella jornada que se diluye y trasnocha en cerca de 900 páginas. Pero en el reportaje de televisión vimos a un Joyce de barraca de feria, representado en cientos de artistas callejeros que se sirven de la onomástica para recitar por la calle, delante de turistas y viandantes perplejos, algunos pasajes de la obra.  Había un propósito en el director del reportajede hablarnos sólo de la epidermis del hombre que abandonó deliberadamente la fe católica que recibió de sus mayores, para consagrarse como hombre de letras. “No volveré a servir—dijo el escritor irlandés–ni a mi hogar, ni a mi familia ni a la Iglesia. Y procuraré expresar mi vida como artista, tan libre como pueda, usando en mi defensa las únicas armas que me puedo permitir usar: el silencio y el exilio”.  Efectivamente, Joyce vivió un exilio interior de por vida, y también la soledad, y alcanzó un puerto al que nunca pudo arribar con comodidad.  Esto es algo de lo que no se nos hablaba en el reportaje, y que es prioritario para conocer las claves de su literatura.  Si pudo desentenderse de palabra de la fe de sus mayores, no así pudo sacársela fácilmente del corazón,  por eso en sus obras hay siempre nostalgia de la fe abandonada, como la reminiscencia permanente de un amor perdido.  En Retrato del artista adolescente, hay tanto arrojo de melacolía,  que el mismísimo Thomas Merton, después de leerla detenidamente, decidió convertirse a la fe católica.  Joyce llegó a sentir el hastío de la compañía  del hombre.  “Nadie vale nada—dice en Ulises–, vean comer a las fieras, ¡hombres!, ¡hombres!, ¡hombres! Siento como si me hubieran comido y vomitado”. Todo este dolor escondido en Joyce, que provino de aquel non serviam primero, y que le condujo a una mayúscula misantropía, quedó eclipsado en La noche temática.  Eso sí, vimos mucho recitado de Ulises y mucho revuelo en la capital irlandesa, ciudad que ha utilizado el nombre de su autor como atractivo turístico.

 

 

Aniversario del creador de Ulises

 

 

 

    Ofrecemos los artículos publicados en El País en 1991 con motivo de los 50 años de la muerte de Joyce, que pueden servir de introducción a su obra. Hay que pulsar en .

Artículos:

  • James Joyce, 50 años después, por Anthony Burgess 
  • El baúl de Joyce, por Javier Figuero 
  • Artistas y lectores, por José María Guelbenzu 
  • James Joyce, una víctima del lenguaje, por José María Valverde 
  • El final de una influencia, por Enrique Murillo 


Aniversario del creador de “Ulises”
El País, domingo 13 de enero de 1991, “La cultura” págs. 20-21.

El 13 de enero de 1941 fallecía en un hospital de Zúrich el escritor irlandés en lengua inglesa James Joyce (1882-1941), uno de los autores más influyentes de la literatura contemporánea. En estas páginas se analiza cómo a través de sus libros más conocidos, como Ulises, El retrato del artista adolescente, Dublineses y Finnegans Wake, el escritor rompe con la tradición literaria del siglo XIX y realiza una exploración psicológica, desde una personalidad compleja a través de unos procedimientos narrativos que revolucionaron la escritura de su época.

James Joyce, 50 años después
Anthony Burgess
    Joyce escribió gran parte de su obra maestra, Ulises, en Zúrich  durante la Primera Guerra Mundial, y murió en Zúrich en la Segunda Guerra Mundial. A él y a su familia no les había sido fácil pasar de la Francia ocupada por los nazis a ese lugar de refugio neutral. Aunque oficialmente eran ciudadanos de la República independiente de Irlanda, tenían pasaporte británico. De hecho, Stephen, el nieto de James Joyce, a pesar de casi no conocer Gran Bretaña, todavía sigue esa tradición familiar. El 16 de Junio de 1982, durante la conmemoración del centenario del nacimiento de Joyce, Dublín, su ciudad natal, organizó ciertos actos, sin demasiado entusiasmo, destinado al más grande de sus hijos literarios—una placa aquí, un busto allá, pero a Irlanda nunca le gustó. Sus editores estaban en Londres, su protectora, Harriet Shaw Weaver, era inglesa de confesión cuáquera. Joyce glorificó la lengua inglesa en sus primeros libros, y en el último,  a decir de algunos, se dedicó a destruirla. ¿A qué país pertenece realmente? Dejó Dublín con su mujer de Galway, Nora Barnacle en 1904, y vivió en Trieste, Zúrich y París. Era un exiliado por naturaleza–Exiliados es el título de su única obra de teatro–, y ha de ser considerado como un escritor internacional, porque llegó a todos los países (con excepción de la extraña cuestión del pasaporte británico). Sin embargo, tiene un único tema, bastante limitado–. Todos sus libros son sobre Dublín.
    Se puede visitar Dublín, como hacemos algunos, y buscar el espíritu del joven Joyce—pobre, desmañado, miope, intensamente literario y ya polígloto–,pero la ciudad que él conoció ya no existe. Fue una de las ciudades más hermosas de Europa. a pesar de su gran población de barrios bajos, pero los expertos en demolición la están arrasando. Con sus bloques de oficinas, comercios y discotecas, es como cualquier otra ciudad europea. Su población sobrepasa el millón y las firmas de electrónica japonesa proporcionan los empleos. Pero sigue siendo una ciudad bebedora, donde la verdadera vida se hace en los bares, con su Guinness, whisky y fantástica conversación. Los hombres están demasiado borrachos para interesarse por el sexo. Se define al homosexual de Dublín como el hombre que prefiere que las mujeres beban.

Dublín
    El Dublín enmarcado en los libros de Joyce, por tanto, está tan muerto como el Londres de Oliver Twist o el Madrid de Torquemada. El libro de relatos titulado Dublineses muestra cómo era la ciudad en 1904—moral y sexualmente paralizada, pero socialmente bulliciosa, llena de conversación y bebida–. La ciudad  sigue en su sitio en el Retrato del artista adolescente, aunque centrada en el desarrollo de un espíritu joven que intenta volar contra las redes impuestas por la religión, la familia y el nacionalismo que rechaza el vasallaje al imperio Británico. Ulises, una de las novelas más influyentes de nuestro siglo, trata de un Dublín transformado en ciudad arquetipo, y su personaje centrales el ciudadano arquetipo.  Leopoldo Bloom no es un dublinés típico. Es medio judío. Los dublineses niegan pro la memoria de sus padres que hubiera tantos judíos en su católica ciudad. Los había, pero había muchos más en Trieste, donde Joyce empezó a escribir el libro. Combinar las imágenes de ese puerto adriático con las del mar de Irlanda es resaltar la naturaleza cosmopolita de la visión de Joyce. Escribe sobre la condición de todas las ciudades modernas. Blom es todos los hombres modernos.
    No es, sin embrgo, la cuestión temática del Ulises lo que lo hace distinto. El argumento es escaso. Bloom, que ha perdido a su hijo, encuentra un hijo adoptivo en el joven poeta Stephen Dedalus—el protagonista de Retrato del artista y una versión casi sin subterfugios del propio Joyce–. Molly, la esposa de Bloom, comete adulterio, pero está deseando la llegada a casa de Stephen—como hijo, redentor y, probablemente, amante–. El libro trata de la necesidad recíproca que tienen las personas, en la estructura menor de la familia y en la más amplia de laciudad. Ese sencillo tema se universaliza por la imposición de un mito intemporal, el del errante Odiseo en busca de su reino insular. Bloom es Odiseo o Ulises. Sus bastante triviales vivencias de un día en Dublín—el 16 de junio de 1904—se transforman en un paralelo cómico del personaje de Homero, y, a su vez, adoptan varias formas de resaltar el paralelismo con el clásico, sobre todo a través del estilo y del lenguaje.
    Así, Bloom encuentra en un bar de Dublín a un nacionalista irlandés llamdo El Ciudadano. Su paralelo homérico es el cíclope. Eso sugiere un estilo literario conocido como gigantismo, en el cual el lenguaje es inflado inconscentemente. Se exagera todo, a la manera de la retórica demagógica o de la verborrea seudocientífica. Es el capítulo en el que Bloom visita un hospital de maternidad para preguntar por el parto de una amiga de su esposa, la señora Purefoy, el paralelo homérico es la matanza de los compañeros de Odiseo por los toros el Sol, que son la representación de la fertilidad, y los estudiantes dublineses de medicina blasfeman contra la fertilidad al glorificar la “copulación sin población”. La estructura del capítulo imita el desarrollo del feto en el útero. La semilla masculina fertiliza al femenino latín; tenemos una historia completa de la lengua inglesa siguiendo el progreso de su literatura, con Joyce como oficiante mayor.
    El estilo resulta más importante que el contenido, pero la intensa concentración en el lenguaje permite a Joyce llegar a los límites de la mente humana que antes eran inasequibles para el novelista. El lenguaje no sólo es complejo, sino también de una claridad sin precedentes: abundan las alusiones sexuales y se utilizan palabras que, en el año de la publicación (1922) y en los 40 años posteriores, eran oficialmente tabú. Ese es el motivo de que Ulises hubiera estado prohibido y de que Joyce, injustamente, hubiera sido tachado de tratante  de obscenidades y pornografía.

Fantasía
    El Ulises, usando la técnica del monólogo interior para descubrir los pensamientos y sentimientos más íntimos de sus personajes—de una forma presintética y casi preverbal, llevó al límite el examen de la fantasía de la conciencia humana, Joyce tenía sólo 40 años cuando se publicó el libro, y la cuestión era evidente: ¿qué podía hacer, después de haber llegado tan lejos, con el resto de su vida creativa? De hecho, no le quedaban de ella más que 19 años, y fueron totalmente ocupados por la composición de una increíblemente densa y difícil pseudonovela titualda Finnegans Wake.  Después de haber tratado la mente consciente, Joyce tenía que sumergirse ahora en las profundidades del mundo onírico. El Finnegans Wake es el realto del sueño de una noche. El durmiente y soñador Humphrey Chimpden Earwicker, es el humilde dueño de un bar de Chapelizod, un barrio de Dublín, pero en su manifestación paternal se convierte en la totalidad de la humanidad masculina, desde Adán hasta el propio Joyce, en tanto que su mujer, Ann, es todas las madres, su hija Izzy es todas las tentadoras (Eva, Dalila, lady Hamilton) y sus hijos gemelos, Kevin y Jerry, son todos los rivales masculinos enfrentados, desde Caín y Abel hasta Napoleón y Wellington y posteriores.
    El lenguaje es el de los sueños, oniroglota. Lo mismo que el tiempo y el espcacio se disuelven en los sueños, también las palabras, a través de las cuales vemos el continuo espacio-tiempo, han de distorsionarse para que el significado no se trastoque, sinoq ue se haga ambiguo. La ambigüedad tiene la naturaleza de los sueños. Joyce sabía que las técnicas de interpretación de Freud y Jung no eran suficientes. Un invención como cropes es una fusión de crops (cosechas) y corpse (cadáver), de forma que quedan unificadas las ideas opuestas de la vida naciendo de la tierra y del cuerpo muerto sepultado en ella. La acción del sueño tiene lugar en 1132, un año puramente simbólico en el cual 11 significa la resurrección, después de haber contado hasta 10 con los dedos, hay que empezar de nuevo) y 32 es la caída (los cuerpos que caen lo hacen a una velocidad de 32 pies por segundo). “The abnihilisation of the otym” significa tanto la desintegración del átomo como la recreación del significado (griego, etymon) a partir de la nada (ab nihilo).

Manifiesto vital
    Para abreviar, la obra es simplemente un intento de reconciliar opuestos, de afirmar la vida, de insistir en que nada muere. Es más que una novela, es una especie de manifiesto vital. Es tentador ver en eso al James Joyce católico, que estuvo a punto de ingresar en la orden de los jesuitas, pero que cambió un tipo de sacerdocio por otro: el del arte, en el cual el oscuro pan de la vida diaria se convierte en la hostia eucarística de la belleza intemporal. Pero Joyce había dejado la Iglesia, negado a su esposa un matrimonio católico y privado a sus hijos de la bendición del bautismo. Había perdido su fe religiosa y nunca deseó recuperarla, pero el ambiente de su obra es católico europeo—más próximo a Dante que a Goethe o incluso a su ídolo Ibsen–. Como medio judío agnóstico, a Bloom sólo le interesa la religión como fuerza de conexión social, pero su esposa Molly, nacida en Gibraltar, conoce el catolicismo en sus aspectos mediterráneo y puritano de Norte, y reza a una especie de Dios fanciscano. Stephen Dedalus parece no haber llegado a recuperarse del espantoso sermón sobre el infierno que se predica en el Retrato, y es visitado por su madre muerta, que lo conmina a arrepentirse.  A pesar del gran número de profesores ateos especializados en Joyce, proablemente sea cierto que sólamente un católico, creyente o apóstata, puede comprender plenamente a Joyce.  Pero conmemoramos el cincuentenario de su muerte,–como celebraríamos, más pródigamente, el centenario de su muerte—con un espíritu puramente literario. Vivimos en la llamada era posmoderna, pero seguimos siendo los herederos del modernismo, y Joyce, junto con Pound y Elliot, dejaron perfectamente claro lo que es el modernismo. El modernismo, desde un punto de vista lingüístico, es el empleo de un vocabualrio que hace sonar las campanas de lo coloquial, de lo tradicionalmente poético y de la nueva tecnología. Está implicado en la exactitud del lenguaje, pero sabe que la naturaleza del lenguaje es transportar una carga de ambigüedad aprovechable. El modernismo es honesto y enemigo de fórmulas filosóficas para salvar el mundo. Es extrapolítico y muy escéptico, tanto en lo que respecta al totalitarsimo como al populismo. Es difícil, lo mismo que Joyce es difícil, porque trata de ver la humanidad como una complejidad que sólamente los políticos, curas y novelistas de éxito en ventas, se niegan a ver de una forma más sencilla. La dificultad de Finnegans Wake es inmensa precisamente por la humanidad de su tema sujeto. El modernismo se atrevió a profundizar, pero a los hombres y mujeres normales les asusta ese coraje; quizá pueda destapar cosas que sea mas conveniente ignorar.
    En este resumen de los logros de Joyce se ignora una cualidad que debe considerarse como preponderantemente vital: su humor. A pesar del tremendismo de Dostoievski, de la visión trágica de Dreiser y de la implacable violencia de tantísimas grandes obras contemporáneas, la novela de todos los tiempos, Don Quijote, es una gran comedia y Joyce aprendió de ella más de lo que estaba dispuesto a dmitir.  El Ulises invierte al situación haciendo que el protagonsita sea una especie de Sancho Panza y poniendo en segundo lugar, o posición filial, a una especie de Don Quijote. Cuando  Leopold Bloom y Stephen Dedalus caminan juntos después de medianoche  por un Dublín desierto, vemos una figura alta y delgada y otra más baja y gruesa. Bloom sabe más que Sancho, pero su sabiduría es del estilo de la de Sancho, expresada en proverbios triviales; Stephen es el poético soñador que necesita el sentido común de su padre adoptivo. No obstante, subsisten en una realción cómica y están apoyados, o más bien enfrentados, por un numeroso reparto de prersonajes cómicos. El Ulises es uno de esos extraños libros que nos hacen reír a carcajadas. El Finnegans Wake también está lleno de carcajadas, con un lenguaje basado en las posibilidades cómicas el inglés. El inglés se puede considerar como una lengua cómica por contener elementos irreconciliables—germánicos y latinos—perpetuamente enfrentados. Traduzcamos el Finnegans Wake al español y ese elemento cómico desaparecerá. El milagro está en que, aunque Joyce explotó al límite las posisbilidades, e imposibilidades, del inglés, sigue siendo un escritor europeo. Está amamantado en inglés, pero se eleva por encima de él.

Dickens
    Al igual que todos los grandes novelistas, de alguna forma consigue subsistir fuera de su medio literario. Don Quijote y Sancho Panza cabalgan alrededor de la plaza de toros de Valladolid en 1605 y siguen haciéndolo en los desfiles de carnaval suramericanos.  Los personajes de Charles Dickens son reconocidos incluso por los analfabetos. Leopold Bloom, Molly Bloom, Stepehen Dedalus y Humphrey Chimpden Earwicker pertenecen a ese orden clásico. Son tan grandes que se pueden someter a todo tipo de excentricidad estilística o juego lingüístico y seguir brillando plenos, tridimensionales, desesperadamente vivos. Es una época en que tantos de nuestros escritores son pesimistas, es bueno celebrar a uno que tomó partido por la vida.

Traducción: Leopoldo Rodríguez Regueira.

El baúl de Joyce
Javier Figuero
    Es difícil creer que al propio Joyce se le escapara la oportunidad del juego, y que fuese, sin más, su testaferro, Paul Leon, quien conjurase el capricho. En todo caso, hoy, a los 50 años de su muerte, se procederá en la Biblioteca Nacional de Dublín a la solemne apertura del baúl que guarda todavía sus últimos y secretos manuscritos. Pendiente de tal fecha, la numerosa feligresía de la devota comunidad joyciana contiene el talento a sabiendas de que la revelación puede determinar otra fecha iniciática entre las que reverencian ya su talento: como el 2 de febrero de los cumpleaños, en el que el supersticioso escritor gustaba publicar sus libros, o como el 16 de junio, aniversario de la primera cita con Nora, en que principia el periplo de Ulises, la gran aventura literaria.
    El 13 de enero de 1941, James Joyce, que había huido del invasor alemán que se apodera de París, perece en Zúrich. En la capital francesa, su amigo, el abogado ruso Paul Leon, consigue, sin embargo, hacerse con documentos personales que, a través del embajador irlandés, Count O’Kelly, llegan a Dublín en un baúl que debe permanecer cerrado hasta medio siglo después de la desaparición del creador. Paul Leon rinde pronto a la muerte su condición de judío en un campo de concentración, y, falto de referencias testimoniales, el legado cobra valor de tesoro.
    En estos días, Dublín concita de nuevo la atención religiosa de  esa comunidad literaria que ha hecho de Joyce su profeta. Apenas un par de semanas que ostenta la titularidad como ciudad cultural de  Europa y ya este golpe de efecto que se magnificará en octubre, cuando, luego de microfilmado, los estudiosos podrán realmente disponer del material sobre el que apenas se atreven a especular ahora. Davis Norris, un senador dublinés respetado tanto por su valiente defensa de los derechos de los homosexuales como por su conocimiento de Joyce, ha advertido contra el mal del optimismo: “Bien pudiera haber sólo tres postales o las cartas que aclaren determinados aspectos de su complicada vida familiar, como los documentos que iluminen nada menos que el proceso de creación del FinnegansWake.

Artistas y lectores
José María Guelbenzu

“Cesa de llover: cae la última gota en la Rue de l’Odeon”. Así comienza el mágico prólogo de Antonio Marichalar a la primera edición española  (1926) del Retrato del artista adolescente, o, como entonces fue su título exacto, El artista  adolescente (retrato), por James Joyce. En su Rolls Royce, la duquesa más elegante de París acude a Shakespeare and Company a comprar un ejemplar de Ulysses, pero también se cuenta que hubo estudiante que pasó cuatro días en cama y sin comer para adquirirlo… La evocación de Marichalar tiene ese aura literaria y fantástica que emana de los descubrimientos esplendorosos, de las revelaciones iniciáticas.
    Yo mismo me privé hasta de mi tabaco diario por un mes en mi afán por reunir el dinero del precio de un ejemplar de Ulises en la edición americana de Rueda, pero el Retrato… El Retrato fue el espejo, el reconocimiento de una decisión que unos cuantos adolescentes tomamos al comienzo de los años sesenta, con mejor o peor fortuna pero con idéntica resolución, de consagrar la vida al arte de narrar o morir en el empeño.

Dedalus
En la guarda de su libro de Geografía, el héroe, el artista adolescente, ha escrito de su puño y letra su nombre y su residencia: “Stephen Dedalus. Clase de Naciones. Colegio de Conglowes Wood. Sallins. Condado de Kildare. Irlanda. Europa. El Mundo. El Universo”.
    ¿Quién podía resistirse a aceptar este reto? A los 17 o 18 años, en un “país de todos los demonios, donde el mal gobierno, la pobreza, no son, sin más, pobreza y mal gobierno, sino un estado místico del hombre”, como decía Jaime Gil, ¿Qué otra clase de afirmación hubiéramos comprado por el precio de una vida? Esas guardas del libro de Dedalus nos redimían, si queríamos, de un camino humillante por los ámbitos ateridos de un colegio, de una sensibilidad maltratada y despreciada, de un afán de libertad enfebrecido y también seco.

Experiencias
Ésa fue, en efecto, la primera lectura. Recuerdo ese pasar de páginas que relatan los ejercicios espirituales del padre Cullen y su asombro sin límites al comprobar la perfecta similitud con nuestras propias experiencias; recuerdo esos paseos idénticos a los paseos discursivos de Stephen Dedalus con Lynch o Cronly; recuerdo la envidia y la excitación ante esas páginas finales en forma de diario que anteceden a su salida del país natal (Abril 16. ¡partir! ¡Partir!)
Creo que ese fue, en aquellos años, el libro más excitante para cualquiera de los jóvenes dispuestos a tomar el primer tren que los condujera al Mundo y quién sabe si al Universo. O aún más lejos: a París.
    Pero el buen lector no es el que se identifica con el héroe, sino el que posee la sensibilidad e imaginación que necesita todo buen texto para respirar. Al Retrato, que de tal manera iluminó los deseos oscuros de tantos aspirantes a escritor, o tan sólo a una vida distinta y apasionada, le ha ocurrido en cierto modo lo que Harry Levin dice del propio Joyce respecto a su alejamiento de la fe: “Que perdió su religión, pero conservó sus categorías”. Lo que es una  aguda descripción de la educación y el talante del autor, en este caso deberíamos aplicarlo más bien a un libro de culto que cuando pierde, con el tiempo, su ritual iniciático, conserva y acrecienta sus categorías de satisfacción artística.

Arte
El arte, en lo que tiene de imaginación, de libertad, de memoria, de sensibilidad… ha latido en cada uno de los lectores del Retrato consciente o inconscientemente, porque está ahí como una llamada a la que es difícil sustraerse. Por su propio asunto, este libro ha despertado en todo lector un deseo, aunque fuera como un suspiro, de entregarse al arte, naturalmente en muy pocos lectores se ha cumplido esa aspiración a creadores, pero yo me pregunto en cuántos se habrá cumplido como lectores.
    Por decirlo de otro modo: creo que casi ningún lector del Retrato sigue siendo pasivo al término de su lectura. Creo que aun aquellos que tienden a la actitud perezosa y menor de identificarse con el héroe, no pueden dejar de percibir en este libro un algo que, incluso por la vía de la identificación, penetra en ellos haciéndoles sentir que la percepción del arte es más, que la percepción del arte también es artística para el perceptor y que si éste quiere mantener esa lámpara encendida, alumbrará de modo distinto el trayecto de sus posteriores lecturas.
    Cuando solicito a un lector que emplee sus sentido artístico para leer estoy pidiéndole que sea un artista de la lectura, tratando de explicarle que ése es el placer supremo e incomparable del lector.
Pues bien, el Retrato del artista adolescente posee de modo casi mágico la cualidad de ser una puerta de acceso a tal estado. Es como ese momento en que “cesa de llover, cae la última gota en la Rue de l’Odeon”, se abren las nubes y la calle desnuda y distraída se llena de luz, de gente, de actividad y satisfacción.

 


El País, lunes 4 de enero de 1991, “La cultura” pág. 22.

El escritor irlandés en lengua  inglesa James Joyce (Rathgar, Dublín, 1882-Zúrich, 1941), uno de los autores más influyentes de la literatura contemporánea, falleció el 13 de enero de 1941 en una clínica de Zúrich. En esta página se continúa el análisis—comenzado ayer—sobre las repercusiones de la obra del autor de Ulises, El retrato del artista adolescente, Dublineses y Finnegans Wake, entre sus libros más conocidos. En su obras a parece una Irlanda personal y una Europa en donde se movilizan las vanguardias artísticas. James Joyce fue un escritor propiamente del siglo XX y un revolucionario de la narración literaria, cuyo legado completo está todavía por descubrir.

James Joyce, una víctima del lenguaje
José María Valverde
Hace 50 años  moría James Joyce en Zúrich, en la tercera de sus estancias en esa ciudad—aparte de algunas  visitas rápidas para intentar remediar sus pobres ojos–: la primera vez en 1904, había llegado de Dublín con su compañera, Nora, en busca de un empleo de profesor de inglés que sólo encontraría en Trieste y acogerse a la neutralidad suiza en Zúrich, teniendo en cuenta que su mala vista y su condición de padre de familia; al fin, en 1940, llegó hasta allí desde París, ante la invasión alemana.
    Si tras la Primera Guerra Mundial a alguien que le preguntaba cómo le había ido en ese tiempo, Joyce se limitó a contestar: “Ah, sí, he oído decir que ha habido una guerra mundial por ahí, la segunda—según dicen—le pareció una perversa conjuración  general para que la gente no leyera su recién publicado Finnegans Wake. Semejante boutade podría tomarse como un sarcasmo contra el mundo: si toda guerra es monstruosa: ésa era especialmente estúpida, porque los auténticos adversarios estaban en el mismo bando. Pero la reacción de James Joyce no iba por ahí, sino que tenía algo de huraño encogimiento de hombros por parte de aquel obseso entregado  a experimentos del lenguaje.
    Hay un proceso a lo largo de la vida y la obra de Joyce en que la conciencia lingüística se va comiendo a la vida personal, a su propia humanidad, en un sacrificio que, sin embargo,  no podemos lamentar—en un gran escritor hay que aceptar de buena gana  “los defectos de sus virtudes”–. Joyce, después de unas probaturas juveniles  que no prometían nada bueno pro lo egolátrico, compuso esa maravilla de sobriedad, a sus 25 años, que es Dublineses—logro que casi nadie pudo conocer entonces, cundo menos valorar–. Después, afortunadamente, abandonado su Stephen el héroe, en tono demasiado personal, supo rehacer como arte esa misma materia en su Autorretrato juvenil (o, como se ha traducido, Retrato del artista adolescente, en pase decisivo hacia la madurez—allí comenzó a saber incrustar palabras vivas, canciones y aun la fotocopia de un sermón jesuítico–. Entonces pudo Joyce acometer su obra magna, Ulises, en buena medida un mosaico de voces imitadas o grabadas, a veces como parodia de estilos ajenos, a veces como chorros de palabra interior de un personaje, con todas la s tonterías y aun indecencias que, en mayor o menor grado, siempre hay en ese cauce que nos arrastra: el lenguaje,  invadiéndonos desde fuera, sin hacerse más que muy relativamente nuestro.
    El darse cuenta de que nuestra vida mental no es otra cosa que bla-bla-bla en una determinada gramática, un léxico, una fonética, etcétera, resulta al principio tan divertido para el escritor como inquietante para el filósofo. Y el mejor testimonio de la modestia del lenguajes la coincidencia, el parecido, el chiste, el juego de palabras que nos sal al paso de vez en cuando y nos hace reír.
    De hecho, sabemos que a Joyce le divertían demasiado sus hallazgos verbales y que los añadía a troche y moche a lo ya escrito. Entre la primera versión manuscrita y la publicada hay casi una tercera parte del total que consiste en ocurrencias posteriores, incluidas durante la corrección de pruebas o en algunos capítulos aparecidos en revistas. Pues bien, como se puede ver en la edición de Octagon Books, donde tales adiciones van marcándose sobre un facsímile de la edición normal, toda esa añadidura es contraproducente, es un lastre perjudicial.  El día que Ulises sea de dominio público, será urgente editar el Shorter Ulyssses, el “Ulises más corto”, libre de las ocurrencias tardías para que se vea que es mejor que el que conocemos; más compacto y sustancial, de mejor ritmo para su lectura.
Después, ese exceso de autocomplacencia en su chistes fue la que llevó a Joyce a su Finnegans Wake, que cabría considerar como un error innecesario, una felix culpa, un escarmiento para enseñanza de la posterior historia literaria. A wholesale safety-pun factory, “una fábrica al por mayor de”—y aquí un juego de palabras joyciano entre safety-pin, “imperdible” y safety-pun, “retruécano de seguridad”: así lo definió la abnegada editora de Joyce, por supuesto que sin decírselo  a él–.
    El crecimiento de la obsesión lingüística había sido unido en Joyce  a un creciente desinterés por lo común a todos: así, políticamente, allá por 1906, en Trieste, todavía había sentido cierto aprecio por el socialismo de Antonio Labriola—no del todo desinteresadamente, porque pensaba que un Estado socialista podría subvencionar a los creadores literarios como él mejor que los editores comerciales, según su experiencia–.Pero ese desinterés se había impuesto en él también por desconfianza hacia la capacidad de la especie humana racional: vanitas vanitatum. Quizá entonces, su drogadicción  lingüística podía verse alimentada por su escepticismo social y ético.

El final de una influencia
Enrique Murillo
Durante medio siglo aproximadamente, el influjo ejercido por James Joyce en la literatura occidental fue determinante. Su nombre representó, desde los años veinte, el modelo máximo de la tendencia experimental, sobre todo en narrativa, y siguió siendo esgrimido como símbolo y ejemplo incluso hasta bien entrada la década de los setenta. Desde la consolidación de la vanguardia histórica hasta el renacimiento vanguardista del grupo Tel Quel de París posterior al 68, decir Joyce equivalía a hablar de ruptura sin contemplaciones con toda clase de moldes y tradiciones, y apostar pro la originalidad a todo trance.
    Todo eso terminó hace unos 15 o 10 años, y la influencia de Joyce parece borrada pro completo en los intentos renovadores que en los diversos países de Occidente están realizando los novelistas de las nuevas generaciones.
Para encontrar ahora rastro de Joyce, hay que acudir o bien a los veteranos continuadores de la tradición vanguardista, o bien a ciertos casos aislados de conexión con algún  fulgurante espíritu de jugueteo verbal que constituye una de las características del estilo Joyce: me refiero sobre todo a Salman Rushdie, que, leído en inglés, suena muy joyceano, aunque no tenga con el escritor irlandés puntos de contacto más esenciales.
    La otra huella dejada por Joyce se nota sobre todo en el idioma inglés. Cuando un periodista tiene que titular Secuestro aéreo y se ve obligado a comprimir pro falta de espacio, lo lógico es que fusione hijack (secuestro) y sky (cielo) y cree skijack, un neologismo que Joyce hizo posible gracias a su endemoniada habilidad para trabajar el inglés como si fuese plastilina. El ejemplo señalado, que recuerdo de los años setenta, no es más que una muestra trivial de la influencia enorme y permanente dejada por Joyce en la lengua inglesa. De ahí que resulte tanto más sorprendente la desaparición de su influencia literaria.
    Pero los tiempos han cambiado, y la renovación narrativa se está produciendo con curiosa simultaneidad, en culturas tan diferentes como la francesa y la norteamericana, la inglesa y la italiana, por la vía del regreso a la tradición y los géneros y subgéneros, precisamente todo ese acervo con el que Joyce y la vanguardia en general rompieron brutal y totalmente.
    La historia de la literatura está llena de casos parecidos. Shakespeare dejó de ser una influencia viva con la llegada del neoclasicismo, y sólo con los románticos se recuperó la pasión mitificadora  por su obra. Igualmente transitorio pude ser este ojo de Guadiana en el que Joyce se ha ocultado ahora, pues no cabe duda de que sus libros y su actitud en relación con su oficio pueden servir perfectamente de estímulo a futuras generaciones.

 

 

BLOOMSDAY EN SEVILLA

 

 

 

20052004
2003

2002

2001

BLOOMSDAY 2005

 Jueves, 16 de junio: 13 h.: FundaciónJosé Manuel Lara. Presentación a la prensa del
libro James Joyce, cien años y un día.Ulisesy el Bloomsday (Fundación José Manuel Lara).

 Jueves, 16 de junio, 20,30 h.: Actos en elpub Flaherty.

- Presentación pública del libro JamesJoyce, cien años y un día. Ulises y el
Bloomsday. Intervendrán Francisco GarcíaTortosa, Manuel Gregorio González,
Eduardo Jordá, y Antonio Rivero Taravillo,coordinador del volumen

- Charla de María Ángeles Conde: “Traductor- traedor: Retrato de una odisea joyceana”.

- Lectura de pasajes de Ulises a cargo del públicoasistente, estudiantes de Filología y
personalidades del mundo cultural sevillano.

- Cerveza y riñones.

15 de Junio

ABC (Sevilla) 15/VI/05, pág. 60.

Autores sevillanos homenajeana Joyce en el centenario de Bloomsday
ABC
SEVILLA- El libro “Cien años y un día.Ulises y el Bloomsday” reúne textos de varios autores sevillanoso afincados en Sevilla que, en el centenario del Bloomsday, díaen el que transcurre la acción de la más famosa novela deJames Joyce, “Ulises”, homenajean al escritor irlandés y a su obracumbre.
    El centenario del Bloomsdayse celebró en junio del año pasado, cuando Sevilla fue unade las ciudades que, al menos en España, más intensamentehomenajeó “Ulises” de Joyce con motivo de la efeméride, peroahora, un año después, es cuando la Fundación JoséManuel Lara ha editado “Cien años y un día. Ulises y el Bloomsday”,coordinado por el poeta y traductor Antonio Rivero Taravillo.
Según explica Rivero, “Cien añosy un día” es “un pequeño festín en el que se celebrala inventiva de Joyce y su influencia en otros autores, a la par que recogeanécdotas y piezas de ficción que lo homenajean sin ánimohagiográfico alguno, no desde el mundo académico de los especialistas,sino de manera incluso desenfadada, desde el punto de vista de la literatura”.Rivero Taravillo, además de ser autor de la introducciónen la que se hace repaso de las celebraciones del Bloomsday y de un artículotitulado “Urbi et orbi” sobre el Dublín de 1904, ha traducido parala ocasión, con el título apócrifo de “Retrato delartista senil”, pasajes de la novela de Flann O’Brien “The Dalkey Archive”,inédita en español y en la que Joyce aparece como personaje.Los otros textos han sido firmados por el catedrático de la universidadde Sevilla Francisco García Tortosa, coautor de la últimatraducción de Ulises al español y quien evoca con anécdotassu entrada y perseverancia en la llamada “industria joyceana” en un textotitulado “A la sombra del irlandés”; por Eduardo Jordá, quecrea un delicado artefacto de ecos y guiños titulado “Whiskey enla jarra, un cuento dublinés”; y por el crítico y escritorManuel Gregorio González, que se ocupa del monólogo interior.
    El volumen se completa con unálbum fotográfico que incluye junto a imágenes canónicasde Joyce otras poco conocidas.

18 de Junio

Joycepasea por Sevilla
El Mundo Sevilla. pág. 8. Por Eva DíazPérez.
PUEDE QUE NO HAYA  nada más discretoy silencioso que una fiesta literaria en Sevilla.  Así pasócon el Bloomsday, ese día en el que se conmemora la accióndel Ulises, de James Joyce.  Es natural.  Aúnapesta la ciudad a eructos verdes—que no joyceanos ni irlandeses—de hinchasvocingleros.  Y para los libros sólo quedan las migajas podridasde la ciudad.
    Todos los 16 de junio, una sociedadcasi secreta de joyceanos se reúne para leer pasajes de la novelade Joyce.  A veces, entre las brumas de las pintas de cerveza negrase adivina el río Liffey y la Torre Martello, como si por un momentoSevilla se convirtiera en Dublín.  Cosas de la literatura…
    Este año pasómás discretamente que nunca la jornada del Bloomsday. Esta fiestaliteraria, impulsada por el escritor Juan Antonio Maesso quedóhuérfana de la institución  que más la ha apoyadodesde que en 20001empezase a celebrarse por las calles de la ciudad. Se nota la indiferencia de un personaje siniestro para a cultura que esFernandoRodriguez Villalobos, presidente e la Diputación, que tambiénamenazó con acabar con el Festival de Danza en Itálica.
    Pero el Bloomsday sigue, a pesarde los ignorantes.  Y es que en junio, Sevilla adquiere un color macilentode ciudad “vieja y sucia” como decía Joyce de su Dublín natal. Se oye el acento de Galway que parece que tenía Nora, la mujer delescritor maldito, aquel 16 de junio de 1904 en que transcurre la acciónde la novela que cambió la historia de la literatura contemporánea. A fin de cuentas, Joyce huyó de su ciudad—con esa mezcla peculiarde amor y odio que despenden las ciudades hermosas y arrogantes—y reposaen una tumba de Zurich.  Sevilla también tiene a sus poetasdispersos por las fosas del mundo.
    Joyce sabía que si algúndía Dublín desapareciera del mapa, se podría reconstruirbasándose en su libro.  En las rutas del Bloomsday—de MiddleAbbey a Kildare Street–, Dublín se recorre pisando aceras e lasque está señalando el pasaje literario en el que apareceese lugar.  No hay duda de que es una ciudad escrita.  ¿Loes también Sevilla?
    De momento, Sevilla sóloaspira a tener una casa de los poetas. mientras que Dublín cuentacon un museo dedicado a sus escritores: Joyce, Wilde, Yeats–queen 1927 paseó por Sevilla– Bernard Shaw, Bram Stoker,FlannO’Brien, Thomas Moore.  Y así, GonzálezRuano escribió a propósito del obituario al sevillanoCansinoAssens que España no comprendía a sus poetas.  Nisiquiera sabía enterrarlos.
    Fue en 1929 cuando se celebróun almuerzo en un hotel de las afueras de París un almuerzo—DéjeunerUlysse—dedicado a la obra de Joyce, aunque el Bloomsday no se celebróoficialmente hasta 1954. El año pasado, subieron a las torres dela ciudad los joyceanos sevillanos, esos letraeheridos que tiene, aunqueno se den cuenta, un tono verdoso en sis ojos marcado por la lectura deesta novela-mundo.
    El mapa de Sevilla se transformóen una ciudad de Torres Martello—la de Sandycove–, con la que  dainicio la obra. La torre del Oro, la de la Plata, la de Don Fadrique seasomaban al vértigo de la lectura. Este año estaba previstoemular ese itinerario tabernario y lírico del Dublin Literary PubCrawl Pubs para brindar con cerveza Guinnes y whisky en esas tabernas castizasde serrín y cabezas de toros asesinados en tardes de albero y alamares. El pub Day Byrne (en el número 21 de Dulke Street)) aparece en elrelato “Contrapartidas” de Joyce y el Egan’s (Abbey Street, 78) en “Dosgalanes”, también del libro Dublineses.  Y en las tabernasde Sevilla se han escrito muchos poemarios.
    El poeta Antonio Rivero,que en estos días recuerda a Leopold Bloom y Stephen Dedalus—protagonistasdel Ulises—mientras se la escapan frases en gaélico, comentaqe ne Dublín existe una Sevilla Place que tiene una iglesia llamadade San Lorenzo O’Toole.  Y la Alameda canalla evoca en cierto momentode la tarde el Temple Bar, el barrio bohemio dublinés.  Losabe Francisco García Tortosa, el traductor de referenciadel Ulises.
    Habría que buscar sien la catedral de Sevilla está enterrado algún escritos,como en la de San Patricio está Jonathan Swift.  Donde pareceque la capital irlandesa se topa con el reflejo de su sureña ciudadgemela es en el río Liffey. Pasean al atardecer los joyceanos porel puente del Medio Penique. ¿O es el de Triana?

Sevilla, Bloomsday2003

16 de Junio

Diario de Sevilla (16/VI/03), pág.40
(http://www.diariodesevilla.com/edicion/cultura/cultura206631.htm)

La novia prefiere la Biblia alUlises
Francisco Correal. 


CÓCTEL. Un libro y una pinta de cervezaen el Flaherty, donde hoy homenajean a James Joyce en el aniversario desu novela.
      Sin trampa ni cartón. ¿Ha leídousted Ulises? ¿Sabe de alguien que lo haya leído?Cuestiones planteadas en escenarios por los que hubiera transitado LeopoldBloom si hoy fuera 16 de junio de 1904: una boda, un entierro, una taberna,un autobús urbano, una panadería o lo que de dublinéshay en Sevilla, donde al café irlandés le dicen carajillo.
    “El libro más gordo quehe leído es el Quijote“. Ramiro González es empleadode banca en La Algaba. Su hijo Ramiro conoce Irlanda, patria de Joyce,y quiere volver ahora que ha terminado los estudios de Biológicas.Un verano se juntaron siete Ramiros en el bloque del veraneo en Punta Umbría.Un nombre muy literario. “La madre de mi abuelo era muy lectora y le poníaa sus hijos nombres de personajes de los libros que leía”.
    Julio y Esperanza acaban decasarse en la basílica de la Macarena. Los dos trabajan en una empresade recambios de camiones. La novia elige la Biblia como proeza de lectora.”¿Ulises? Me suena el de la tele, el de los muñequitos”,dice el esposo. Se van de luna de miel a Roma, amor al revés.
    El 10 tiene una parada juntoal cementerio. El 16 de junio de 1904 enterraron a Paddy Dignam, que dejóviuda y cuatro hijos. Bloom propone que pongan tranvías funerariosmunicipales “como tienen en Milán”. 99 años después,Francisco Anaya Casanova viene de ponerle flores a la lápida deuna tía. Tiene un negocio de venta y reparación de mesasde billar. Pese a apellido tan literario (Anaya) sus parientes máscélebres fueron un embajador en Brasil y un notario. Empezóvarias veces Ulises, pero tiró la toalla. “El libro de máspáginas que he leído es Gárgoris y Habidis,de Sánchez Dragó”. Anaya Casanova recuerda los viajes alcamposanto en el 13, el tranvía de ida y huerta. Como el de Milán.
    Joyce no hacía otra cosaque trasladar a la novela lo que se dice en la calle. No le hubiera hechoasco a este hallazgo escuchado al final de un cortejo fúnebre: “Cadadía el murciélago necesita comer el 20 por ciento de su peso”.Acaban de enterrar a una monja. Las religiosas circundan el Cristo de lasMieles.
    “Eduardo Saborido tiene quesaber de alguien que lo haya leído”. Juan Antonio Florido, sindicalistahistórico de Comisiones, es de otras lecturas. “El Capital,por supuesto, que empecé en Bellavista y terminé en Hytasa”.Una buena lectura para el verano, piensa José María Pachón,que fue mánager de grupos y cantantes. Conoce a dos que lo han leído,las hermanas Rosa María y Sole Soler, almerienses. La primera essu compañera. Teresa Lafita cruza el Atlántico en su biblioteca:Palinurode México, de Fernando del Paso, y Paradiso, de LezamaLima.
    Hay un ejemplar del Ulisesen la casa familiar de los hermanos Ortiz en Las Cabezas de San Juan. Selo regaló Paula a Sergio Ortiz, compañeros de licenciaturade Filología Inglesa. Sergio y Raúl son hermanos gemelos,27 años, camareros del Flaherty donde hoy se apagan las 99 pintasde cerveza del Bloom’s Day. Raúl es licenciado en Periodismo. Juntosforman la simbiosis perfecta del oficio reivindicado por Leopold Bloom,”escritor-periodista”. Raúl empezó La insoportable levedaddel ser preparando un viaje a Praga, pero no soportó a Kunderay en la curva lo adelantó El médico de Noah Gordon.A Sergio le hicieron leer 35 novelas y obras de teatro en un curso de Filología.Se queda con Moby Dick y La montaña mágica.
    “El olor verdaderamente sabrosodel pan nuestro de cada día…”. Sólo esa cita del Ulisesmerece que José Jesús Ruiz Galindo, panadero de la calleFeria, cambie de libro de cabecera, honor que ocupa Los Miserablesde Víctor Hugo. Dublín es para él un pub que huboen Sevilla. “Me gustaría conocer la zona de Irlanda del norte enla que se rodó La hija de Ryan“. 17 años lleva Esperanza,vendedora de libros y periódicos, intentando meterle el diente ala obra de Joyce. “Menos mal que tengo un amigo psiquiatra muy culto queme ha dicho que es un coñazo. Como es psiquiatra, no se tiene queflagelar. Lo ha leído Charo, la bibliotecaria de Alberto Lista”.
“Majestuoso, el orondo Buck Mulligan…” (traducciónde García Tortosa). “Solemne, el gordo Buck Mulligan” (traducciónde José María Valverde). Dos comienzos posibles. Mulliganentrado en carnes, que suena a mollete, a mullido. Mulligan. Puchero eninglés.
14 de Junio
Blanco y Negro Cultural 594 (14/VI/03), pág. 3. “Pasen y lean”,por Manuel Rodríguez Rivero

16 de Junio, Bloomsday 99
    En 1909 Joyce escribía a su mujer Nora Barnacle: “Amor mío: ¿Qué harto, harto y harto estoy de Dublin! Es la ciudad del fracaso, del rencor y de la infelicidad. Estoy impaciente por salir de ella”. Como antes hicieron Swift, Yeats, Shaw o Wilde, como después haría Samuel Beckett, Joyce terminó marchándose de allí par llevársela intacta para siempre en el corazón. Más tarde y más lejos, en cuartos destartalados y pensiones indecentes de Trieste, Zürich o París, compuso Ulises, sin duda la mayor celebración que jamás se haya realizado de la ciudad del Liffey: Me gustaría hacer una pintura de Dublin tan completa que si un día despareciese repentinamente de la tierra, pudiera ser reconocida a partir de mi libro”. Ulises (1922), lanovela más influyente del siglo XX, era, en el fondo, una narraciónrealista. De modo diferente a lo que entendemos desde Blazac o Galdós:las 24 horas de la pequeña odisea del judío Leopoldo Bloomel 16 de Junio de 1904 son el retrato del exterior e interior de un uomocualunque, de su peregrinación antiheroica por esa ciudad del rencor,de la infelicidad y el fracaso. Joyce, como Cervantes, estaba absolutamenteconvencido de la importancia de lo que escribia, y tenía un fe absoluta—unpunto mostrenca y supersticiosa, por tanto—en la posteridad de su libro.Una fe que logró comunicar a un puñado de seguidores (porejemplo a Harriet Weaver, una de sus priomeras editoras, o a Sylvia Beach,la propietaria de la libería Shakespeare & Co), que le ayudarona difundir el libro entre los círculos escogidos—y estratégicospara el funcionamiento del “boca a oreja”–, a pesar de las prohibicionesy condenas a las que estuvo sometido.
    El próximo lunes, fecha en la que se conmemora el aniversario de ese periplo urbano irrisoriamente homérico, los joyceanos volverán a celebrar el Bloomsday. La ceremonia, que hasta hace poco más de una década se revestía de la intensidad de una reunión de pacíficos fanáticos más o menos pirados, es ahora un fiesta semioficial que figura con todos los honores en el calendario turístico irlandés. Como cada año Dublín se llenará de joyceanos de todo el planeta: gentes dispuestas a recorrer con alegría y veneración los lugares (los que quedan: ha pasado casi un siglo) en donde transcurrieron, tal día como ése hace 99 años, las peripecias de Leopold Bloom (Ulises) y Stephen Dedalus (Telémaco). O de la inolvidable Molly Bloom, cuyo monólogo erótico ha sido el modelo de tantos posteriores. Siguiendo la tradición, los fieles degustrarán sandwiches de gorgonzola en el pub de Davy Byrne, almorzarán riñones dde cerdo, se atiborrarán de Guinness (ahora la sirven fría), pasearán por el centro de la ciudad o por las cercanías de la Torre Martello de Sandycove (donde comienza la novela: “Imponente, el rollizo Buck Mulligan apareció en lo alto de la escalera”) y leerán por turnos y en alta voz fragmentos del libro. De Ulises existen tres traducciones disponibles en castellano: la de Salas Subirats (Planeta, corregida por Eduardo Chamorro), la de José María Valverde (Tusquets) y la más reciente de Francisco García Tortosa y María Luisa Venegas (Cátedra). La novela, como se sabe, ha influido incluso a quienes nunca la leyeron. Y, en cierto sentido, condensa en sí misma una de las características que Italo Calvino atribuía a los clásicos: libros que “cuando más cree uno conocerlos de oídas, tanto más nuevos, inesperados, inéditos resultan al leerlos de verdad”.  Como ocurre con las grandes obras, Ulises establece siempre una relación personal con quien lo lee. Acérquense sin miedo ni prejuicios a esta novela, si es que no la han leído todavía: comprobarán cuánto le debemos.

ABC de Sevilla (14/VI/03), pág. 65. “Cultura”, por J. Morillo

Una mesa redonda sobre “Ulises”, principal novedad este año del Bloom’s Day
 
El acto será previo a la lectura de la obra de James Joyce y la consumición de riñones y cerveza

 

J. MORILLO
SEVILLA. El lunes 16 de junio es una fecha señalada para todos los aficionados a la literatura de James Joyce, ya que es el día en el que el escritor irlandés situó la acción de su novela más famosa y apreciada: «Ulises».
    Desde hace cuatro años, esta fecha, conocida en todo el mundo como «Bloom’s Day» –«El día de Bloom», por el protagonista de la obra, Leopold Bloom- se viene conmemorando en Sevilla con una lectura pública del «Ulises» y la tradicional cena a base de riñones y cerveza, esto es, la comida y la bebida favorita de Bloom.
    La principal novedad del «Bloom’s Day» respecto a ediciones anteriores es la celebración de una mesa redonda en la Casa del Libro, que tendrá lugar el lunes a partir de las 20:30 horas. En este acto participarán Francisco García Tortosa, Catedrático de Literatura Inglesa de la Universidad de Sevilla y autor de la última traducción del «Ulises» realizada en España; el escritor Eduardo Jordá y el director de la Casa del Libro, Antonio Rivero. Juan Antonio Maesso, organizador de esta celebración junto a García Tortosá, actuará de moderador.
    Más tarde, a partir de las 21:30 horas, se procederá a la tradicional lectura pública de la obra de James Joyce en la sede de la Obra Social y Cultural de la Caja San Fernando, en la plaza de San Francisco, para, a partir de las 22:00 horas, continuar la lectura en la Casa de la Provincia, donde tendrá lugar el acto principal de la jornada.
Una vez concluidas las lecturas de la novela, se procederá a una comida a base de riñones y ceveza, que se celebrará en el Pub Flaherty, a partir de las 22:30 horas.
Centenario joyciano
    Estas actividades se presentaron ayer en el Pub Flaherty, en un acto en el que participaron el vicepresidente en funciones de la Diputación de Sevilla, Manuel Copete; el director del Festival de Itálica y asesor técnico de la Diputa-
ción, Juan AntonIo Maesso, y el director de la Casa del Libro, Antonio Rivero.
    En la presentación, Manuel Copete destacó el hecho de haberse cumplido ya cuatro ediciones de la celebración del «Bloom’s Day» en Sevilla y recordó que el próximo año alcanzará la quinta edición, «por lo que no se trata de
ninguna moda», que coincidirá con el centenario del día en que transcurre la acción del «Ulises»: el 16 de junio de 1904. En este sentido, Copete afirmó que «habrá que celebrar esta fecha con una conmemoración especial».
    Por su parte, Antonio Rivero,se refirió a Joyce como «un escritor total. Hay quienes no lo leen, ellos se lo pierden. Pero no se pueden ignorar sus avances en la técnica de la novela del siglo xx».
    El «Bloom’s Day» está organizado por la Diputación de Sevilla, en colaboración con la Obra Social y Cultural de la Caja San Fernando, la Casa del Libro, la Casa de la Provincia y el Pub Flaherty.

Sevilla, Bloomsday 2002
Incluimos la información aparecida en la prensa con motivo de este acontecimiento

17 de Junio
ABC de Sevilla (17/6/02) p. 70
Sevillanos, irlandeses e ingleses, leen a Joyce

Ayer se celebró la III edición del Blooms’day

    Quizás no haya ocasión de celebrar un «Blooms’day» más irlandés que el festejado ayer en la Casa de la Provincia de SeviIla horas antes de que que se enfrentaran las escuadras futbolísticas de España e Irlanda.
MARTA CARRASCO
SEVILLA. Ya son tres ediciones en que que el fantasma de James Joyce y su «Ulises» vuelve a pasear por una ciudad que es la más «Joyciana» de España, no en vano fue aquí, en Sevilla donde en 1982 se celebró el primer Congreso en España sobre la figura del escritor írlandés, y también aquí, donde mora uno de sus mejores traductores, el profesor Francisco García Tortosa.
    En el patio de la Casa de la Provincia estamos rodeados de un extraño ambiente: arriba, tesoros etruscos y medievales italianos; abajo, los dibujos de Alberti que nos rodean, y en medio de todo, James Joyce.
    Hace tres años que se creó este «Blooms’day» por la pasión «joyciana» de gentes como el profesor García Tortosa y Juan Antonio Maesso, técnico del área de Cultura de la Diputación. Maesso estaba predestínado a Joyce como la tortilla de patata al picnic. Hace veintiséis años, tal día como ayer, nacía su hija primogénita, María, setenta y dos años después de que James Joyce hiciera iniciar a Bloom, el marIdo de Molly Bloom y a Stephen Dedalus, su recorrIdo por Dublín desde las Torre Martelo.
    Por eso, ayer todo tuvo algo de inusual, como le hubiera gustado al mismo Joyce que parece haber escrito el «Ulises» para elimínar del diccionario la defínición de Literatura.
    Así, abrió el acto un inglés, Robert Freeman, fotógrafo, diplomado en Cambridge. Pelo blanco y semblante siempre joven, nadie reconocería aquí, entre textos “joycianos” al que hiciera todas las mejores y más famosoas fotos de las portadas de The Beatles, y que hoy, preservando su espíritu, vive en el campo sevillano. Este coetáneo de Lennon y McCartney, a quien Alfonso Guerra (el gran ausente en esta edición), le dijo el año pasado: «lee usted con voz muy de Shakespeare», dedicó su lectura del «Ulises» a un irlandés, Gerry Enright, propietario del pub Flaherty, en el que luego, siguiendo la tradición, se servírían pintas de Guinness y riñones.
    Entre el público, sentada en primera fila y mirando atentamente a Freeman, la gran bailarína Trinidad Sevillano, y la nutrida representación irlandesa que lucía la tradicional camiseta verde, mezclada con poetas como Julio Manuel de la Rosa, Emilio Durán, el profesor García Tortosa, y estudiantes de la Universidad de Sevilla que llevaban al cuello la bandera española «para después».
    Suben a leer dos estudiantes un texto en español, y mientras escuchamos el capítulo y las voces de Molly vida Bloom, por encima de sus cabezas, en la ventana superior del patio, un desfile algo fantasmagórico: dos hombres con guantes blancos trasladan una urna funeraria etrusca. Se se estaba preparando la exposición sobre Siena que hoy se inaugura.
    Continúan las lecturas: el profesor García Tortosa, en español, y un estudiante irlandés, con nombre y apellidos que hasta confundirían al mismo Sherlock, Coleman Doyle, hace ocurrir una apasionada lectura del capítulo diecisiete. No es una lectura, es una interpretación, «es que en Dublin, cuando leemos el “Ulises” de Joyce, que es como mi biblia, lo hacemos apasionadamente, casi provocando.  Así he querido hacerlo yo aquí en Sevilla».
    Antonio Rivero, director de la Casa del Libro, no lee a Joyce, sino que relata una publicación reciente que da rienda suelta a la imaginación, resucita al irlandés inmerso en una vida casi eclesial. Rivero, curioso bibliófllo, es de los pocos españoles que han traducido a Tennyson y que habla el idioma gaélico.
    Nuevas intervenciones mientras se acerca el fIlo de las trece horas, el tope para el fútbol. Los irlandeses hacen «mutis» por el foro: hay que ir a preparar las pantallas para el partido, y Anabel Moreno le dedica a Juan Antonio Maesso una de las últimas lecturas, «por todo lo que va a ocurrir la próxima semana», dice. El texto de James Joyce habla de «causas perdidas».
  Antes de acabar el acto, se anuncian novedades para el año próximo: colaboración de la Casa del Libro, y de la Biblioteca Provincial de Sevilla. Y para el 2004, centenario del paseo de Bloom y Dedalus, Maesso anuncia una gran conmemoración, pero sin dar detalles. La sorpresa será a lo «Joyce»: en el momento.


ABC de Sevilla 21/6/02 p.10.

Carta al director enviada por Ana León Távora

Bloomsday
Quienes nos dedicamos al estudio de la obra de Joyce conocemos los riesgos que conlleva la falta de exhaustividad, sobre todo al leer su obra cumbre, «Ulises», una novela extremadamente minuciosa, en donde la caprichosa disposición de la información exige especial atención para evitar caer en interpretaciones erróneas. Precisamente, una falsa impresión pudieron llevarse los lectores de ABC al leer el reportaje dedicado al Bloomsday. Dicho reportaje, firmado por Marta Carrasco y publicado el pasado día 17 de junio en la sección de Cultura, abundaba en inexactitudes o confusiones por parte de la autora.
Por poner sólo algunos ejemplos, el señor Robert Freeman no leyó un pasaje de «Ulises», sino un fragmento de la novela anterior de Joyce, «A Portrait of the Artist as a Young Man». Los «dos estudiantes» mencionados no leyeron cualquier «texto en español», sino un fragmento de la última traducción al español de «Ulises» realizada por Francisco García Tortosa y María Luisa Venegas. Agradezco que se me confundiera con una estudiante, pese a que terminé mi carrera hace ya seis años, me doctoré con una tesis sobre la obra de Joyce y mi compañero de lectura es un ex alumno quien es demasiado respetuoso como para llevar la bandera de España colgada del cuello mientras lee, como podía dar la impresión. A ambos nos sorprendió, además, que según la autora del reportaje se pudieran oír «las voces de Molly» mientras leíamos, ya que el fragmento consistía en una carta enviada por el personaje Martha Clifford al protagonista de la novela. La autora del reportaje comparte algo más que el nombre de pila con la autora de la carta, puesto que la misiva contiene varias erratas, al igual que el apóstrofe aplicado incorrectamente a «Bloomsday».

Diario de Sevilla. Deportes (17/6/02) p. 10

Molly Bloom iba con España
Hojas de Hierba
Francisco Correal
    La principal diferencia es que el final del Ulises es muy español y el final del partido fue muy irlandés. “Yo me tapé los ojos cuando empezó el lanzamiento de penalties. Parecía una película de Hitchcock”. Simon O’Donnell, 26 años, dublinés, trabajó en tiempos tras el mostrador del Flaherty y en la actualidad juega al rugby en el Universidad. “A Joyce le gustaba más el rugby que el fútbol, quizás por ser protestante”.
    Antes del partido hubo un insólito precalentamiento. Como todos los 16 de junio, la feligresía joyceana fue a esa “casi misa de doce”, en palabras de Antonio Rivero Taravillo, director de la Casa del Libro, traductor del gaélico, que le quitó solemnidad al acto, muy en la línea del casticismo de José Antonio Camacho. La afición del seleccionador a los tacos lo convierte en un extraordinario figurante del libro-río de Joyce.
    A la Casa de la Provincia en cuya cultura gobierna Copete se acercan numerosos seguidores de Copetón, uno de los personajes de la novela. El primero en iniciar el turno de las lecturas es Bob Freeman, inglés, autor de algunas de las carátulas de discos de los Beatles. Lo acompaña la bailarina Trinidad Sevillano, que viste un verde muy irish.
    El bar está a tope media hora antes de que Anders Frisk decrete el inicio del partido. Cuando Francisco García Tortosa, traductor del Ulises, elige un pasaje del libro que ocurre a las cuatro de la tarde no imagina que a esa hora todavía va a estar disputándose un partido maratoniano, como el propio libro que ayer se cruzó en su intrahistoria. En los dos escenarios, el de la lectura y el de la cerveza, estuvo Ted Hodkowski, norteamericano de Chicago, nieto de polacos, que en la época de Jimmy Carter trabajó en la Casa Blanca. Ve el partido con más sosiego que Andrés Bursaco, un joven mexicano que se dedica a venderle ataúdes a Cuba. Muy joyceano. Cuenta las horas que quedan para el México-Estados Unidos. Otro partido lleno de literatura. Tan lejos de los frijoles y tan cerca de los Estados Unidos.
    Gerry Enright, el propietario del local, homenajea todos los días a Joyce: inconscientemente, cada vez que un empleado tira cerveza, el alma del escritor irlandés se enseñorea del bar.  El dueño conoce personalmente a Duff, el pelirrojo, el más correoso de los irlandeses. Le gusta la imagen: Mick McCarthy, el seleccionador irlandés, parece un turista paseando junto a la Catedral. y Raúl y Morientes son la viva estampa de Boscán y Andrea Navagiero de cháchara por los jardines del Generalife.
    Tres hombres juegan en el patio al dominó. Sus dos amigas, Adarech Redwine, norteamericana de San Francisco, y Fantaye Abate, londinense, siguen el partido. El mundo al revés. Daniel Reynaud, Donald Barron y Thhin Roy pasan de gritos y emociones fuertes. En la cocina del bar es donde España tiene los apoyos más vehementes.
    “Si estuviera en Dublín, vería el partido en Davy Byrnes, un bar que frecuentaba Joyce”. Gerry invoca el Dublín que dejó. De las tres carabelas del Descubrimiento, a Juan Antonio Maesso la que más le gusta es La Pinta. Es el muñidor del Bloom’s day. Un lector del Ulises repara en el partidazo de Casillas y recuerda un fragmento del capítulo duodécimo del Ulises, titulado El Cíclope, en el que Joyce menciona a una retahíla de personajes como Goliat, Colón, Benjamin Franklin, Guillermo Tell, Volta, Galileo y el Héroe de la Portería. “Para lo joven que es, tiene la cabeza muy fuerte”, dice de Casillas Simon O’Donnell, que en el equipo del colegio jugó con Eoin Costigan, otro irlandés afincado en Sevilla. O’Donnell, duque de Tetuán, dice Joyce en el Ulises.  En el callejero de Sevilla, el apellido y su título se funden en La Casa del Libro, donde se han vendido unos 50 Ulises. Irlanda no contaba con que Molly Bloom iba con España. Asiente Marta Salorio, que se vino desde La Coruña a festejar el Bloom’s day el Mendieta’s day.

16 de Junio
Diario de Sevilla. “El día por delante” (16/6/02) p. 59

Diario de Sevilla. Deportes (16/6/02) p. 5

Lecturas del partido

El Pobre Paddy cae de la lista
FRANCISCO CORREAL
    El 16 de junio de 1904 cayó en jueves. Es el día en el que transcurre la acción del Ulises, de James Joyce. Nunca Irlanda y España habían Jugado un partido en Bloom’s day. El Ulises es una novela con dos protagonistas y los dos susceptibles de jugar con Irlanda: en aquel 16-J, Leopold Bloom agente publicitario, tenía 38 años; Stephen Dedalus, 22. Pero por las aficiones del autor de la novela, tendrían más futuro en el presencia en el rugby. “Rugby, melée, brazos arriba. No tocar para chutar”.
    A José Antonio Camacho le haría gracia saber que uno de los un paisano del seleccionador, un filólogo de La Ñora (Murcia), pueblo al que homenajea en el intraducible Finnegans Wake, un filólogo que en la mañana de hoy se sumará a la lectura de uno de los libros más controvertidos e influ yentes de la literatura universal. Esta alianza de Francisco García Tortosa con Mick McCarthy, seleccionador irlandés, es la tónica del Mundial: a los franceses los humilló el francés que entrena a Senegal; Alemania se enfrentó a una Camerún dirigida en el banquillo por un técnico germano, la viva estampa de Fitzcarraldo; un brasileño entrena a la selección de Costa Rica que se despidió de su segundo mundial contra Brasil.
    En puertas de la cumbre europea de Sevilla, el Ulises se reivindica como un homenaje premonitorio al euro: la fecha de su desarrollo, 16 del 6, coincide con el cambio de las 166 pesetas de moneda europea en la equivalencia de nuestro país. En su última presencia en un Mundial, el de  Estados Unidos, Irlanda fue la única selección capaz de derrotar (gol de Houghton) a la Italia de Arrigo Sacchi, que le ganó a Nigeria, Noruega, España y Bulgaria, empató con México y Brasil, con quien perdió la final cuando Roberto Baggio no fue capaz de batir en la tanda de penalties a Claudio Taffarel, portero que estaba en el paro.
    Las únicas bajas de Irlanda para este domingo son Roy Keane y Paddy Dignam. El pobre Paddy, que dejaba viuda y cinco niños, y cuyo entierro es el hilo conductor de buena parte de la novela. Lo entierran en el cementerio de Dublín, cuyo director, O’Connell,se apellida como el irlandés que hizo al Betis campeón de liga. A Joyce no le gustaba el fútbol. Tampoco le gustaba demasiado Irlanda. Del primer amor, cuenta Richard Ellmann, su biógrafo. “Un tal Mc Guinty, que cuando era niño viviía por allí cerca y jugaba en la misma calle, recuerda que el gran Joyce, después de ver a los chicos jugar al fútbol con una pelota de trapos, decidió dignificar el juego y un día trató de convencerlos para que jugaran al rugby, más digno y peligroso”. En cuanto al segundo desamor, “tú mueres por tu país”, dice Stephen Dedalus, “pero digo yo, que mi país muera por mí”.
    Joyce se anticipa a la leyenda del gamo de Dublín—sobrenombre de Piru Gaínza—definiendo en el Ulises la furia española: “Los españoles, temperamentos apasionados como los que más, impetuosos como el mismísimo diablo, son dados a tomarse la ley por su mano y te dan menos que canta un gallo con esas facas puñales que llevan en el abdomen”. Camacho haría suya esta frase de Bloom: “cuando uno va sin escopeta la de liebres que saltan”. El único Ulises del Mundial fue eliminado: Ulises de la Cruz, defensa de Ecuador.

 

El Pais. Andalucía (16/05/02) p.2

Irlanda
JUSTO NAVARRO
    No sé si iré al bar de mis amigas irlandesas a ver el España-Irlanda: diversión y división interior, porque allí yo era irlandés el día del Irlanda-Alemania, treinta irlandeses y yo en comunidad cervecera-futbolística, más una de las socias del bar, hispano-belga con camiseta de Irlanda ese día. Este domingo es además 16 de junio, Día de Bloom, como nos recordaba el martes Ian Gibson en esta misma página. Bloom es uno de los héroes del Ulises de James Joyce,irlandés, y la mujer de Bloom, Molly, era de Gibraltar, hija del comandante Tweedy y de la española Lunita Laredo, una perdida (seguramente Barry Gifford pensaba en Lunita cuando inventó su Perdita Durango}. Ulises es una novela muy de aquí, como apuntaba Gibson, y las tres ciudades que aparecen en su última página son Gibraltar, Algeciras y Ronda.
    No sé si alguien lee todavía el Ulises, no sé si alguien sabe quién fue Joyce, tan famoso en otro tiempo que salía en las novelas policiacas, quizá porque lo persiguió la justicia de Nueva York y, segun sentencia, por su culpa quemaron la revista donde Ulises aparecía por entregas hacia 1920: hay una novela negra en la que un ejemplar del Ulises en el bolsillo de la gabardina salva al detective: a una novela así no conseguía traspasarla ni una bala. aunque yo conozco a alguien que la ha traspasado un par de veces, hasta el final, cuando por fin se llega a Ronda. No sé si Joyce existe todavía, pero todavía hay quien celebra en su honor el Día de Bloom. desyunando lo que desayunó Bloom el 16 de Junio de 1904, día en el que caben 1.001 páginas: un riñón de cerdo a la plancha, pan con mantequilla y té.
    Antes le prepara el desayuno a Molly, su mujer, té y tostadas, se la lleva a la cama y, mientras le explica el significado de la palabra metempsicosis (Molly ha chocado con la metempsicosis en una novela rosa de la biblioteca pública) y aparta bragas y medias sucias, a Bloom se le quema levemente el riñón de cerdo. Así que hoy, para celebrar bien el Día de Bloom, conviene tener una gata, como Bloom, que le echa a su gata las partes chamuscadas. Hoy es un domingo irlandés perfecto, con taberna y fútbol y todas las cabezas dirigidas católicamente hacia un mismo punto, el televisor, y los vasos casi vacíos y como abandonados en la barra, cerveza para los fantasmas del bar. (Hemos cogido la costumbre del bar irlandés, en la calle Elvira de Granada, la calle Granada de Málaga o la plaza de la Catedral de Sevilla, bares oscuros y atestados de cosas viejas, quinqués, maletas y estuches de violín, como en el Durty Nelly de Nerja, tesoros de emigrantes, de cuando la hambruna de la plaga de la patata llenaba en 1848 los llamados barcos-ataúd que huían hacia América, como me recuerda Carlos Mendo. ¡EI hambre siempre ha sido una estupenda, terrorífica agencia de viajes!
    Feliz entre estos asuntos recreativos, historia, literatura y fútbol, se me va la realidad. Quiero enterarme: pregunto si alguien sabe algo del debate político en el Parlamento andaluz sobre la vida en la región. ¿Debate? ¿Qué debate? Nadie sabe nada, ni se entera. La política andaluza ha desaparecido, lo que no sé si es un desastre o una magnífica señal.

El Mundo (16/06/02) p.5

15 de Junio
ABC de Sevilla (15/06/02) p.56

JUAN ANTONIO MAESSO

STEPHEN DEDALUS
    QUE yo he visto a varios Stephen Dedalus sevillanos es verdad. Pero ellos no lo sabrán hasta que no se les infiltre en el corazón una sibilina epifanía. Pero los hay. Hay escritores sevillanos que como Stephen dan vueltas a la ciudad acompañados de Bloom, ese americano de aire marsetiano que nos ha desvelado en su último libro las múltiples almas de Hamlet!!!
    Y si Stephen es Joyce, según dicen, pues ya la hemos liado. O sea que Sevilla está cargada de tipos cegatos, que escriben con letra menuda palabras como: «doblechirriantemente», o, «coreomarchó» -¿qué se marchó bailando? Joder Y hay, lo aseguro, escritores sevillanos—acotemos para no herir sentimientos—escritores andaluces, que pudieran llegar a comentar como Stephen, contestando a «El mundo cree que Shakespeare cayó en el engaño,… y salió de él lo más rápido y mejor que supo»: «¡Tonterias!, dijo Stephen groseramente. Un hombre de talento nunca cae en el engaño. Sus errores son deliberados y son portales del descubrimiento».
    Aunque puede que este próximo domingo alguna epifanía, ataviada de ángel trompetero, sobrevuele Sevilla, y entonces serán Yeats, y Blake, Don Quijote y Sancho Panza, la Fierecilla domada, Ann Hathaway, Cleopatra, Bernard Shaw, ¿habrá en Sevilla algún bibliotecario cuáquero? Creo que no, pues estaria por asegurar que llegado el momento todos se marcharon a Pensylvania, aunque si pudiera haber algún bibliotecario nacionalista… eso seria entretenido… Más que entretenido desternillante, porque a veces el Ulises te arranca una risasonrisa carcajeante (a que parece un inmundo plagio… pues. qué bien…) y no sólo en este «Escila y Caribdis» que hoy me ha dado por leer (Perdón, releer, pues sino quedaría bastante mal, como dijo Monterroso…) y algún que otro judío despistado sobre el que quién sabe quién podria cocear: «Jehová, el recaudador de prepucios ya no existe. Lo encontré en el museo adonde fui a saludar a la enespumanacida Afrodita. La boca griega que nunca se ha enarcado en oración. Todos los días debemos rendirle homenaje…» ¿No podrían ser la palabras de un palestino, nacido en Chipre?
    Les ruego que me disculpen este rompecabezas nacido de la epifania anual que recorre esta ciudad cada año, desde hace dos: el culpable de tanto disparate es la lectura del Ulises; la celebración del Bloom’s Day. Cada año, decia, una serie de «ulises-literariotarados» nos da por reunirnos, y leer fragmentos de un libro cultísimoenigmáticocarcajeanterompecabezasapagaojos… Pero como algunos nos empeñamos en que Sevilla se parece a Dublin…

14 de Junio

ABC de Sevilla (14/6/02) p. 62
Riñones, cerveza negra y fútbol para homenajear a James Joyce en el Bloom’s Day
J.M.
    SEVILLA. Por tercer año consecutivo se celebrará en Sevilla el Bloom’s Day, es decir, el homenaje que cada año dedican los lectores del «Ulises» a James Joyce.  Será este domingo 16 de junio, el día en que transcurre la acción de esta obra, en el pub Flaherty, que acogerá una fíesta literaria donde se leerán capítulos de esta influyente novela.
    El programa se presentó ayer en el Flaherty, al que asistieron representantes de las instituciones organizadoras: el vicepresidente de Diputación, Manuel Copete; el director del Festival de Itálica, Juan Antonio Maesso; el director de la Obra Cultural de la Caja San Fernando, José Manuel Amores; y el traductor del «Ulises» y catedrático de Literatura Inglesa de la Universidad de Sevilla, Francisco García Tortosa. Este año, el programa incluye la tradicional ingesta de riñones y cerveza negra en el pub Flaherty durante la lectura, tras la cual los presentes podrán ver el partido entre España e Irlanda. El cartel anunciador de esta edición lo ha realizado Curro González.
    La organización confía que el próximo año se pueda ampliar el Bloom’s Day a otros ámbitos, como la biblioteca municipal y la sede de la Obra Cultural de la Caja San Fernando, que acogerían lecturas y debates al hilo de esta obra de James Joyce.
Diario de Sevilla (14/5/02)
LITERATURA
La Casa de la Provincia celebrará el ‘Bloom’s Day’ el día del encuentro España-lrlanda
SEVILLA.
Sevilla conmemorará por tercer año consecutivo el Bloom ‘s Day con una lectura colectiva del Ulises de James Joyce, que se celebrará el próximo domingo por la mañana en la Casa de la Provincia, y en la que, entre otros, tienen previsto participar el filólogo Francisco García Tortosa (traductor de la obra), el fotógrafo Bob Freeman, el hispanista Ian Gibson y la bailarina Trinidad Sevillano. Posteriormente, el pub irlandés Flaherty’s ofrecerá una degustación de cerveza y riñones -tan presentes en el texto de Joyce-, al tiempo que iríandeses residentes en la ciudad y españoles podrán seguir en el mismo local la retransmisión por televisión del partido que enfrentará a ambas selecciones en el Mundial de Fútbol.

Noticias

Sevilla, Bloomsday 2001
Joyce, escritor sevillano

Notas de Prensa:

Joyce, escritor sevillano 

“Not Rose, Sevilla nor Citronelle” (FW 223. 6)

    Los que vivimos en Sevilla tenemos suerte con Joyce, ya que el sábado pasado pudimos celebrar en compañía de otros aficionados el Bloomsday. Por segundo año consecutivo, esperemos que se convierta en algo para muchos más, varias personas organizaron el Bloom’s Day (sic) en la capital de Andalucía. Incluimos las notas de prensa aparecidas en la mayoría de los diarios y parte del folleto que se podía recoger en la Diputación de Sevilla. Que cada cual, tras leerlas, opine lo que crea más conveniente o lo que le interese. De todos modos, con la de cosas que pasan en esta ciudad en la época, es curioso que Joyce ocupara una página en la mayoría de los periódicos.
    Fue interesante escuchar fragmentos de Ulysses o de Ulises en boca de personas que, es típico de los que nos dedicamos a esto, no tienen nada que ver con la universidad. Quizá el hecho de la publicidad en la prensa haya hecho que algunos se tuvieran que quedar de pie, y dificultó lo de pillar una cerveza gratis en el pub irlandés después. Pero estuvo muy bien, en suma.
    Lo cierto es que Joyce es un autor que está unido a Sevilla desde hace tiempo. Hagamos, de memoria, con lo que podré equivocarme, un repaso de acontecimientos:

-Es en Sevilla donde se celebró el primer congreso sobre Joyce en el Estado Español. Fue allá por 1982 y los que tenemos las actas, a falta de edad para haber asistido, nos asombramos de leer los artículos de algunos de los nombres más prestigiosos sobre el tema.
-Es también en Sevilla donde el servicio de publicaciones de la Universidad ha publicado tres monografías sobre el autor.
-En esta ciudad se gestó y fundó la Asociación Española James Joyce, a la que represento como redactor de su página web oficial. (Es absurdo esto de oficial, pues no nos van a salir apócrifas como en las de los cantantes). La guinda de la Asociación, fue también en Sevilla, pues un servidor, que entonces estaba en el paro, profesión muy sevillana, y tenía tiempo para eso, consiguió el registro de la misma y el CIF en la Delegación de Hacienda principal de esta ciudad.
-Esta ciudad tuvo el honor de ser anfitriona de uno de los congresos internacionales más importantes de Filología Inglesa del mundo, el dedicado a James Joyce. Hay quienes tienen su ídolo en la persona de Gastón Casas, N. Olivera o Alejandro Sanz, pero para un joven aspirante a filólogo como yo,  mis ídolos eran Fritz Senn y Bernard Benstock. Y fue en mi ciudad donde tuve la oportunidad de hablar con ellos. Un poco más tarde, me emocioné al ver una foto de la Giralda en el James Joyce Quarterly, como otros se emocionan al ver a su hijo vestido de nazareno o a su hija casándose en la capilla de la Virgen de los Reyes.
-Si veis las secciones de publicaciones, así como los programas de los “Encuentros” en esta página, veréis como los miembros del “Grupo de Investigación James Joyce” de la Universidad de Sevilla le ganan en número a ponentes y estudiosos de otras localidades.
-En la Universidad de Sevilla se han presentado varias tesis,–a ver si la próxima es la, cuando no hay talento, no hay, chapuza que estoy preparando–, y se han llegado a impartir en el mismo año hasta dos cursos de doctorado sobre este autor. Además, aunque no sé mucho de los nuevos planes de estudio,  dudo que haya habido un curso monográfico de doctorado sobre Finnegans Wake en otra universidad española.
-También en Sevilla se realizó la única traducción creíble del capítulo  “Ana Livia Plurabelle” y se ha traducido muy bien Ulises.
-Por último, esta página web se ha gestado en Sevilla y, pese a algunos amables y eficaces ofrecimientos, me ocupé de que saliera en Sevilla, aunque esperamos colaboración de otros lugares.

    En definitiva, que la relación de Joyce con Sevilla es muy grande. Y si leéis los artículos de abajo, veréis que es mayor, aunque todavía, como trianero que soy, espero que Paco Tortosa me explique eso de que Dublín tiene relación con mi barrio y no con Sevilla. Pues lo que faltaba, que si los dublineses tienen la Guinness, los sevillanos tenemos la Cruzcampo. Y aunque a los onubenses no les gustamos demasiado los nativos de la ciudad más importante del sur de España, el año que viene en los “Encuentros James Joyce” a celebrar en su joven Universidad, los amantes de la cerveza vamos a beber Cruzcampo, que para eso soy yo uno de los organizadores. No sólo tenemos a San Fernando, sin el cual nos hubiéramos quedado sin Semana Santa, o tenemos la Feria, el Cristo del Gran Poder, la Giralda o la vista del Guadalquivir que se retrata en el Tenorio, sino que también tenemos a Joyce.  A lo mejor otro aspirante a alcalde imita el vídeo de un conocido alcaldable y sitúa a Paquita Rico, Juanita Reina o a Isabel Pantoja paseándose por la calle Sierpes y al encontrarse con nuestro escritor le dice: “Joyce, miarma….”
    Así, cuando nos visiten nuestros descastados hermanos andaluces, tendremos otro motivo para sacar la pancarta que se vio en el único estadio terminado y útil de esta ciudad fundada, según queremos creer, por Hércules y Julio César: “Vuestra envidia es nuestro orgullo”.
    Como no he estado todavía en Dublín, no sé si se parece tanto a Sevilla como dicen los intelectuales. Pero yo también encuentro similitudes entre localidades. A mí, por ejemplo, me recuerda el pueblo sevillano de Arahal a la ciudad de Michigan de Ann Arbor: no son capitales, en las dos localidades hay tontos y cornudos y en las dos me trataron mal. Y, por si esto fuera poco, en las dos hablé de Joyce.
    Como cada uno es libre de pensar y decir lo que quiera, no voy a desdecir a nadie, pero sí voy a decir lo que pienso. Con lo que Joyce tiene relación es con la Universidad de Sevilla. Y todo viene del momento en el que un profesor que estaba en Santiago, se vino a Sevilla a ocupar una cátedra, algo impensable con el sistema de acceso que rige hoy en día. Y como es un catedrático al que la gente hace caso, no como a otros a los que todos conocemos, pues sembró una semilla que está germinando, y a las pruebas me remito, ahí están los actos y publicaciones.  Si se hubiera quedado en Galicia, cuestión que le encantaría a muchos, como al catedrático de Filología Inglesa de La Coruña Antonio R. de Toro, el noventa por ciento de las cosas que se han hecho en Sevilla, se habrían hecho en Galicia. Y, por motivos que no vienen al caso, habría bastante más libros y artículos.
    Este señor, que, habrán adivinado, es el Doctor García Tortosa, no es ni sevillano siquiera, sino que es de un pueblo que no voy a nombrar para que así lo busquen en la traducción del capítulo de Finnegans Wake. Y de todo lo que se ha hecho aquí en Sevilla, si no me equivoco, sólo tres somos sevillanos. Y de esos tres, sólo yo, que yo sepa, salgo de nazareno, soy socio de una caseta de Feria, aunque no voy, leo los libros de leyendas sevillanas y he representado a mi Hermandad en la procesión del Corpus.
    Pero pese a todo, Sevilla–su universidad lleva ese nombre–seguirá produciendo sobre Joyce. Y si los gallegos, alicantinos, alcalaínos o jiennenses pueden, que nos cojan. Por lo menos a ellos, como no están en esta ciudad, no los despreciarán. ni les ignorarán, ni les dificultarán la labor.

Rafael I. García León (Bloomsday 2001)

Extracto del folleto repartido en el acto

 

 

Dios mío después de aquel largo beso casi me quedo sin respiración si dijo que yo era una flor de la montaña sí que somos flores todas el cuerpo de mujer sí fue la única verdad que dijo en su vida y el sol brilla para ti hoy si por eso me gustaba por que vi que entendía o sentía lo que es una mujer y yo sabía que siempre le podía buscar las vueltas y le di todo el placer que pude invitándole hasta que me pidió que dijera sí yo no queda contestar al principio sólo miré a lo lejos el mar y al cielo pensaba en tantas cosas que él no sabía en Mulvey y Mr. Stanhope y en Hester y en padre y en el viejo capitán Groves y en los marineros jugando a antónpirulero y a las prendas y a mear alto como ellos lo llamaban… y los ventorrillos medio abiertos por la noche y las castañuelas y la noche que perdimos el barco en Algeciras y el sereno de un sitio para otro sereno con su farol y O aquel abismal torrente O y el mar el mar carmesí a veces como fuego y las puestas de sol gloriosas y las higueras en los jardines de la Alameda si y todas aquellas callejuelas extrañas y las casas de rosa y de azul y de amarillo y las rosaledas y los jazmines y los geranios y las chumberas y el Gibraltar de mi niñez cuando yo era una Flor de montaña sí cuando me ponía la rosa en el pelo como hacían las muchachas andaluzas o me pondré una roja sí y cómo me besaba junto a la muralla mora y yo pensaba bien lo mismo da él que otro y entonces le pedí con la mirada que me lo pidiera otra vez sí y entonces me preguntó sí queda sí decir sí mi flor de la montaña y al principio le estreché entre mis brazos sí le apreté contra mí para que sintiera mis pechos todo perfume sí y su corazón parecía desbocado y sí dije sí quiero Sí                   Final del Monólogo de Molly Bloom
                                 James Joyce
¿A quién le gusta el Ulises?
 ¿A quién le puede gustar Stockhausen, a quién le gusta Cage, quiénes disfrutan con Godard, quiénes se detienen emocionadas ante un cuadro de Pollock y sienten un estremecimiento que va desde la cabeza a los pies?. Solo a aquellos que frente a una obra que les supera son capaces de buscar y buscar partiendo de cero una forma de entender lo que le rodea y apreciar lo que no sea absolutamente evidente. A veces ese camino es largo, otras veces nunca se llego a la meta deseada, pero casi siempre el viaje merece la pena pues en el fondo es una meto en sí mismo.
   James Joyce buscó y encontró, con la publicación del Ulises aquello que buscaba; destrozar la literatura desde la misma literatura. Hacer una narración que fuera la antítesis de narrar. Transportar la vida y los sonidos que de ella se derivan a signos escritos, hacer de una novela un catálogo de sensaciones con referencias tan imposibles de abarcar que terminaron por crear un código diferente al del propio autor. En puridad el único lector posible del Ulises, en cuanto era el único que poseía todas las claves que se ocultaban en su interior era el propio Joyce. Pero si lo piensan un poco en la práctica ha sido el único que ha estado condenado a leerla en una sola dirección. Siempre he pensado lo terrible que debe de ser crear una obra de esa magnitud y no poder viajar en su interior con la absoluta libertad que da el desconocimiento inicial de sus reglas. Es como el
 saber el final de una intriga antes de iniciarla. Nos queda no obstante la esperanza de que fuera la propia obra la que fuero imponiendo sus reglas conforme Joyce la fuera escribiendo, en el fondo toda obra tarde o temprano termina superando al autor que las crea.
   Seria un error no obstante pensar que solo se trata de un juego literario para una elite culta y manierista, es mucho mós. Un extraño reto que proporciona momentos de una lucidez increíble y que curiosamente son tan personalés como intransferibles. Cada lector tiene su propio Ulises, el de algunos tiene seiscientas paginas, el de otros apenas cien, los hay quienes se conforman solo con la portado pero en el fondo es siempre el mismo libro, el mismo reto, lo misma provocación.
   Algunos tardan una semana en leerlo, otros necesitan toda una vida y aunque parezca mentira es precisamente esto su auténtica grandeza, quizás sólo comparable con la del Quijote. En realidad yo hace años que he llegado a la conclusión de que no puede ser leído sino que exige ser vivido, lo que complica las cosas pero las hace mucho más bellas. Sólo desde esta perspectiva puede entenderse que año tras año algunos locos en lugares imposibles se dediquen a celebrar la primera frase de un libro: “Majestuoso, el orondo Buck Mulligan llegó por el hueco de la escalera, portando un cuenco lleno de espuma sobre el que un espejo y una navaja de afeitar se cruzaban”.
                                         Manuel Grosso

Además: “Bloomsday en Sevilla, de Ian Gibson; ¿Joyce y los políticos?, de Manuel Copete Núñez y “Cerveza y literatura”, de Juan Antonio Maesso
Notas de prensa

16/VI/01

17/VI/01

19/VI/01
ABC de Sevilla, 16/VI/01,  por Alberto García Reyes

lan Gibson: «El “Bloom’s day” celebra el milagro de la palabra literaria»
La Casa de la Provincia homenajea a Joyce con la lectura de «Ulises»
    Cuatro horas después de lo que Joyce fijó en su obra, un día antes y a un par de miles de kilómetros de Rathgan, Bloom celebró su día. En la calle Alemanes se reunieron ayer lan Gibson, García Tortosa, Juan Antonio Maesso, Damien Enright, Bob Freeman y Chus Cantero, un número de personas que, como hubiera deseado el autor dublinés, era múltiplo de tres. Mas las pintas triples no provocaron la Epifania…

    Por segundo año consecutivo los admiradores del «Uises» de James Joyce pueden festejar en Se-
villa el mítico «Bloom’s Day», que se celebra hoy. La Casa de la Provincia promueve esta actividad que, según Juan Antonio Maesso, tiene como objetivo final el hecho de que «la gente termine leyendo libros».
     Por ello, el hipanista lan Gibson se presentó en el Pub Flaherty de la calle Alemanes a las doce de la mañana de ayer -veinte horas antes del momento en el que Joyce fija el comienzo de «Ulises»- y rompió una lanza en favor de la obra joyciana, afirmando que «estamos celebrando el milagro de la palabra literaria. A mí me da mucha pena la gente que no lee, vivimos una época de telebasura y eso me duele». Sin embargo, Gibson señaló que para él es «magnífico que Sevilla celebre este día. Yo creo que, en definitiva, España e Irlanda son el mismo país. Esta es una ciudad tan mítica como Dublín y se puede establecer una conexión aún más importante: Joyce es el gran genio irlandés universal, Lorca es el gran genio andaluz mundial y en ambos se da el caso de que tienen una literatura dificil de entender en algunos momentos concretos de su obra».
     Por su parte, el profesor Francisco García Tortosa, que acaba de ver publicada su traducción al castellano de «Ulises» a través de la editorial Cátedra destacó que «igual que se dedica un día al Quijote también es bueno que se haga lo mismo con el Ulises, porque Joyce es un genio indiscutible de la literatura universal del siglo XX».
     Después de romper el hielo empezaron a escanciarse pintas de cerveza negra para amenizar la charla. El propio Maesso justificó la medida: «El alcohol ha estado presente en las vidas de todos los grandes escritores». Ian Gibson le echó un cable: «En Irlanda no se concibe la literatura sin unas copas, porque eso provoca la charla, el diálogo».
     La propuesta continuó ayer a las 19 horas en la Casa de la Provincia con la proyección de las películas «Nora», de Pat Murphy, y «Los muertos», de John Huston.
     Pero el gran momento final está previsto para hoy a partir de las 21:30 horas. Una lectura de textos del «Ulises» precederá a una buena sesión de pintas y riñones en el Flaherty. Se habrá llegado entonces al capitulo 14, porque además de Stephen Dédalus y Leopold Bloom, la fiesta hará que coincidan y congenien el público y una obra maestra de las letras.

ABC de Sevilla, 16/VI/01. “Cerveza y literatura”, Por José Antonio Maesso

    En cuanto amanece en Dublín, todos los 16 de junio -día en que comienza el Ulises- multitud de joycianos se echan a la calle para seguir un itinerario preestablecido en la novela; un itinerario que no por realista deja de ser inventado, pues el artista ve cosas que otros no podrán ver jamás.
 Desde las Torres Martelo hasta el famoso duetto a dos vergas, ya ahítos los riñones de alcohólica espuma, se hace un recorrido interior que es la ciudad y es el alma de Bloom o del mismísimo Joyce.
     Los dublineses leen y beben, y comen riñones, y mean y eructan todo un día interminable. El Liffey los observa impertérrito en su inacabable coito con la ciudad. Sevilla se parece algo a Dublín. Algunos dicen que demasiado. Sus personajes, sus bares que ahí se llaman Pubs, su empecinamiento religioso, puede que también se parezcan en el odio a los judios -y sin embargo Bloom es judio, el único judio en tierras irlandesas: paradoja exquisita y refinada de un Joyce que ironiza con la tierra que baña el Mar de Irlanda-. Y Molly, la gorda Molly, su mujer que ama las flores en el pelo de las andaluzas, se refocila y emite chilliditos de placer nada puritanos, al tiempo que él intenta vender un anuncio de prensa: jamás se ha visto en la literatura un ser tan digno de lástima. Al menos eso piensa Bloom -que su mujer emite chilliditos de placer en brazos de su manager- mientras recorre las calles, con Stephen Dedalus -su alter ego, aquel artista adolescente que fue Joyce, discute con el nacionalista radical que no deja de parecer el tipo más ridículo de la historia; ve pasar un féretro que pudiera ser su propio cadáver expuesto a las miradas morbosas de un pueblo catatónico…
     Y mean la cerveza ingerida durante el día: pintas de exquisita cerveza negra con corona color café dorado, y se consuela de todo un día que es una vida completa.
     El Guadalquivir copula con Sevilla, que abre gustosas sus piernas de cemento o arboleda, y nos consolamos también, ya entrada la noche, caminantes ebrios de una ciudad que en algo se parece a Dublin, intentando zafamos de un cuasi eterno desasosiego.

Los Homeros de la Puebla, por Francisco Correal (Diario de Sevilla, 15/VI/01)

    El Ulises pudo  ambientarlo James Joyce en Triana: “Buen lío sería cómo cruzar Dublín sin pasar por una taberna”. Nació junio lleno de guiños joyceanos que uno ha recopilado para enviarlos donde van todos los periódicos usados al día siguiente, es decir, el Bloom’s day. Santiago Segura y José Luis Moreno asisten en Terra Mítica, Benidorm, al estreno de la nueva atracción El rescate de Ulises, recreación del viaje de Telémaco en busca de su padre. Telémaco es el título del primer capítulo del Ulises. En la torre Martello, Stephen Dedalus dice algo que más de una vez habrá pensado Manuel Chaves al escuchar la analogía de Pepe Guzmán sobre el parecido de su cabeza con  el escudo del Barcelona: “¿Quién eligió esta cara por mí?”.
   El Guzmán de la novela es el “pobrecillo” de Paddy Dignam, al que se pasan todo el libro enterrándolo. El gerente del cementerio de Dublín es Mr. O’Connell, el mismo apellido del entrenador irlandés que le dio al Betis su único título de Liga. Joyce era un profeta de la fiebre aftosa, sobre la que se extiende con todo lujo de detalles mucho antes de que arruinara a los granjeros ingleses. Roy Keane le marca un gol a Portugal en Dublín. Figo no va a tardar en empatar. Ulises es el protagonista de la novela Son de mar que ha llevado al cine Bigas Luna. Eclipse de Luna, según Carlos Colón. Joyce, por cierto, estuvo a punto de regentar una sala de cine. John Huston lo homenajeó en la cinta De entre los muertos. Si los enterraran de pie, habría más sitio, dice alguien en el responso por Dignam.
    Las vísperas del Bloom’s day vienen marcadas por el no irlandés al Tratado de Niza. Tendrán que leerse la novela de Hipólito G. Navarro Las medusas de Niza. “España es una anomalía en Europa”, dice Juan Goytisolo en una entrevista. Igual es que somos irlandeses sin saberlo. El día D, Alejandro Sanz actúa en Córdoba, con el grupo Bacilos de telonero. Las Irlandesas están en Castilieja de la Cuesta y allí enterraron a Hernán Cortés y evocó pecadillos de adolescencia. Alfonso Grosso en Florido Mayo. Joyce, Florido Junio, es tan actual que hasta te recuerda los deberes. La cita que tengo con el dentista, el doctor Antonio Ortiz: “…sacó un carrete de hilo interdental del bolsillo del chaleco…”; o con el peluquero, el doctor Antonio Melado, cuando Simon Dedalus, tras quitarse el sombrero de copa y soplarse su frondoso bigote, “se peinó el pelo a lo galés con el rastrillo de los dedos”. Le preguntaré al peluquero, casado con la galesa Hellen, en qué consiste ese peinado. Esta convención de las fechas tiene su utilidad: el 16 de junio, día de Bloom, viene como fecha de caducidad en la última remesa de yogures. Joyce enseña que los periódicos usados sirven para envolver jabón y evitar que se manchen los pantalones en la genuflexión. Amén.

Diario de Sevilla 16/VI/01, p.46, por Blas Fernández

La celebración literaria en tomo al “Ulises” de James Joyce contará en esta ocasión con el hispanista irlandés lan Gibson como invitado especial
    Dublín no es Sevilla, por mucho que se fuercen las comparaciones a la búsqueda de innecesarios argumentos. Por eso, y por lo otro, por lo que quieran, la ciudad se suma por segundo año consecutivo a la red internacional de capitales que albergan la celebración del Bloom’s Day, evocación del peculiar recorrido que Bloom, personaje del Ulises de James Joyce, inicia el l6 de junio de 1904 en las Torres Martelo.
      “Yo sí le veo alguna concomitancia con Sevilla, al menos en algunos de sus personajes”. Aunque
Paco García Tortosa dice que “el parecido no es con Sevilla, sino con Triana”, insiste Juan Antonio Maesso, director de Artes Escénicas de la Diputación e instigador de un proyecto que, ya el pasado año, se saldó con un rotundo éxito en su versión resumida (en otras latitudes llega a durar lo que el paseo, 18 horas y45 minutos).
      “Sevilla no necesita una fiesta más -dice el profesor García Tortosa, autor de la última traducción del Ulises al castellano-. Las hay deportivas, religiosas… Pero ésta es una celebración literaria, que falta hace. Si se celebran, la gente termina leyendo libros. Cuando se abrió el Maestranza yo pensaba que iba estar vacío, porque aquí no había afición a la ópera, y sin embargo ahora es imposible encontrar un asiento libre. Así que igual que se va al Maestranza, la gente terminará leyendo Ulises, una de las grandes obras de la literatura universal”.
     Ulises también se puede escuchar. En eso consiste la celebración. A las 21.30, en la Casa de la
Provincia (Plaza del Triunfo), volveremos a asistir hoy a la lectura de diversos pasajes a cargo de los citados y otros invitados, como el dublinés lan Gibson, quien recuerda que “Joyce nunca estuvo físicamente en España, pero sien espíritu, porque Ulises está lleno de referencias a Andalucía”. “Celebrar el Bloom’s Day en Sevilla es bastante milagroso -ironizaba-. Siempre digo que España e Irlanda son el mismo país, pero con dos secciones, una en el norte y otra en el sur. Yo me vine a la del sur porque Irlanda era entonces un país irrespirable, con el Ulises prohibido por la Iglesia Católica”.
     Coincide el hispanista con García Tortosa en que “lo que celebramos es el milagro de la palabra li-
teraria. A estas alturas sólo creo ya en la cultura, por eso me apena que haya gente que no sepa leer un libro. No se puede vivir sin imaginación, pero en una época de telebasura, la competencia con la literatura es feroz”.
     Como el pasado año, el Bloom’s Daysevillano terminará, a eso de la medianoche, en el Pub Flaherty (c/Alemanes). El ritual exige riñones y pintas de Guinnes. Y para eso tampoco hacen falta más excusas, aunque la mejor la diera Chus Cantero, director de la Casa de la Provincia: “Ulises no es una cosa lejana, irlandesa, sino parte del mundo moderno”.

Continúa la polémica en torno a la edición de Francisco García Tortosa

    Cuando se le pregunta a García Tortosa cómo se ha solucionado el conflicto que mantenía en el limbo de los libros su edición de Ulises -retirada por Cátedra en el 99, pocos días después de su aparición, tras las exigencias económicas de Stephen Joyce, nieto del autor- el profesor responde cáustico: “Pues como se arregla todo, con dinero”.
        Cuánto ha pagado Cátedra es una incógnita para el traductor, que ya ha visto cómo su curiosidad, y la de otros, ha servido para que la editorial se retire de la presentación oficial del volumen, el próximo día 25, aprovechando la celebración de la Feria del Libro. “La presentación la hará Alfonso Guerra, pero el director de la editorial no vendrá”, comenta García Tortosa, quien se queja de que ni él ni María Luisa Venegas -coautora de la traducción- “hemos visto todavía ni un duro, ni como liquidación de los ejemplares vendidos en el 99 ni como adelanto”.
        El profesor apunta que el autor de la anterior edición de Ulises en castellano (José María Valverde, Barcelona, 1976), recibió como adelanto “un millón de pesetas de los de entonces, de los años 70”.

El Mundo,  Andalucía  16/VI/01, p.16, por Eva Díaz Pérez

     «Si puedo llegar al corazón de Dublin, puedo llegar al corazón de todas las ciudades». Lo decía James Joyce. Hoy, 16 de junio, el Bloom’s Day, la fiesta literaria contemporánea, todas las ciudades se miran en Dublin, se buscan en el espejo de las ciudades míticas. Todas las ciudades deberían tener su Ulises.